Columna
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Apostillas

Los ciudadanos tenemos estrictas reglas para votar, los políticos deberían tenerlas también para tomar posesión de sus cargos

F. ALVARADO (EFE)

Ya les comenté el año pasado que las fórmulas estrambóticas en la toma de posesión de los diputados bastan no sólo para dudar que legalmente nos representen sino incluso de que quieran representarnos. El argumento definitivo es que nuestros votos, gracias a los cuales han sido elegidos, sólo son válidos si se atienen escrupulosamente a las pautas prefijadas: cualquier añadido en la papeleta, sea comentario o broma, no es celebrada como una muestra de libertad de expresión sino que invalida el voto. No se admiten sufragios “creativos”: podemos votar a quien nos dé la gana pero no como nos dé la gana, sino como está mandado. Que los así elegidos puedan en cambio soslayar el compromiso constitucional al asumir su mandato, improvisando jaculatorias informales, ilegales y resueltamente memas establece una desigualdad entre los ciudadanos que deben tomarse en serio las elecciones y los electos que según les dé. Hasta la señora Batet debería comprender que es injusto, si un día le da por pensar y no por obedecer.

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Ahora bien, esta desigualdad se puede solventar exigiendo jurar el cargo como es debido o permitiendo apostillar su papeleta a los votantes. ¡Sugerente posibilidad! “Voto a xxx... porque los considero tan pardillos que serán incapaces de robar... porque han prometido poner semáforo en mi calle... porque los detesto y quiero ponerlos en evidencia... porque la Virgen del Pilar dice que no quiere ser francesa ni mucho menos catalana... porque creo que todos los animales deben poder participar y seguro que los asnos les votarían a ellos... porque más vale malo conocido que fatal por conocer... para que no ganen las derechas... para que no ganen las izquierdas... para intentar que pierdan los creyentes de derechas y de izquierdas... porque me lo ha pedido mi nieta, que es muy rica... porque cuanto peor, mejor”. Juerga asegurada.

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