Lo verdaderamente deseable

Lo cotidiano se nos muestra como el auténtico lujo, mucho más en estos últimos meses.
Lo cotidiano se nos muestra como el auténtico lujo, mucho más en estos últimos meses. Michael Turek (Gallery Stock)

El progreso humano se ha caracterizado por ir siempre tras algo: tras la fortuna, tras aventuras, tras respuestas, tras preguntas, tras conocimiento, tras reconocimiento, tras una existencia menos desdichada, tras placer…, y esta característica, a decir de algunos, es parte importante del éxito colectivo —evolutivo—, pero también de muchas de las desdichas que hemos ido arrumbando por el camino.

Dinero fácil, correrías y renombre parece que fueron los alicientes que llevaron a principios del siglo XIX a algunos jóvenes de las élites europeas a escarbar en Grecia buscando restos de civilizaciones antiguas, en un tiempo donde la arqueología estaba más próxima al negocio de la venta y coleccionismo de objetos antiguos que del fundamento científico. El expolio y los daños que causaron fueron el peaje a pagar por ver nacer la arqueología como ciencia, que viene a decir que cuando las sociedades crecen en tamaño y complejidad se van jerarquizando en clases sociales con grupos dominantes, que, por cierto, han tenido en la alimentación y sus protocolos una forma de acentuar su identidad de clase.

Por poner un caso sobre la mesa, recordemos que los cubiertos, que hoy forman parte de la cotidianidad, en inicio fueron piezas proyectadas para uso de las minorías privilegiadas. Se confeccionaban con metales preciosos y ornamentos, incluso azúcar, en aquella próspera Venecia del siglo XV que poseía su monopolio en un tiempo donde este edulcorante se utilizaba como una especia y su cotización era superior a la del oro.

Igual que a lo largo de los siglos han mutado los cánones de belleza, también los bienes como los utensilios de la mesa fueron cambiando de función y sentido.

Muchos alimentos han realizado un recorrido similar, cambiando de estatus y bocas: de considerarse distinguidos en una época a volverse populares en la siguiente. O de comunes pasar a ser extraordinarios, mientras alteraban su accesibilidad dentro de la sociedad. Especialmente durante este último siglo, cuando la industrialización de la alimentación, la asunción de nuevos y más eficientes procesos productivos y la aparición de mejores medios de conservación y distribución ampliaron y democratizaron las ofertas.

En menos de cien años, un ciudadano corriente ha pasado de consumir un limitado número de ingredientes, en muchos casos producidos por él mismo —pan, legumbres, tocino, verduras, despojos de carne y algún huevo, junto a pequeñas cantidades de bacalao, sardinas en salazón o arenques ahumados—, a disponer de un catálogo prácticamente inabarcable de opciones para colocar en el plato.

Sin embargo, esa democratización de la diversidad, quizás uno de los mayores privilegios alimentarios, no deja de ser prosperidad, muy lejos de un elitismo que reclama. Es como si a cada paso que se diera hacia el deseado horizonte de la exclusividad, esta se distanciase del advenedizo. Pero además mudando desde el clásico lujo material hasta terrenos de persuasión y seducción inmaterial, quizá porque la riqueza ha virado espontáneamente hacia la delicadeza y la mesura o porque el despilfarro ya no despierta tanto deseo como indignación.

Puede que por todo ello, hoy la ostentación sea más emocional que otra cosa, caracterizada de exhibicionismo sensorial sobre el consumo de experiencias perecederas que remarcan el valor simbólico de ser el primero en vivirlas y contarlas. Y tras esta nueva reconfiguración del lujo, vivido como exaltación de lo memorable y amplificado por la resonancia de las redes sociales, la cotidianidad se reclama cada vez más original, en un mundo que siempre ha tenido individuos con la imperiosa necesidad de subrayar su posición, mostrar sus diferencias y exhibirse. Porque la cotidianidad sin más pretensiones, y mucho más en estos últimos meses, se nos muestra como el auténtico lujo, lo verdaderamente deseable.

Pichón guisado con plátano

Ingredientes

(para cuatro personas)

Para el pichón:

2 pichones.

50 mililitros de aceite de girasol.

Sal.

Para el caldo:

Recortes de pichón.

250 gramos de cebolla.

150 gramos de zanahoria.

1,5 litros de agua.

Una hoja de laurel.

20 mililitros de aceite de oliva.

Para el guiso:

300 gramos de chalotas.

Caldo de pichón.

Pichones limpios y marcados.

20 mililitros de aceite de oliva.

Para el plátano:

1 plátano macho.

Aceite de girasol.

Elaboración

El pichón:

Para limpiar el pichón, cortar la cabeza desde el cuello, cortar las puntas de las alas y luego, con mucho cuidado de no romper la piel, sacar los muslos. Se limpia también el interior, cuyo contenido se reserva para otra preparación. Retirar el hueso en forma de Y que se encuentra en las pechugas a la altura del cuello con sumo cuidado de no romper la carne. Verificar que no queden plumas en la piel. Separar los muslos; una vez limpios, dorar las pechugas y los muslos con aceite de girasol, retirar y reservar.

El caldo:

Limpiar y cortar la cebolla y la zanahoria. Rehogar todos los ingredientes juntos hasta que estén dorados y añadir el agua. Dejar que el conjunto empiece a hervir, bajar el fuego y dejar cocer durante 3 o 4 horas. Colar y reservar.

El guiso:

Limpiar y marcar las chalotas con el aceite, añadir los pichones, el caldo y cocinar a fuego lento durante 45 minutos. Rectificar de sal.

El plátano:

Cortar a lo largo el plátano con una mandolina y freír en aceite a 180 grados.

Acabado y presentación

Disponer el guiso y acompañar con los chips de plátano.

Calorías

El pichón es la cría de la paloma y tiene 142 kilocalorías por cada 100 gramos de producto.

Vitaminas

Contiene vitaminas A, C

y B9. También es una

fuente de calcio, magnesio, potasio y selenio.

Normas

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