Tierra de locos
Columna
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El sorprendente Papa que creó Netflix

La ficción no se discute. La imaginación es y debe ser libre. Pero, ¿esa libertad llega al nivel de retratar a alguien de manera tan diferente a lo que es?

Jonathan Pryce interpreta a Francisco en la película 'Los dos papas'.
Jonathan Pryce interpreta a Francisco en la película 'Los dos papas'.

Uno de los ejercicios más interesantes de la ficción es cuando interactúa deliberadamente con la realidad. ¿Cuan parecido habrá sido el dictador dominicano Rafael Trujillo el personaje homónimo que crea Mario Vargas Llosa en La Fiesta del Chivo? ¿Juan Domingo Perón habrá sido tal como lo describe Tomás Eloy Martinez en La Novela de Perón o en Santa Evita? Preguntas de este tipo son naturalmente válidas en estos días, cuando la poderosa plataforma Netflix, hizo una operación similar —aplicar los criterios de la imaginación sobre personajes reales—, al producir y difundir la película Los dos papas, que combina un hermoso trabajo narrativo y estético con preguntas inquietantes acerca de si los guionistas no se tomaron demasiadas licencias en la construcción de los personajes, especialmente en el de Jorge Bergoglio, nada menos que el actual jefe de la Iglesia Católica.

Los dos papas reproduce un diálogo imaginario entre Joseph Ratzinger cuando era el Santo Padre y el disidente Jorge Bergoglio, quien sería su sucesor. En ese diálogo, que recorre la película casi desde el principio hasta el fin, Ratzinger aparece anticuado, aislado, demasiado respetuoso de la liturgia, muy resistente a cualquier cambio. Bergoglio, en cambio, es un obispo popular, sencillo, flexible y despojado de cualquier ambición. En el apasionante diálogo entre uno y otro, de a poco la aspereza va dejando lugar a la humanidad de ambos. Es un hermoso trabajo, con actuaciones deslumbrantes de Anthony Hopkins y Jonathan Pryce, y la dirección por momentos deslumbrante del brasileño Fernando Meirelles. Pero el guion tropieza demasiado con los obstáculos de la realidad.

Tal vez el instante fatal de Los dos papas se produce en el minuto 30 del film cuando, en medio de una discusión en tono bastante alto, Jorge Bergoglio le recrimina a Benedicto XVI su débil reacción contra los sacerdotes pederastas.

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—Construimos muros a nuestro alrededor cuando todo el tiempo, todo el tiempo, el verdadero peligro estuvo adentro—dice Bergoglio.

—¿De qué está hablando?— responde Ratzinger.

—Creo que sabe de qué estoy hablando. Sabíamos que había sacerdotes, obispos, grandes hombres de la iglesia que abusaban de los niños. ¿Y qué hicimos?— pregunta el argentino.

—Nos estamos ocupando de eso— responde el alemán.

—Oímos su confesión y los trasladábamos a otras parroquias donde hacían lo mismo. Creíamos que era mejor que nueve niños sufrieran para no perder 9.000 fieles por el escándalo.

Quien conozca la historia de los abusos de niños por parte de sacerdotes de la Iglesia argentina quedará perplejo ante el rol que cumple Bergoglio en ese diálogo. Hace apenas dos semanas, por ejemplo, un cura muy influyente se pegó un tiro en la ciudad de La Plata horas después de que una jueza emitiera una orden de detención contra él por múltiples abusos contra menores. Ese cura recibió el apoyo permanente del arzobispo de la ciudad, Victor Fernández, quien es el hombre de mayor confianza del Papa en la Argentina. Fernández llegó a oficiar una misa de despedida en la misma parroquia donde se producían las violaciones: nunca recibió a las víctimas, quienes anunciaron que lo denunciarán por encubrimiento ante la Justicia.

Pero ese es solo el último caso. Bergoglio respaldó a Julio Cesar Grassi, quien supo ser el cura más popular de la Argentina, y hoy está condenado por la Corte Suprema de Justicia por abusos de menores. Hay decenas de casos espantosos que afectan por acción directa o por encubrimiento a obispos de primer nivel. El Papa nunca hizo una sola mención pública sobre estos casos, ni recibió a los integrantes de la Red de Victimas de Abusos Eclesiásticos, cuando ya pasaron casi diez años desde su asunción. Si uno se dejara llevar por la palabra papal, o por su inexistencia, en Argentina nunca hubo abusos, aunque haya decenas de escándalos comprobados y horrorosos.

La ficción no se discute. La imaginación es y debe ser libre. Pero, ¿esa libertad llega al nivel de retratar a alguien de manera tan diferente a lo que es, sin plantear la más mínima contradicción en un asunto tan límite?

Hay otros dos temas muy sensibles. En ese diálogo imaginario con Benedicto XVI, Jorge Bergoglio expone sobre la necesidad de cambiar.

—Cuando era el Superior de los Jesuitas en la Argentina eliminó todos los libros marxistas de la biblioteca...—le recuerda Benedicto.

—Y hacía que los seminaristas vistieran sotana todos los días, incluso cuando trabajaban en la huerta. Y decía que el matrimonio homosexual era un plan del diablo...—sigue Bergoglio

—No es distinto a mí— argumenta el alemán.

—No. Yo cambié— se defiende el argentino.

La frase sobre el matrimonio homosexual y el plan del demonio fue efectivamente escrita en una carta por el cardenal Bergoglio en el año 2010, pocos meses antes de ese supuesto diálogo. No hay ningún documento en el que Bergoglio exprese arrepentimiento por ese texto, aunque tal vez se pueda tomar como tal alguna de sus frases como Papa. "¿Quien soy yo para juzgar?", por ejemplo. La verdad objetiva es que en 2010, Bergoglio fue el líder de la oposición al matrimonio igualitario así como su Iglesia, en 2018, fue militante y activa en contra de la legalización del aborto en la Argentina, que logró impedir.

El otro punto sensible es de una complejidad muy profunda. Las dictaduras suelen colocar a algunas personas ante dilemas morales terribles. En 1976, cuando asumieron los militares en Argentina, Jorge Bergoglio era el jefe de la orden Jesuita. Los dictadores secuestraban y asesinaban a miles de personas. ¿Que debía hacer un líder religioso? Si hablaba y denunciaba lo que ocurría, probablemente morirían muchos de los sacerdotes de su orden, incluso él mismo. Si callaba y mantenía sus vínculos con los militares, podía salvar algunas vidas. Bergoglio optó por este segundo camino. Otros obispos prefirieron alzar su voz contra la ignominia. Eso está muy bien contado en la narración.

En un momento de ese diálogo imaginario, Ratzinger le anticipa su renuncia a Bergoglio y le sugiere que él debía ser el siguiente Papa. Bergoglio, con lágrimas en los ojos, le explica que ese pasado lo condenaba. Se lo ve atormentado. "Pero usted salvó vidas", le dice Benedicto. "No fue suficiente", contesta, quien se transformaría en Francisco pocas semanas después.

La película entonces se remite a un hecho puntual. Los militares le pidieron a Bergoglio que retirara a los jesuitas que realizaban trabajos en los barrios populares de Buenos Aires. Dos de ellos se negaron a obedecer. Bergoglio les advirtió que si resistían la orden, serían asesinados por los militares. Será lo que deba ser, le respondieron. Bergoglio los amenazó entonces con una sanción. Los sacerdotes igual no cedieron. Bergoglio los sancionó y pocos días después los sacerdotes fueron secuestrados: desaparecieron durante seis meses y fueron brutalmente torturados.

En Argentina, algunas personas suponen que Bergoglio fue un hombre de los militares y otras que fue una persona solidaria con los perseguidos. Es un debate que rodeó su ascenso, primero, hacia el arzobispado de Buenos Aires y luego hacia la Santa Sede. Tal vez esos hechos sean difíciles de comprender fuera de aquel contexto. Algunos obispos fueron muy activos en la denuncia de las violaciones a los derechos humanos y luego en el reclamo para que no hubiera impunidad. Bergoglio no estuvo entre ellos. Pero en los años anteriores a su designación como Papa hizo esfuerzos exitosos para acercarse a los líderes de los derechos humanos. Sería injusto ser lineal frente a episodios tan dramáticos. Los dos papas elige una versión: la del hombre bueno, cuya conducta sinuosa aún lacera su alma. ¿Será así de verdad?

En uno de los momentos más hermosos de la película, Bergoglio absuelve a Benedicto por la decisión de renunciar al Papado. "La verdad puede ser fundamental, pero sin amor es insoportable", le dice. Los dos papas es, sin duda, una película amorosa con sus personajes. Seguramente habrá otras que completen el retrato de dos personajes tan relevantes y complejos.

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