Irpin (Ucrania): Dignidad en tiempos convulsos

El soldado Vlod mece el cuerpo de la pequeña Emma sobre la culata de su fusil.

Vlod sostiene a Emma mientras su madre, Julia, intenta localizar a su marido en la huida en Irpin (Ucrania).
Vlod sostiene a Emma mientras su madre, Julia, intenta localizar a su marido en la huida en Irpin (Ucrania).Luis de Vega

Su primera guerra. Su primer bebé. Todo a la vez. La evacuación de civiles de Irpin, una localidad del extrarradio de Kiev, unió durante unos minutos a la recién nacida y al joven soldado. La convulsión y la emergencia generan comportamientos y actitudes que impactan con lo que consideramos la normalidad. Pero basta con darse una vuelta por un conflicto para comprender, sin demasiado esfuerzo, que nada se apoya en la razón, lo habitual o lo establecido en un entorno de seguridad. A unos kilómetros del frente, donde ucranios y rusos se baten, Vlod acuna a una niña tratando de que deje de llorar por todos los medios, que no son muchos a su alcance.

No está pegando tiros hacia posiciones enemigas y su estampa es más bien la de un voluntario en misión humanitaria. Es más, en su ir y venir sobre el asfalto, mece con cariño el cuerpo de la pequeña Emma sobre la culata del fusil que lleva colgado en bandolera. Entre el intenso frío y la parafernalia militar, cuesta reconocer en un primer vistazo que es un tipo tan joven. “Diecinueve”, responde en medio de las detonaciones que de vez en cuando saltan de fondo, las prisas, la tensión, los llantos…, sobre todo de una mujer con el teléfono móvil pegado al rostro y la voz resquebrajada. Es Julia, la madre de Emma. Trata de poner en orden su vida en medio del caos. No perder de vista a su hija, en brazos del militar. Localizar a su marido, desaparecido en la marabunta mientras cruzaban los cascotes del puente de Irpin, destruido por los ucranios para frenar a los rusos.

Dejar atrás una casa, una vida cimentada, parte de la familia y amigos, no impide a la inmensa mayoría de refugiados de la guerra de Ucrania, como la familia de Julia y Emma, seguir adelante con un inmenso decoro y amabilidad. La aparición de un reportero desconocido y apresurado, que asalta su doloroso proceso de huida, no recibe un portazo por respuesta. Por eso, sorprende verlos responder preguntas y atender con relativa calma y serenidad en medio de ese vendaval de decisiones improvisadas, de maletas a medio hacer y de un futuro próximo lleno de dudas. Es el poder de la dignidad en tiempos de convulsión.

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Sobre la firma

Luis de Vega

Ha trabajado como periodista y fotógrafo en más de 30 países durante 25 años. Llegó a la sección de Internacional de EL PAÍS tras reportear año y medio por Madrid y sus alrededores. Antes trabajó durante 22 años en el diario Abc, de los que ocho fue corresponsal en el norte de África. Ha sido dos veces finalista del Premio Cirilo Rodríguez.

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