Lolita Flores: “Con los años, una aprende a aguantar a la fiera. Si no, estaría presa”

Caterina Barjau

La hija de Lola Flores y El Pescaílla ha vivido siempre bajo la alargada sombra de sus padres. También es una cantante con discos de oro, intérprete ganadora del Goya a la mejor actriz revelación y personaje de la vida pública española que asegura: “Más que reinventarme, me han reinventado”. La industria de la música, dice, le cerró la puerta. “Y yo se la he cerrado a ellos”. Del cine a la televisión y el teatro, hoy reivindica su renacimiento en la madurez. “Verte tú te libra de hacerte invisible”.

GANADORA DE DISCOS de oro como cantante y del Goya a la actriz revelación; jurado de concursos televisivos e, inequívocamente, miembro de una de las familias más populares de España, María Dolores González Flores (Madrid, 61 años) es abuela y sigue siendo Lolita. Ha vivido rodeada de artistas. Su padre, El Pescaílla, fue uno de los fundadores de la rumba catalana; su hermano, el desaparecido Antonio Flores, fue cantante; su hermana, Rosario, combinó flamenco y pop para hablar con voz propia. Su hija, Elena Furiase, es actriz. Lo mismo que su sobrina Alba. A su madre, Lola Flores —sobre la que preparan una serie de televisión—, la resume su apodo: La Faraona. Ella, Lolita, ha cosechado éxitos en varios campos. Atraviesa un momento de plenitud como jurado del programa Tu cara me suena y de gira nacional (hasta 2021) con la obra de teatro La fuerza del cariño. La entrevista tiene lugar en el Café Comercial de Madrid. Lolita no tiene reparo en posar por el suelo, vestida tal como llega. No se queja de la sesión de fotos, aunque advierte de cuál es su mejor perfil: el izquierdo. “Son muchos años y me conozco: el otro lo tengo muy duro”.

¿Qué hace que una persona de 61 años mantenga su diminutivo?

Toda mi vida he sido Lolita para quien no me conoce. Lola era mi madre.

¿Ante ella tuvo que ser siempre pequeña?

Sin querer, hacía pequeño al que se pusiera a su lado.

¿Les dejaba ser ustedes mismos?

Siempre nos apoyaba. Al lado de ella era imposible ser grande. Y sin embargo los tres hijos éramos buenos. Somos buenos.

¿Qué hace que Lola Flores sea insuperable?

No admite adjetivos. Ella es Lola Flores y punto. No hace falta decir más.

El caso es que usted, llevando el diminutivo, es hoy una mujer fuerte.

Me he hecho fuerte a base de resistir los palos que me ha dado la vida. Pero no me considero fuerte. Tengo mucho temperamento y nunca lo he escondido.

“Tuvo que morirse mi madre para que la gente se diera cuenta de que yo no era solamente un volante en la bata de Lola Flores”

Igual al principio, cuando con 17 años debutó cantando Amor amor, con las cejas depiladas por su amiga Carmina Ordóñez y el pelo liso…

La timidez se llevaba entonces. Y ser tímido no está reñido con ser fuerte. Era muy tímida y sigo siéndolo. Sobre un escenario, la timidez me la he tenido que comer. No me la puedo permitir. Pero en el ámbito privado es otra cosa. Ahí soy yo.

¿Cuándo llegó Lolita?

En el minuto uno. Pero en España tuvo que morirse mi madre para que la gente se diera cuenta de que pensaba y no solamente era un volante de la bata de cola de Lola Flores.

¿Cuál ha sido el precio para llegar a la plenitud en la que se encuentra ahora?

Que se fuera mi familia. Creo que es bastante caro.

¿La muerte de los padres permite que seamos otros?

No. Yo he sido la misma, con más tristeza en los ojos, pero la misma.

¿No tener que dar explicaciones permite correr más riesgos?

En absoluto. Tengo dos hijos. Y a mí me juzga España entera y parte del extranjero. Mis padres no nos juzgaron nunca. Tampoco nos cortaron las alas: tuvimos libertad dentro de un respeto. Estoy intentando educar a mis hijos así.

¿Le está saliendo bien?

Me han salido de puta madre.

Enhorabuena. ¿Qué ha hecho?

Darles amor y confianza. Que sepan quién eres tú para que se puedan abrir a ti y que tú sepas quiénes son ellos. Claro que pierdo los nervios y damos portazos. Pero luego, o he pedido perdón o ellos han sabido pedirlo. También los padres tenemos que saber pedir perdón. El respeto es fundamental, no porque sea su madre, porque creo que a la gente hay que respetarla: sea tu amiga, tu padre, tu novio o alguien que pasa por la calle.

Se ha reinventado varias veces.

Me han reinventado. Sigo siendo la misma. No es tan fácil cambiar. Físicamente las casas de discos son las que te cortan el pelo o te hacen cantar un tipo de canción. Ahora, haciendo teatro, soy más yo que nunca.

¿Qué piensa hoy que no pensara hace 20 años?

Que he sido demasiado buena, permisiva y tolerante. He pensado más en los demás que en mí. Ahora pienso un poquito más en mí. Ya no les hago tanta falta a mis hijos o a mi hermana.

¿Hizo de madre de su hermana Rosario?

No. Tuvo a su madre. He hecho de hermana mayor. Aunque a veces ella también sea mi hermana mayor. Depende del día.

Como cantante ganó discos de oro y de platino, y luego…

La industria de la música me cerró la puerta. Y yo se la he cerrado a ellos. Sigo cantando en América. Y este año, que cumplo 45 años en la música, tal vez me presente en Madrid y en Barcelona. Pero no tengo por qué tener una casa de discos detrás. No estoy dispuesta a ponerme un short o el pelo de tres colores para vender discos. Por ahí no paso.

¿Eso piensa de la música actual?

El espectáculo gana y yo para espectáculo prefiero el teatro.

Hizo Fedra por toda España, Asamblea de mujeres y ahora representa La fuerza del cariño.

Hasta febrero de 2021. Haciendo teatro puedo ser como soy y la gente se sorprende.

Joan Ollé la llamó para hacer de Colometa en La plaça del Diamant, de Mercè Rodoreda.

Y me dijo que me iba a quitar el león que llevo dentro.

Caterina Barjau

¿Lo puede encender y apagar?

No. Está siempre dentro, pero con los años, y la profesionalidad, una aprende a aguantarse la fiera. Si no, estaría presa. No puedes sacar tu temperamento cuando quieres porque convivir es mantenerlo a raya. Pero hay veces que me sacan de quicio. Entonces pego un grito y me voy porque, si sigo, termino en la cárcel. La gente a veces no tiene en cuenta que las personas públicas son seres humanos.

Con la película Rencor ganó el Goya a actriz revelación en 2003. ¿Fue una revelación para usted descubrir que podía actuar tan bien?

Mi familia me dijo que estaba loca al aceptar un papel de drogadicta. Dije que sí a una mujer herida igual que dije que sí a Fedra. Me gusta meterme en la piel de otras mujeres. Me sorprendió cómo me apoyaron. Sería falsa modestia si dijera que no sé si soy buena actriz, pero yo tengo un problema: no sé valorarme.

¿Por qué le sucede?

Quizá mi ego está dormido. Ha tenido que pasar mucho tiempo para que la gente me viera. Durante lustros he sido “la hija”. Me costó encontrar mi sitio. Hoy me aplauden y lo agradezco, pero no mataría por esta profesión. No tengo esa ambición desmedida de recibir reconocimiento.

No es una diva.

En mi casa no lo son.

La casa de su infancia, El Lerele, debía de ser un desfile de divos…

Tampoco tanto. Os pensáis que pedíamos el desayuno con la flor en la cabeza y la guitarra en la mano, ¿no? Nuestra casa era normal, a no ser que hubiera una fiesta. Llegabas y mi madre estaba con las gafas leyendo el periódico. Y mi padre, probando su guitarra con una gamuza sobre las cuerdas, para hacer manos, y viendo su tele. Había normalidad, libertad y orden. Con 18 años mi padre no me dejaba llegar más tarde de las diez de la noche. Cuando empecé a llegar tarde, poco antes de las tres de la tarde me despertaba: la comida era sagrada. El primer cigarro delante de mi padre me lo fumé con 36 años, el día que enterré a mi hermano. Él me dejaba el mechero, pero delante de él no se fumaba.

¿Su padre ponía las normas?

Nos criaron los dos. Eso sí, con 13 años, mi padre me decía: “Arréglate, te voy a llevar a comer caviar”. Y me llevaba a Cortés, a la plaza del Carmen, y me ponía dos dedos de vino rosado con hielo. Fue mi profesor de la vida. Me llevó hasta a la discoteca. He hecho eso con mis hijos. No les he escondido el día que he llegado con tres copas de más. Es más, los he despertado porque les quería dar besos. “Mamá, has tomado copas”. “Pues sí, ya te las tomarás tú”. Ahora me despiertan ellos. En casa siempre hemos hablado claro. Si quieres aprender a comer con cinco tenedores, vete a la escuela: en mi casa se comía en la cocina.

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Han sido protofeministas: su padre, Antonio González, El Pescaílla, uno de los fundadores de la rumba catalana, pasó a un segundo plano…

Mira, yo no quiero herir la sensibilidad de nadie, pero creo que nos estamos pasando un poco con el feminismo y el machismo. El que es hijo de puta es hijo de puta sea machista o no. El que viola tiene que ir a la cárcel. Quien mata, también. Pero hay muchas mujeres maltratadoras y muchos hombres maltratados. Por supuesto, tiene que haber igualdad laboral y de salarios, pero no perdamos la cabeza. Para coger una maleta de siete kilos tengo que pedirle a mi hijo que me ayude.

Seguro que también hay hombres maltratados, pero matan más los hombres.

Tienen más fuerza.

Y la utilizan. Se puede matar con pastillas.

El machismo obnubila. Pero no lo he sentido nunca. Ni me han intentado meter mano. Mi padre se quedó en casa porque les pagaban lo mismo si iba uno o los dos. Que él estuviera en casa tranquilizaba a mi madre. Eso saldrá en la serie.

¿Qué serie?

La que estamos preparando sobre la vida de Lola Flores.

¿Quién hace de Lola Flores?

Todavía no se sabe. Es muy difícil.

Con los problemas de drogas que ha habido en su familia…

No ha habido tantos. Antonio entraba y salía, tampoco era continuo.

Pero murió de sobredosis. ¿Ha sentido la necesidad de advertir a sus hijos?

No. Ellos han nacido en una época en la que había mucha más información. Es un tema que no quiero tocar.

De Antonio se dijo que “escupía canciones”.

Su música sigue estando viva. Fue de los primeros que dijeron “no a las armas” y reivindicó devolver a los campos las flores arrasadas. Creo que en [la canción] No dudaría está dicho todo. Mi madre lo admiraba.

¿Su madre tuvo un mal final?

Mi madre lo que tenía lo repartía. Siempre decía que, si Jesucristo estuviera vivo, ella sería uno de los apóstoles. Creía en Dios. Yo también. No soy apostólica y romana. Pero creo en la gente, en la verdad y en la lealtad.

¿Ha educado a sus hijos en el catolicismo?

Hicieron la comunión porque la hacían sus amigos. Pero mi hija se ha leído la Biblia entera. Y yo no.

¿Siente todavía inseguridad económica?

En este país, ¿quién no la siente? Me gano bien la vida. La nevera la tengo llena. Pero hay veces que no llego al 31.

¿En serio?

Mucha gente depende de mí. Vivo de alquiler. Tuve una casa, pero la vendí para pagar a Hacienda. Hacienda somos todos y tenemos que contribuir.

Trabajo no le falta. Es versátil: además de actriz y cantante, es jurado en concursos de televisión, ha sido presentadora y llegó a desnudarse en la revista Interviú, como su madre. Ella lo hizo para pagar a Hacienda. ¿Usted?

Me desnudé para recaudar dinero para una organización que lucha contra el sida. Para Interviú hice toples. Ya lo hacía en la playa y lo sigo haciendo. Me pagaron y fue un dinero que me vino muy bien. Es una ridiculez que centremos el escándalo en eso. Lo escandaloso son ciertas actitudes, no unos pechos. Desnudos —bonito o colgando— tenemos todos lo mismo: dos tetas y un culo.

En la foto de perfil de Twitter ha salido en toples.

Y lo escribo yo ahí con el corazón. A medida que me hago mayor, me importa menos la opinión de la gente.

Caterina Barjau

Describe una infancia muy natural. ¿Tuvo también algo de niña pija?

Era la época. Tenía amigas pijas. Mi hermana tuvo su momento pijo: esa que veis tan hippy… E incluso mi hermano se iba a la calle de Orense… Vamos a ver, ¿qué malo es haber sido pijo en un momento? ¿Le he hecho daño a alguien? Al final salió lo que tenía que salir. Es como la que estudia Medicina y luego se convierte en actriz. ¿Por qué me tienen que pedir explicaciones por una cosa y la contraria? Que si he sido de derechas, que si pija… Mira, yo he hecho toda la vida lo que me ha dado la gana.

Políticamente, ¿dónde está?

En ninguna parte, en mi casa. Ocupada en trabajar todos los días para poder pagar mis impuestos.

¿Se siente gitana?

Soy gitana. No es un sentimiento. Lo soy como la que es china o la que es negra.

¿Y ha sentido racismo alguna vez?

En el colegio, el LAE [Liceo Anglo-Español], había niñas que se metían conmigo por ser gitana.

Y eso que era la hija de Lola Flores…

Es que ella también despertaba el racismo. Y sigue existiendo, como la homofobia con un niño que podría ser gay o la manía que se le tiene a una niña que lleva gafas. Pero yo no he sido maltratada. No he sufrido por eso. Tuve una infancia feliz con una familia normal: extraordinarios como artistas, pero normales en casa, y es lo que quiero seguir siendo. Una cosa es Lolita Flores en un escenario y otra Dolores González Flores, que está aquí charlando contigo. Basta ya de poner el foco en la familia Flores como si las tostadas que nos comemos por la mañana fueran de pan de oro. No: son de pan integral.

Se le nota. ¿Hace mucho deporte?

No piso un gimnasio.

Reivindica a la mujer pasados los 50.

La actitud de verte tú es lo que te libra de hacerte invisible. Físicamente, la vejez es fea. Pero hay que aceptarla y potenciar el lado mental, la actitud. Todavía no me he tocado la cara. Mis huellas son mi biografía. Manel Fuentes dice que soy la abuela más sexy de España. No sé, pero sí te digo una cosa: a mí me gusta que me echen piropos.

“Que si he sido de derechas, que si pija… Mira, yo he hecho toda la vida lo que me ha dado la gana”

¿Cómo se mantiene tan en forma?

Mirándome el brazo y diciéndole: “No te vas a caer”. A ver, como bien y no paro de trabajar. Pero estoy harta de que se asocie la familia Flores a extremos: la juerga y el llanto. Hemos llorado cuando hemos tenido desgracias. Pero no hemos llamado a fotógrafos para que nos hagan fotos delante de una tumba. Eso no lo hacemos nosotros.

Sí los llamó para casarse.

Es distinto. ¿No? Me dieron dinero para fotografiar mi boda con Guillermo Furiase y lo trinqué. Ya me iba a casar. No cambié nada. Y en mi segunda boda, lo mismo. Y como tenga una tercera, también trincaré.

¿La va a tener?

Ah…, nunca se sabe. De momento, no [risas].

¿El amor tiene siempre fecha de caducidad?

No tiene por qué. Para mí lo ha tenido, pero mis abuelos estuvieron toda la vida juntos. No me arrepiento de nada de lo que he hecho. Eso ha sido lo que me ha llevado hasta aquí y estoy en un momento tranquilo y creativo. Como decía la protagonista de Rencor: “No estoy igual que hace 10 años, estoy mucho mejor”. Sigo caminando. 

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