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Por Paco Nadal

Del paso de peatones de Shibuya a Central Park: seis grandes ciudades para los amantes de la vida urbana

Las megalópolis son una experiencia que hay vivir una vez en la vida y tienen además una oferta abrumadora para el visitante. Visitamos Tokio, Pekín, Nueva York, Ciudad de México, San Petersburgo y Buenos Aires

Un hombre observa los carteles del barrio de Akihabara, en el centro de Tokio, Japón.
Un hombre observa los carteles del barrio de Akihabara, en el centro de Tokio, Japón.Matteo Colombo (Getty Images)

Confieso que no me gustan las grandes ciudades y me agobian las megaurbes, pero entiendo que tengan un magnetismo especial para muchos viajeros. Son una experiencia que hay vivir una vez en la vida y tienen además una oferta abrumadora para el visitante: museos, jardines, palacios, catedrales, compras locas, excentricidades, monumentos y patrimonios de la Humanidad. En los grandes hormigueros urbanos es difícil aburrirse. Aquí van seis capitales gigantescas, excesivas, pero que merece mucho la pena conocer

Tokio

Se calcula que por el paso de peatones de Tokio cruzan alrededor de un millón de personas cada día.
Se calcula que por el paso de peatones de Tokio cruzan alrededor de un millón de personas cada día.Alexander Spatari (Getty Images)

La capital japonesa es una de las ciudades más activas y vibrantes de Asia. Dada la cantidad de cosas que hay para ver en Japón, muchos viajeros no le dedican más de un par de días. Pero en función del interés que tengas por museos, centros comerciales, tiendas de manga, moda kawaii, love hotels, neones y demás frikadas puedes estar no dos, sino 20 días sin aburrirte.

Tokyo es además una base perfecta para explorar el centro de las isla de Honshu en excursiones de día, aprovechando la excelente red de ferrocarril de Japón. Si decides ir. no te puedes perder Shibuya, uno de los barrios más concurridos de Tokio, llenos de comercios, neones y gente a todas horas. Los turistas vienen hasta aquí para disfrutar del cruce de peatones más loco del mundo. Cada vez que se ponen en verde los semáforos de la plaza donde está la estación homónima, una riada de gente invade el paso peatonal en forma de equis, pero de una manera tan silenciosa y ordenada que parece que hubieran ensayado. Se calcula que un millón de personas pasa cada día por aquí.

Más mogollones: si quieres comprobar la perfección del engranaje urbano de los japoneses pásate por la estación de Shinjuku, en el distrito financiero. Es la estación con más tráfico de pasajeros del mundo: unos tres millones de personas pasan cada día por sus 36 andenes, en los que se cruzan líneas de tren de largo recorrido, cercanías y metro. Tal cantidad de usuarios supondría un colapso perpetuo en cualquier otro lugar del mundo. ¡Pero esto es Japón! Jamás he visto atascos ni retrasos de trenes en este hormiguero humano. Otros lugares muy urbanos y muy locos son Takeshita-dori (la calle de las tribus urbanas), las noches locas de Shinjuku (el barrio de losneones gigantescos, los sonidos estridentes, los locales de prostitución y los comercios abiertos hasta la madrugada) o el barrio Ginza, la zona comercial por antonomasia del ciudad.

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Pekín

Una vista por la zona de Donghuamen, un mercado al aire libre que atrae a locales y turistas, en Pekín, China.
Una vista por la zona de Donghuamen, un mercado al aire libre que atrae a locales y turistas, en Pekín, China.Edwin Remsberg (Getty Images)

Pekín tiene justificada fama de ciudad caótica, con mucho tráfico y una contaminación al límite de lo soportable. Pero sin obviar estas dificultades, es verdad que la capital del que fuera uno de los mayores imperios de la Humanidad tiene también rincones fantásticos sin los que no se podría entender la historia de China.

Uno de ellos es, sin duda, la Ciudad Prohibida, el complejo palaciego más grande del mundo desde el que las dinastías Ming y Quing (de 1368 a 1912) gobernaron un vasto imperio. Pese al tiempo transcurrido y a las guerras y revoluciones, la Ciudad Prohibida sigue siendo el máximo exponente del poder que llegó a tener China en la Antigüedad. Necesitarás un mínimo de cinco horas para verla con cierto detenimiento o todo el día si te detienes en detalles.

Otro lugar indispensable: la Gran Muralla, que no es una visita muy urbana que digamos, pero si estás en Pekín no te la puedes perder porque pese a tener más de 6.000 kilómetros de largo las zonas mejor restauradas y más accesibles están cerca de la ciudad. La visita de la Gran Muralla puede ser muy subjetiva, dependiendo del día y de la cantidad de turistas que haya en ese momento. Puede resultar una experiencia agotadora por las colas y el gentío con que te puedes tropezar en verano o en festividades del calendario chino. U otra sublime, si la climatología y una cierta soledad, acompañan.

Para conocer Pekín también te recomiendo ir a cenar una noche cangrejos de río a la calle Gui Jie (la calle de las brujas); probar el pato laqueado en Bianyifang y Quanjude, los dos restaurantes más antiguos de la ciudad, abiertos en el siglo XIX, recorrer en barca el lago del palacio de Verano y deambular un día por el hútòngs Nanluogo Xiang, accesible desde la boca de metro del mismo nombre, un barrio de callejuelas estrechas y casas bajas de tejado con alero curvo que te recordará como fue la capital imperial antes de que llegara el capitalismo.

Nueva York

Nueva York no es solo Manhattan pero ¿qué sería de Nueva York sin Manhattan? Una vista aérea del céntrico distrito.
Nueva York no es solo Manhattan pero ¿qué sería de Nueva York sin Manhattan? Una vista aérea del céntrico distrito.Michael H (Getty Images)

Si hablamos de viajes urbanos, no podemos obviar a la ciudad de ciudades. Nueva York es ese típico destino que sin haber estado nunca tienes la sensación de haberlo visitado antes. ¿Cuantas veces has paseado por Central Park, cogido un taxi amarillo o subido al Empire State? La cantidad de películas y series que nos hemos tragado ambientadas en la Gran Manzana es tal que cuando llegas lo más usual es exclamar: “Es exactamente como me imaginaba”.

Nueva York es un plató gigantesco. Y un escenario de pop y de rock. Y nuestro subconsciente está condicionado por tantos vídeos musicales, series de TV, películas de Woody Allen y musicales de Broadway. Si decides ir a Nueva York visita a distintas horas Times Square, que como plaza es un chasco, pero como ambiente urbano es lo más. Sube a lo más alto del Empire State Building y del Rockefeller Center (que siempre tendrá menos colas que el primero), túmbate una mañana soleada en la hierba de Central Park, ves de compras por el Soho y toma un barco a la Estatua de la Libertad. Pero no cometas el error de muchos viajeros al pensar que Nueva York es solo Manhattan.

La ciudad la componen cinco barrios y cada uno tiene sus particularidades. Ya sea en una excursión guiada (la venden muchas agencias locales y se llama Contrastes de Nueva York) o por tu cuenta ves a ver también el Nueva York del Bronx (sí, se puede ir: el Bronx no es el territorio comanche que nos han vendido en muchas películas): visita el estadio de los Yankees, Little Italy o la casa de Edgar Allan Poe. Ve también a Harlem a escuchar una misa gospel (ojo: infórmate bien por que la mayoría de las que ofertan las agencias son un montaje para turistas) o buen jazz en el Cotton Club de la calle 125 (no es el original de la Ley Seca, pero da el pego). Y pásate por el barrio judío de Brooklyn; creerás estar en otro mundo y en otro tiempo. Todo eso también es Nueva York.

Ciudad de México

Un plan perfecto para una mañana soleada es subir con amigos, comida y bebida en las barcas llamadas trajineras que recorren los canales de Xochimilco.
Un plan perfecto para una mañana soleada es subir con amigos, comida y bebida en las barcas llamadas trajineras que recorren los canales de Xochimilco.David Espejo (Getty Images)

Si te van las megápolis y la cultura urbana, tienes que ir a Ciudad de México. La capital de la República de los Estados Unidos de México se llamó durante muchos años México, Distrito Federal, eldeefe para los amigos. Ahora le han cambiado el nombre y es CDMX, Ciudad de México. Lo que no ha cambiado es su condición de megápolis superlativa. Es la ciudad más grande del mundo en extensión (y la cuarta más poblada del planeta) pero fue construida en el lugar menos recomendable del mundo. A una altura excesiva, 2.255 metros sobre el nivel del mar, lejos de los centros de abastecimientos imprescindibles de agua, energía y alimentos, en una zona de gran actividad sísmica, rodeada de montañas y volcanes que impiden la circulación y limpieza de la contaminación atmosférica y asentada sobre una antigua laguna cuyo fondo blando se hunde poco a poco bajo el peso de la propia urbe.

Aún así, es una ciudad vibrante, con un montón de barrios diferentes, polo de agitación cultural, llena de museos, galerías y ruinas arqueológicas de primer orden. ¿Es peligrosa? Bueno, más que una capital europea, pero no más que cualquier capital del entorno. Con el debido sentido común, moverse por Ciudad de México no es un problema insoluble. Yo le he hecho en multitud de ocasiones. Como todas las grandes capitales, la de México es en realidad la suma de muchas pequeñas ciudades. Barrios acurrucados sobre sí mismos, que viven realidades aparte y que funcionan como vasos no siempre comunicantes.

Fuera de las grandes avenidas (Insurgentes, Periférico) o de los altos edificios de oficinas de Reforma, los barrios de CDMX tienen aún algo de pueblo, de patio provinciano. Las calles orladas de árboles de La Condesa, de La Roma, de Coyoacán o de Xochimilco huelen a chile poblano y a pan bazo, a espesas fritangas en las que se doran los tamales y las quesadillas de huitlacoche. Aunque es una ciudad ruidosa, los sonidos de los barrios son aún evocadoramente aldeanos. El runrún diesel de los peseros; el silbato del camotero, que parece una locomotora a vapor o quizá una sirena de barco; el del organillo manual del cilindrero, cuyo sonido —entre el clavicordio y el piano— alcanza agudos muy chistosos, generalmente más por la edad del aparato que por las intenciones del intérprete o el del cuate que pregona a toda voz las excelencias de sus tamales oaxaqueños. CDMX es una ciudad que a nadie deja indiferente.

San Petersburgo

La Iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada, también llamada Iglesia de la Resurrección de Cristo, es una de las grandes atracciones turísticas de la bella San Petersburgo.
La Iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada, también llamada Iglesia de la Resurrección de Cristo, es una de las grandes atracciones turísticas de la bella San Petersburgo.Davide G. Seddio (Getty Images)

No es el mejor momento desde luego para ir a Rusia, pero sería un manchón en este listado dejar fuera San Petersburgo y su locura de palacios neoclásicos y barrocos, puentes, catedrales, iglesias, más puentes, más palacios, canales, museos, jardines... A San Petersburgo hay que ir con calzado cómodo y dispuesto a hacer más kilómetros que en el Camino de Santiago si quieres llevarte una mínima idea de cómo es la ciudad.

San Petersburgo es una ciudad relativamente moderna, solo tiene 300 años, que nació en un pantanal insalubre por el empeño personal de un zar, Pedro I el Grande, que quería para su imperio una capital al estilo centroeuropeo. Se que es un tópico hablar de la europeidad de San Petersburgo en oposición a Moscú. Pero el centro histórico recuerda a Viena o Estocolmo. Por no citar lo cosmopolita de la gente, las mismas tiendas de marcas que en el resto de Europa o un parque móvil que no está compuesto precisamente por viejos Ladas.

Sus habitantes tienen fama de esnob y de cierto aire de superioridad sobre el resto de la Federación. Y sobre todo, sobre los moscovitas. No en vano fue la capital de Rusia hasta 1917. Y continúa siendo aún su escaparate más hedonista, más occidental y más híbrido. Este espíritu se nota muy en especial en su más famosa avenida, la Nevski Prospekt, que más que una calle es un escaparate de vanidades. Soldados, buscavidas, funcionarios de tristes miradas, chicas alegres de largas piernas y cortas faldas, turistas, hombres de negocios, ancianos comunistas de roídas camisas cargadas de medallas, sindicalistas en huelga, coches de lujo, nuevos ricos, viejos pobres... todos tienen cabida diaria en este patio de vecindario de recargadas fachadas y escaparates de lujo donde se escenifica día a día la transformación de la nueva Rusia.

No eres nadie en San Petersburgo si no te dejas ver por allí de vez en cuando. Como hacía Pushkin, Nicolai Gogol, Dostoievski, Joseph Brodski o el mismísimo Stravinski, como aseguraba Franco Battiato: “Un día en la Perspectiva Nevski, me encontré por azar a Igor Stravinski”.

Buenos Aires

Los colores pintan las calles más céntricas de Buenos Aires, llenas de turistas y aficionados al tango.
Los colores pintan las calles más céntricas de Buenos Aires, llenas de turistas y aficionados al tango.Copyrights by Sigfrid López (Getty Images)

“Siempre he sentido que hay algo en Buenos Aires que me gusta. Me gusta tanto que no me gusta que les guste a otras personas. Es un amor así, celoso”, decía Jorge Luis Borges de la ciudad que le vio nacer. Buenos Aires, la capital de un país hecho de horizontes infinitos, es una gozada para amantes de lo urbano. No tiene la espectacularidad monumental de un París o un Praga, ni lo cosmopolita de un Londres o un Nueva York, pero Buenos Aires ha ido macerando un carácter personal, una huella única, siempre envuelta en alguna convulsión, en crisis que se suceden unas a otras, pero siempre victoriosa.

Para tomar un primer pulso a la ciudad hay que ir a la plaza de Mayo, entre la Casa Rosada y el Cabildo, donde los argentinos acuden a conmemorarlo todo, los bueno y lo malo, lo dulce y lo amargo. A los turistas les gusta ir a La Boca, el barrio por excelencia, para hacerse fotos frente a sus fachadas pintadas y sus casas de tango (aunque no tienen nada de auténtico).

A mí me gusta más San Telmo, otro barrio que aún siendo asimismo turístico es también porteño, de los toda la vida, con sus restaurantes, sus cafés y sus tiendas de antigüedades. Buenos Aires es de los vivos, y también un poco de los muertos, que reposan sin descanso eterno en el cementerio de Recoleta, convertido en otra atracción turística más porque aquí descansan desde Evita Perón al expresidente Raúl Alfonsín. No hay camposanto menos tranquilo que éste. Buenos Aires son las librerías de la calle Corrientes, los parques y edificios señoriales de Palermo, el café Tortoni de la avenida de Mayo —al que iban Borges y Gardel—, es el Ateneo Grand Splendid, que fuera un teatro majestuoso y hoy es una majestuosa librería o los restaurantes de carne de Puerto Madero. Buenos Aires, como decía Anibal Troilo, “es la vida, es el tango, es Gardel, es la noche, es la mujer y el amigo”.

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