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Coordinado por Fernando Casado
Tribuna
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Cuando lo urbano desborda el orden planificado

¿Cómo funciona el urbanismo neoliberal y cómo determina nuestra vida en las ciudades?

Victoria Street, Edimburgo.
Victoria Street, Edimburgo. Enoch Leung (Wikimedia Commons)
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Hace unas semanas se clausuró el curso titulado El Urbanismo como discurso. Enfoques alternativos para resignificar la praxis, en donde se analizaron varias categorías que se emplean en el discurso que promueve las trasformaciones urbanísticas que experimentan las ciudades en la actualidad —tales como participación ciudadana, innovación tecnológica, sostenibilidad, accesibilidad universal, escala humana, etc.—. El curso fue organizado por la Asociación ANTiARQ y el Observatorio de Antropología del Conflicto Urbano (OACU), en colaboración del Grup de Recerca sobre Exclusió i Control Sociales (GRECS) y del Instituto Catalán de Antropología (ICA) con la intención de repensar la práctica urbanística. El debate propuesto como hilo conductor de todas las sesiones obedece a una perspectiva crítica que apuesta por entender a la ciudad como producto de la actividad de quienes la habitan.

Si se piensa, por ejemplo, en la maqueta de cualquier ciudad siendo asaltada por un grupo de hormigas que se escabullen entre sus volúmenes y recovecos, sería una imagen muy parecida de lo que sucede cuando los espacios públicos que han sido regenerados pasan a ser habitados por usuarios y usuarias capaces de desbordar el orden planificado. Esta realidad social se constituye como la esencia de la ciudad —puesto que la dota de vida—; de lo contrario, los espacios públicos serían meros escenarios deshabitados similares a los paisajes que nos dejó la pandemia durante los meses del confinamiento. Por muy obvia que parezca esta consideración, es un asunto escurridizo para urbanistas y arquitectos, puesto que la vida urbana se les presenta como un auténtico punto ciego, ya que la interacción humana en el espacio público es tan compleja de entender como el de la incesante labor de las hormigas.

Es Jane Jacobs quien nos recuerda que la vida en las aceras debería ser entendida como un laboratorio de ensayo y error para medir el fracaso y el éxito de los proyectos urbanos. Sin embargo, ello no ocurre así, ya que el mapa mental del urbanista promedio prevé que la intencionalidad de su diseño, plasmada en un discurso que elabora para darle significado, se hará realidad una vez que sea construido en la ciudad. Por el contrario, cuando este proyecto pasa a ser habitado, sucede que las tácticas de quienes usan las infraestructuras urbanas desbordan el orden espacial previsto por las autoridades municipales y sus planificadores. Este aspecto ha sido advertido por varios autores como Henri Lefebvre, pero continúa siendo un tema ignorado por quienes planifican nuestras ciudades, aunque el discurso que elaboran para defender su actuación se empeñe en convencernos de lo contrario.

Las personas usan las calles, plazas o aceras, desde una lógica no contemplada por las directrices de los planes urbanos

No casualmente, en la actual coyuntura de la covid-19, el discurso de la sostenibilidad y la humanización del espacio público, se ha convertido en el pilar de las agendas públicas de las municipalidades, eludiendo una vez más que las personas usan las calles, plazas o aceras desde una lógica no contemplada por las directrices de los planes urbanos. De ahí que las zonas que han sido sometidas a procesos de regeneración o de rediseño sean por antonomasia entornos defensivos, es decir, espacios públicos que se levantan contra cualquier manifestación de conflictividad social, puesto que solo tienen previsto acoger a ciudadanos y ciudadanas que contribuyan a adecentar la imagen una ciudad perfectamente planificada.

A pesar de que urbanistas, arquitectos y gestores urbanos se aferren a sus verdades, los rastros de la acción de los usuarios y usuarias en sus diseños nos servirá como evidencia para evaluar la eficacia o desacierto de las reincidentes fórmulas urbanísticas aplicadas bajo el paraguas del Urbanismo Táctico, la Supermanzana y demás planes urbanos legitimados so pretexto de la pandemia para regular las dinámicas de movilidad, eludiendo nuevamente que es la propia movilidad la que se constituye como la materia prima de la vida urbana.

Es preciso aclarar que no está en cuestión la necesidad de un conocimiento urbanístico que permita la adecuada dotación infraestructural y morfológica de las ciudades, sino la aniquilación de la vida en las aceras como consecuencia inmediata a la ejecución de las regeneraciones del espacio público. Por eso creemos urgente la tarea de proporcionar a los profesionales de la Arquitectura herramientas analíticas propias de la Antropología Urbana para facilitar su aproximación al tejido social de las ciudades. Basándose en este objetivo se ha propuesto un nuevo curso: Método etnográfico para la investigación proyectual, que pretende contribuir a invertir el razonamiento del Urbanismo: en lugar de concebir diseños excluyentes de ciertas formas de sociabilidad, se propone la ecuación contraria, es decir, adaptar los planes urbanos a la acción de quienes habitan las ciudades.

Fotografía de Ricadro Bohórquez y edición de Gabriela Navas.
Fotografía de Ricadro Bohórquez y edición de Gabriela Navas.

María Gabriela Navas Perrone es Arquitecta y Doctora en Antropología Social.

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