Columna
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Los cómplices

En 2020 cada uno sabrá quién es ante una realidad que requiere coraje para enfrentarla y coraje para perder

Un campesino camina en el área devastada por el incendio en la región de Porto Velho, Rondonia.
Un campesino camina en el área devastada por el incendio en la región de Porto Velho, Rondonia.Carlos de Souza (AFP)

Ningún autoritarismo se establece o se mantiene sin la complicidad de la mayoría. Esto es lo que nos enseña la historia. El nazismo no habría existido sin la connivencia de la mayoría de los alemanes, los llamados “ciudadanos comunes”, ni la dictadura militar en Brasil habría durado tanto tiempo sin la connivencia de la mayoría de los brasileños, los llamados “buenos ciudadanos”. Lo mismo ocurre con cada gran tragedia en diferentes realidades. Los déspotas se alimentan no solo del estruendoso silencio de muchos, sino también de la pequeña colaboración de tantos que encuentran formas de aprovechar la situación. En tiempos de autoritarismo, ningún silencio es inocente y toda omisión es acción. Esta es la opción que se les ofrece a los brasileños en 2020. Ante el avance autoritario liderado por el antidemócrata de ultraderecha Jair Bolsonaro, que está corroyendo la justicia, destruyendo la Amazonia, estimulando el asesinato de activistas y robando el futuro de las nuevas generaciones, cada uno tendrá que habérselas consigo mismo y elegir su camino. El 2020 es el año en que sabremos quiénes somos y quién es cada uno.

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Hay varias acciones en curso. Y varias mistificaciones. Quien vivió la dictadura militar (1964-1985) conoce muy bien —salvando las diferencias— cómo sigue el guion. A finales del 2019, parte de la prensa, de los académicos y de lo que se llama mercado comenzaron a exaltar las muestras de “mejora económica”. El alza de la bolsa, la “caída gradual” del desempleo, la indicación del aumento del PIB en 2020 son algunas de las señales que se enumeran. Aunque se esperaba más, dicen, “los avances innegables desde el punto de vista económico”, incluida la reforma de las pensiones, la “inflación comedida” y los tipos de interés que cierran el 2019 “a un nivel inimaginable” permiten —y aquí viene una de las expresiones favoritas de este selecto grupo de “players”— un “optimismo moderado”. Incluso una encuesta de una asociación de comerciantes mostró un increíble aumento del 9,5% en las ventas navideñas, inmediatamente cuestionado por otra asociación de comerciantes. Es como si la “economía” fuera una entidad separada de la carne del país, es como si hubiera una parte que pudiera aislarse y sobre la que se pudiera hablar utilizando palabras metidas en guantes de cirujano. Es como si fuera suficiente enguantar la jerga técnica para evitar a los dueños de las manos toda la sangre.

Mientras la gente que está en la sala —los que siempre están en la sala, independientemente del gobierno— entabla este diálogo afectado, las bombas explotan en el edificio de la productora del grupo humorístico Porta dos Fundos, la policía mata como nunca antes en las periferias de ciudades como Río de Janeiro y São Paulo, aumentando el genocidio de la juventud negra, el antipresidente legaliza el robo de tierras públicas en la Amazonia, los ambientalistas son acusados de crímenes que no cometieron, las ONG son invadidas sin ninguna justificación remotamente legítima, los adolescentes pobres mueren pisoteados porque decidieron divertirse en un baile funk el sábado por la noche, los indígenas guardianes de la selva y los agricultores familiares son ejecutados, la policía se convierte en milicia como si eso formara parte de la normalidad, y también la policía y los “agentes de seguridad” condenados por crímenes son los únicos que son indultados por Navidad. Las señales están en todas partes, pero a los miembros respetados de las instituciones de la República que deberían ser los primeros en notarlas —y luchar contra ellas— no se les cae de la boca que “la democracia en Brasil no está amenazada”.

¿A qué Brasil se refieren estos señores bien educados? ¿De qué país hablan estas lumbreras del presente? Sin duda, no del mío ni del de muchos. No del de las favelas donde la gente se encierra en casa a sabiendas que ninguna puerta puede detener la violencia policial. No del país donde los policías hace mucho que exterminan a los negros sin tener que responder por ello, pero quieren más, ya que el exterminio se va legalizando como quien no quiere la cosa. No del país donde los templos de las religiones afrobrasileñas son invadidos y destruidos a pesar de que el Estado es formalmente laico. No del país donde los líderes de la selva ven la Navidad y el Año Nuevo como los peores momentos del año porque es cuando tienen que dejar a la familia y huir, al menos hasta que las instituciones descabaladas regresen de las vacaciones.

Personas de la sala, sepan que en este país hay mucha gente escondida en este momento para poder empezar el año viva. No esperan brindar, solo quieren que una bala no les atraviese el cuerpo —o cuatro la cabeza, como le sucedió a Marielle Franco, un crimen que casi dos años después todavía no se ha desvendado—. ¿Democracia dónde? Los escondidos, los amenazados, los familiares de los muertos quieren saberlo. Todos nosotros anhelamos vivir en este país en el que ustedes ven “avances innegables en la economía en 2019” e “instituciones que funcionan”. No se guarden la dirección solo para ustedes.

Sin embargo, las personas de la sala solo siguen en la sala dictando la realidad porque la mayoría se lo permite, quedándose al margen o aprovechando las sobras. Son los que, en palabras de la historiadora francoalemana Géraldine Schwarz, “siguen la corriente”. La pregunta es si usted, que lee este texto, formará parte del rebaño de los que siguen la corriente.

No el rebaño de ovejas. Esta imagen evoca pasividad, equivocación, una obediencia absuelta por la inocencia. No. Este rebaño, el de los que actúan quedándose al margen, o el de los que actúan sacándole provecho, “porque después de todo es así y quién soy yo para cambiar la realidad”, es una manada de lobos. Porque el activismo de su omisión es cómplice de la sangre de las víctimas, las que caen, las que viven una vida de terror. También es cómplice de las ruinas de un país. En el caso de la Amazonia, es cómplice de las ruinas de la vida de nuestra especie y de muchas otras en el único planeta disponible.

Géraldine Schwarz escribió un galardonado libro llamado Los amnésicos (Tusquets, 2019). La historiadora, cuya familia era una de las que obtuvo ventajas durante el nazismo pero se consideraba inocente del Holocausto, concedió una excelente entrevista al periodista Fernando Eichenberg en el periódico O Globo. Ella señala como la adhesión a los déspotas del siglo XXI mantiene la misma estructura que la adhesión a los totalitarismos del siglo XX:

“En el imaginario colectivo, tendemos a dividir la sociedad en tres categorías históricas en el siglo XX: héroes, víctimas y verdugos. De hecho, la mayoría de la población no se reconoce en ninguna de ellas. Es lo más fácil: no incluirse en ninguna de las tres categorías y, simplemente, seguir la corriente. La magnífica película basada en la novela de Alberto Moravia [El conformista, de Bernardo Bertolucci] muestra muy bien cómo el conformista termina aceptando lo que antes era inaceptable. En la enseñanza de la historia, a menudo a través de la ficción o de la celebración, tenemos una visión ligeramente distorsionada del pasado. Uno tiene la impresión de que la población no tuvo ningún papel en esta historia. Y a menudo desempeñó el papel de pilar y consolidador de dictaduras. Aquí es donde la democracia juega un papel importante, ya que las personas tienen los medios para evitar un golpe de Estado y que se establezca un régimen criminal. Elegir Bolsonaro, por ejemplo, para mí, es jugar con fuego, porque parece alguien que es capaz de todo”.

La historiadora defiende la memoria como uno de los principales instrumentos de defensa de la democracia. “Lo importante es ser conscientes de nuestra falibilidad y reconocer que también podemos convertirnos en bárbaros”, afirma. “La historia no se repite, pero los métodos de manipulación, sí, porque la psicología humana no cambia. En un contexto de crisis, en medio de un grupo, el ser humano tendrá reacciones similares. Un método es difundir el miedo, a menudo exagerado en comparación con la realidad. (...) Se trata de confundir la frontera entre lo verdadero y lo falso, desorientando totalmente a las personas. Se pierden las referencias, ya no se sabe en qué creer. Y, como solía decir [la filósofa alemana] Hannah Arendt, quien ya no cree en nada puede ser manipulado a voluntad. Hasta el punto de invertir sus valores: lo que era bueno ayer, hoy ya no lo es. Esto es lo que se observa en varias sociedades del mundo. Las personas que hoy apoyan a Jair Bolsonaro, hace diez años probablemente defendían los derechos humanos. Por eso, enseñar lo que ocurrió en el Tercer Reich es capital. En la historia hay muy pocos ejemplos de una sociedad tan civilizada, moderna e intelectual que rápidamente derivó hacia la barbarie. Es una enseñanza universal, que sirve de alarma para todo el mundo”.

El problema es que países como Brasil no produjeron la memoria de la dictadura precisamente para poder absolver a los asesinos, secuestradores y torturadores del Estado. La condición para recuperar la democracia fue perdonar lo imperdonable. Esta política de amnesia tuvo como resultado, en 2018, la elección de un presidente cuyo héroe es un torturador y asesino de civiles. Frente a una población desmemoriada, al final del primer año de gobierno del déspota electo hemos visto como se repetía una hoja de ruta conocida, con las adaptaciones necesarias para una época impactada por Internet. Aunque la memoria en Brasil sea frágil, todavía existe. No hay excusa para mantenerse al margen. Tampoco hay inocencia en el supuesto conformismo.

El problema, en Brasil y en otros países que experimentan procesos políticos similares, también es de memoria reciente. La que se está construyendo ahora, no solo con las mentiras difundidas en las redes sociales por Bolsonaro y su familicia, sino con las narrativas que aíslan la economía de la carne sangrante. Como si la evocación del AI-5 —una medida decretada por la dictadura militar para cerrar el Congreso y reprimir a la disidencia— por parte del ministro de Economía Paulo Guedes no tuviera nada que ver con sus decisiones económicas. Se está produciendo una memoria falsa, que es peor que la desmemoria. Peor que no recordar es recordar algo que nunca sucedió.

Entre las muchas perversiones de la dictadura, una fue particularmente enloquecedora para quienes optaron por luchar contra el régimen de opresión. Mientras hombres y mujeres eran observados y perseguidos día y noche, destituidos de sus puestos, despedidos de sus trabajos, convertidos en parias y criminalizados; mientras libros, periódicos, películas y obras de teatro eran censurados; mientras algunos brasileños debían abandonar el país para salvar la vida amenazada por el Estado; mientras los que se quedaban eran secuestrados, torturados y asesinados por agentes del Estado, una mayoría fingía que no estaba pasando nada. Fingía tanto que terminó creyendo que no eran gritos de dolor y terror lo que escuchaba. Era el buen ciudadano que solo seguía la corriente, protegía sus propios intereses y analizaba lo que podía obtener con el estado de las cosas.

Estamos empezando a presenciar el mismo mecanismo perverso hoy. Con todas las excusas posibles, ayudadas por la polarización que desplaza el peligro hacia una falsa oposición. A pesar de todos los errores y crímenes cometidos por el Partido de los Trabajadores (PT) en el poder, el odio a ese partido no es una justificación aceptable para que alguien siga la corriente. La situación ya no permite que se sigan haciendo los ilusos. Solo hace falta tener vergüenza para darse cuenta de que ya no se trata del PT. Se trata de corroer lo que queda de democracia en Brasil. Se trata de autorizar que se roben enormes trozos de selva, se deforesten y se pongan a nombre de los autores del delito. Se trata de convertir a las fuerzas de seguridad en milicias con autorización para matar. Se trata de criminalizar, con la ayuda de la estructura del Estado, a quienes defienden a los más frágiles. Se trata del genocidio de negros, y también de pueblos indígenas.

Hay mucha gente que finge que es una oveja para lavarse las manos frente a lo que vive Brasil. Pero también hay personas angustiadas que preguntan qué hacer frente a lo que ya no pueden evitar ver. A estos les respondo que nadie les dará una respuesta. Esta respuesta tendrá que crearse, colectivamente, por iniciativa de quienes hacen la pregunta. En cada profesión hay algo que hacer. En este momento necesitamos hacer mejor lo que sabemos hacer, pero también debemos hacer bien lo que no sabemos hacer. Solo lo que sabemos ya no es suficiente. Lo que somos ya no es suficiente. Tenemos que ser mejores de lo que somos para enfrentar este tiempo en el que ya no queda tiempo. Y tenemos que serlo juntos, creando lazos y tejiendo redes entre nosotros.

Este es el desafío de 2020. El Año Nuevo no debe darse por hecho. El 2020 solo será nuevo si nuestra resistencia rescata el presente de manos de los déspotas. Este es el único propósito posible ante lo que vivimos y lo que presenciamos. Cada uno de nosotros tiene que responsabilizarse del horror de nuestro tiempo.

Eliane Brum es escritora, reportera y documentalista. Autora de los libros de no ficción Brasil, construtor de ruinas, Coluna Prestes – o avesso da lenda, A vida que ninguém vê, O olho da rua, A menina quebrada, Meus desacontecimentos, y de la novela Uma duas. Sitio web: desacontecimentos.com. E-mail: elianebrum.coluna@gmail.com. Twitter: @brumelianebrum. Facebook: @brumelianebrum. Instagram: brumelianebrum

Traducción de Meritxell Almarza

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