EL PULSO
Crónica
Texto informativo con interpretación

El padre y la hija que amaban a Picasso

Siegfried Rosengart y su hija Angela formaron un equipo único en el mundo del arte desde su galería de Lucerna

Siegfried y Angela Rosengart, con algunas de sus obras en su galería de Lucerna (Suiza) en 1984.
Siegfried y Angela Rosengart, con algunas de sus obras en su galería de Lucerna (Suiza) en 1984.Ulstein / Cordonpress

Durante la carrera tuve un profesor de Estética que relataba anécdotas que parecían leyendas urbanas. Hablando de la voluntad expresiva y de la capacidad del arte para atrapar el tiempo, contó que un día Picasso le hizo un retrato a Dora Maar y cuando ella se levantó para verlo se horrorizó al descubrirse furiosa y arrugada y le dijo: “Esa no soy yo”. A lo que el pintor respondió: “Ya lo serás”.

La semana pasada caí por el Museo de la Colección Rosengart de Lucerna, la pinacoteca de Angela Rosengart (1932). Entre otros picassos apareció una Dora Maar. El padre de Angela, Siegfried Rosengart, abrió su primera galería de arte en 1937. En el verano de 1948 se rompió una pierna y pidió a su hija de entonces 16 años que le echara una mano. Así formaron equipo con el propósito de coleccionar obras únicas de Paul Klee (más de 120 piezas), de Picasso (¡180!) y de lo que ellos llamaban clásicos modernos (de Cézanne a Chagall). En 1985 falleció Siegfried, y en 1992 ella creó la fundación con el fin de mantener una colección única para Lucerna. Desde 2002 funciona como museo en un edificio de 1924 que todo el mundo llama Nationalbank.

Mejor un ‘paul klee’ que un vestido de noche

Cuando Angela cumplió 17 años, sus padres quisieron regalarle su primer vestido largo de noche. Ella, sincera, dijo que hubiera preferido el dibujo de Paul Klee Ein Tier geht spazieren (un animal va de paseo). Con una sonrisa, el padre se declaró favorable al cambio y ella salió disparada a por su adorado regalo. Meses más tarde, padre e hija se hicieron íntimos de Picasso en París. No solo dan fe de ello las obras compradas sin intermediarios, también las numerosas fotografías de David Douglas Duncan. A sus 89 años, la señora Rosengart conserva el espíritu de la niña que corría feliz a la galería, la costumbre de visitar su museo a diario y buena memoria. Sobre el cuadro Retrato de un pintor después de El Greco, de 1950, cuenta que un día se presentó un marchante de Zúrich con intención de adquirirlo. El padre se negaba a venderlo, pero el hombre insistía. Siegfried optó por decirle que era el cuadro favorito de su hija y que se lo pensaba regalar para su boda. Pasaban los años y Angela no se casaba, por lo que el hombre volvía una y otra vez a la carga. Cuando le contaron la historia a Picasso, este vio al vuelo la solución, se encogió de hombros y dijo: “¿Y por qué no se ha casado con Angela?”.

Antes de irme observo otro retrato de Dora Maar pintado con la técnica de la doble cara y en tonos grises, y al lado otro de Nusch Éluard (esposa del poeta Paul Éluard), tierna, pensativa, frágil… Cuando por fin salgo a la Pilatusstrasse para buscar el espejo del lago entiendo por qué Picasso decía que pintaba como otros escriben biografías.

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