El jaque mate de Anya Taylor-Joy, este domingo, en ‘El País Semanal’

Pip

Los ojos de Anya Taylor-Joy atrapan al instante cuando lanza una mirada directa. Ella controla muy bien el gesto y lo utiliza con cautela, con timidez se diría. Lo mismo ocurre con su rostro, dotado de un atractivo juvenil hasta que se desdobla en una belleza singular y algo picassiana y hasta que su postura olvida la jovialidad cayendo en el hermetismo de los robots de Westworld o de la Madre de Raised by Wolves. Es un cóctel entre niña y mujer madura, inteligente e inocente. Habla inglés, francés y español de acento porteño. Esta es su lengua natal, pero también la que más vergüenza le hace pasar cuando habla en público, escondida tras el acento británico que aprendió con Harry Potter. ¿La razón? Es la lengua de su corazón, la de estar por casa, la que habla con los suyos. Y ese es el trozo de Anya que esta estrella de 24 años —una joven actriz que en un mes se coló en más de 62 millones de hogares de todo el mundo gracias a la serie Gambito de dama— no quiere dar a conocer. “Hay una parte de mí que la gente más cercana conoce y entiende, pero que no estoy preparada para compartir con todo el mundo. Lo estaré algún día, pero ese día no es hoy”, adelanta serena y rotunda.

Su año ha sido 2020. Toda una paradoja, teniendo en cuenta cómo ha sido para el común de los mortales. El detalle no se le escapa, pero tampoco lo esconde. Como ella dice, echando la vista atrás son muchos los sentimientos. “Esta pandemia ha causado muchísimo sufrimiento, pero personalmente me ha ofrecido un espacio para asimilar todo lo que me está pasando”, resume con esa voz que conserva un ligero tono de excitación adolescente hasta que se pone seria, modula los graves y suena a reina del terror.

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