Dualidades y contradicciones

Diego Mir

La afirmación de que nuestra cabeza alberga más de una mente no es hipérbole, sino que denota la manera en que opera el cerebro. La escisión de la psique ha sido motivo de curiosidad tanto para filósofos y novelistas como para los científicos. El doctor Jekyll, epónimo de la novela de Robert Louis Stevenson, la describe: “Otros vendrán, otros me sobrepasarán en la materia; pero me aventuro a adivinar que el hombre será finalmente conocido como un mero gobierno de múltiples, incompatibles e independientes ciudadanos”. Una mirada a lo que pone en duda la imagen unitaria que tenemos de nuestro ser y resalta “la otredad” en nosotros mismos —aquello que nos revierte a formas de pensar “en blanco y negro”, y hace del ser humano un sujeto dividido, contradictorio, polarizado que, por naturaleza, se desconoce a sí mismo— nos podría ayudar a entender nuestros mecanismos psicológicos de adaptación ante la adversidad, y su impacto en la colectividad a raíz de la pandemia.

El yo y la individualidad son materia del pensamiento moderno. En la Antigüedad griega, el yo no gozaba de la individuación que nosotros le concedemos. En la Edad Media, hubiese sido inimaginable para una persona tantear la separación entre su cuerpo y el entorno en que se hallaba. La costumbre moderna de higiene personal es algo que no solo vinculamos con el mantenimiento de la salud, sino también con nuestra tendencia a definir, a delimitar y separar nuestro cuerpo.

Aunque la distinción entre el ser uno mismo y ser otro la vivimos los adultos sin dificultad, en ciertos casos puede volverse problemática. En circunstancias ordinarias, esta convicción de que tenemos nuestro propio ser es implícita. Estamos suficientemente convencidos de que somos un ser autónomo, diferente de los demás. Sin embargo, cuando tenemos que hacer explícita esta afirmación, las cosas se complican, como le ocurre a Antonio Machado cuando escribe en Campos de Castilla: “Somos víctimas —pensaba yo— de un doble espejismo. Si miramos afuera y procuramos penetrar en las cosas, nuestro mundo externo pierde en solidez, y acaba por disipársenos cuando llegamos a creer que no existe por sí, sino por nosotros. Pero si convencidos de la íntima realidad miramos adentro, entonces todo nos parece venir de fuera, y es nuestro mundo interior, nosotros mismos, lo que se desvanece. ¿Qué hacer entonces?”.

Parece que siempre estamos tratando de regresar a un estado unificado —a nuestra “mismidad”—. El psico­análisis pone en duda que la autonomía del ser hablante sea realmente evidente. Según Jacques Lacan, el descubrimiento del yo por el niño ocurre entre los 6 y los 18 meses, cuando ubica su propia imagen en el espejo. Durante ese periodo —en el que previamente el niño había percibido su cuerpo como si estuviera compuesto de pedazos— identifica jubilosamente su imagen en el espejo, un cuerpo visto como una totalidad. Lacan propone que la representación que tenemos de nosotros mismos, en sus orígenes, está mediada por la mirada de nuestros padres o cuidadores. El niño se vuelve hacia el adulto, del que deriva la confirmación de que esta imagen es suya, lo que implica que la certeza de ser “nosotros mismos” no garantiza nuestra coherencia ni nuestra autonomía.

La escisión de la mente es un paso importante en el desarrollo que sirve como transición hacia formas más ricamente humanas de expresión y de defensa psicológica cuando enfrentamos ansiedades intolerables. Es una actividad mental específica diseñada para protegernos contra pensamientos y sentimientos que se experimentan peligrosamente en desacuerdo entre sí, una forma de organizar experiencias contradictorias. Es un componente de la ambivalencia que nos permite recuperar partes del yo, y promueve su integración. Al desarmar las cosas, evitamos un cierre prematuro, abrimos un espacio en el que los contrastes pueden relacionarse unos con otros en la imaginación. Por otro lado, la escisión puede llegar a ser un problema en los casos en que no se da lugar para la consolidación de elementos dispares, ¿cómo distinguir una de otra?

En la pregunta reside el enigma de cómo nuestro cerebro habilita a la mente. Michael Gazzaniga, pionero en neurociencias cognitivas, se topó con esta interrogante en el laboratorio de Roger Sperry, del Instituto Tecnológico de California, que, en los sesenta, investigaba a pacientes a quienes, por razones médicas, se les habían separado quirúrgicamente los hemisferios, y que le valió el Premio Nobel. “Me encontré en medio de una de las observaciones más impresionantes de toda la neurociencia: el hecho de que desconectar los hemisferios cerebrales producía dos mentes separadas en una sola cabeza. Incluso yo, un joven neófito, entendí que estos pacientes únicos iban a cambiar la investigación del cerebro”. Cuando se les pidió que respondieran a diversos estímulos, cada hemisferio registraba actividad independiente. “No obstante”, dice Gazzaniga, “los trucos mágicos que utiliza el cerebro para tomar una confederación de procesadores locales y vincularlos para hacer lo que parece ser una mente unificada, una mente con una firma psicológica personal, sigue siendo una incógnita y la cuestión central de la neurociencia”. —eps

David Dorenbaum es psiquiatra y psicoanalista.

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