El atlas de Pandora
Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

El silencio y otros aullidos

Elegiste un oficio que aspira a desafiar tabúes, a invitar a hablar, a desvelar los miedos encubridores

El miedo es un espejo. Cumpleaños tras cumpleaños, tu hijo se acerca a la edad que tenías cuando todo empezó. Te aterroriza que un día deba mirarse en ese mismo cristal oscuro, en aquellas miradas burlonas, en esa soledad. El acoso se esconde tras un muro de silencio mucho más impenetrable que las tapias del colegio. Te preguntas si lograrías detectarlo a tiempo, romper esas mecánicas de mutismo y vergüenza que conoces tan bien. Creías muchas cosas, de niña. Que la opinión del grupo te definía. Que, si aguantabas y callabas, te respetarían. Que había algo peor, mucho peor, que humillar a un compañero: chivarse. Y eso tú nunca lo harías.

Desde épocas remotas, un halo de turbia sospecha envuelve a la persona que acusa, incluso ante una agresión injusta. Cuenta una tradición romana que la bella Lucrecia pasaba la noche sola cuando llamó a su puerta el hijo del rey Tarquinio el Soberbio buscando cobijo de la lluvia. Lucrecia, intimidada, acogió al poderoso visitante. De madrugada, entre tinieblas, él entró en su dormitorio con una espada y la violó. Al día siguiente ella esperó el regreso de su marido y, con ojos helados, le contó lo sucedido. Entre los pliegues de su túnica escondía un puñal. Al terminar el relato, se suicidó. Tras la muerte, sus familiares lideraron una revolución que derrocó al rey, exilió al violador y dio nacimiento a la república romana hace 27 siglos. La escalofriante lección de esta leyenda es que Lucrecia se clavó la daga para apuntalar la veracidad de sus palabras. Tuvo que hablar desde la frontera de la muerte, donde ya no quedan motivos para mentir.

En nuestro idioma, los apelativos relacionados con la denuncia tienen un matiz deshonroso y negativo: delator, soplón, acusica, chivato, bocazas. Como afirma el escritor Fernando Iwasaki, carecemos de términos para aplaudir el valor de quien revela un abuso. Este es el campo léxico de la omertà: una semántica del silencio. De alguna forma, tras un terrible historial de delaciones y señalamientos en dictaduras, nuestro imaginario no consigue reconciliarse con la figura de quien levanta la voz. Esta herencia genera sus patologías: nuestra democracia ha dejado solos y desprotegidos a quienes sacaron a la luz grandes casos de corrupción que muchos querían enterrar. Como intuías de niña, las represalias son la recompensa habitual para quien se atreve a desvelar lo oculto.

El más calamitoso de los justicieros, nuestro don Quijote de la Mancha, escuchó un día a la vera del camino unos pavorosos aullidos de dolor. Al acercarse, descubrió a un muchacho atado a una encina, a quien su patrón estaba azotando cruelmente. Ante las preguntas del caballero andante, el hombre del látigo explicó que lo castigaba por reclamar su salario. “Estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza. Pagadle luego sin más réplica”, ordenó amenazador don Quijote, y acto seguido se alejó orgulloso de sí mismo. Más de 25 capítulos después, el joven y el caballero se vuelven a encontrar. “El fin del negocio sucedió muy al revés de lo que vuestra merced se imagina”, dice el chico. “No solo no me pagó, pero así como vuestra merced traspuso del bosque y quedamos solos, me dio de nuevo tantos azotes, que quedé hecho un sambartolomé desollado”. Así, el estrafalario paladín de los desvalidos descubre que no basta enfurecerse contra la injusticia: es necesario proteger a quien la desenmascara.

Tras siglos de sigilos, seguimos retratando con fealdad a los informantes y arrepentidos. En las pantallas, desde el clásico Relato criminal hasta Reservoir Dogs o The Wire, son encarnados por actores enclenques o mal encarados: acostumbran a tener mala pinta y mal fin. Una mancha marca aún a quien denuncia. Pese al descrédito, piensas que tal vez decidiste escribir para convertirte en chivata profesional. Elegiste un oficio que aspira a desafiar tabúes, a indagar en las zonas de silencio, a invitar a hablar, a desvelar los miedos encubridores. Has pasado del nudo en la garganta a la palabra desnuda. Por suerte existe este trabajo tan poco respetable: la soplona que cuenta más de la cuenta.

Inicia sesión para seguir leyendo

Sólo con tener una cuenta ya puedes leer este artículo, es gratis

Gracias por leer EL PAÍS

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS