El golazo literario de Roberto Santiago con ‘Los futbolísimos’

El escritor acaba de sumar una nueva entrega, la número 21, a su saga superventas Los futbolísimos, con más de cuatro millones de ejemplares vendidos en España. “Vivimos una nueva edad dorada de la literatura infantil”, dice este involucrado contador de historias.

Roberto Santiago retratado el 1 de julio de 2022.
Roberto Santiago retratado el 1 de julio de 2022.Javier Salas

“Querer ganar; saber perder…”. Como filosofía de la vida no está mal. Como lema de Los futbolísimos (SM) se lo saben de memoria los cientos de miles de niños que han leído los títulos de la saga creada por Roberto Santiago (Madrid, 54 años). Lleva vendidos más de cuatro millones de ejemplares solo en España, sin contar los libros traducidos a otros 15 idiomas y el mercado latinoamericano, donde también juegan Pakete, Camuñas, Angustias, Marilyn, Tomeo, Helena, Ocho… El equipo mixto Soto Alto FC es todo un fenómeno global, que acaba de sumar el volumen número 21 a finales de mayo, El misterio del Cerro de las Águilas.

Pareciera que el escritor y cineasta se lo ha hecho a medida. “Yo me siento triunfador porque vivir durante 25 años de la escritura es una victoria. Pero he aprendido mucho de los tropiezos pese a que estaba preparado para recibirlos desde que uno de mis maestros, el gran José Sanchis Sinisterra, dramaturgo, nos marcara en la escuela con esa frase: ‘Venimos aquí a fracasar”.

Ese verbo se ha convertido en algo extraño para Roberto Santiago, aunque coqueteó con ello en el cine. No fueron bien algunas de sus películas, como Hombres felices, el primer largo que rodó después de haber despuntado como revelación en Cannes con su corto Ruleta en 1999. “Aquello me enseñó que subes y bajas sin razón aparente en ese oficio”.

En las pantallas fluctuó. En las letras, no. Se ha mantenido al alza con la habilidad de mezclar el valor del fútbol con numerosos temas sociales: feminismo, inmigración, acoso… “Me interesa el deporte como una plataforma en la que tratar otros asuntos que nos afectan”, dice Santiago. Y para probar que, pese a los cambios generacionales, los chavales de hoy en día, aunque anden sumidos en la tecnología o cierto sonambulismo de redes sociales, se mueven —se conmueven—, se indignan y se emocionan con lo mismo que sus padres, sus abuelos, sus tatarabuelos. Con el amor, la amistad, el lazo colectivo, el triunfo, el fracaso, el misterio, la camaradería…

La serie que le ha hecho triunfar como autor es la que a él le hubiera gustado disfrutar como lector. “Recuerdo que en mi casa preguntaba a mis padres: ‘¿Por qué no hay libros sobre fútbol?”. No le sabían responder en una familia que vivía de la profesión como creativo publicitario de su padre. Había cromos, eso sí, ¿pero libros?

Confiaba en el fútbol como algo ideal. “Me hizo aprender muchas cosas, creo que las 13 reglas básicas que fundaron para la modernidad son normas que para la vida no están de más. No clavarle los tacos al rival, para empezar. Pues vale. Creo en ello todavía a pesar de… Hay muchos a pesar de…, empezando por los millones que caracterizan el negocio. Pero como narración, como intriga, el fútbol da todavía muchísimo juego”.

Tampoco es un género para trasladar al arte que haya cuajado mucho en los adultos. Pero que a Roberto Santiago le obsesionaba quedó claro ya en su segundo largometraje como director: El penalti más largo del mundo. “Estaba basado en un cuento de Osvaldo Soriano”, afirma. Y fue un éxito. Corría 2005 y ya entonces el creador compaginaba el cine con la literatura infantil y la escritura de teatro. Contar historias en cualquier formato fue algo que ha explorado siempre. “Mi primera obra teatral fue sobre la vida de santa Cecilia, patrona de la música. Me gustó ver cómo mis compañeros decían en el escenario lo que yo había escrito”, relata Santiago.

Recuerda la adolescencia como un periodo intenso entre las aulas y los patios del colegio San Agustín, en Madrid. Pero le costó adaptarse. Era un muchacho larguirucho y tímido. Los traumas vividos han sido después fuente de complicidades con varios de sus personajes. La estatura le destinaba al baloncesto, pero a él le gustaba más el fútbol. “Siempre he sido un paquete”, confiesa ahora. El vecindario le decantó por el Real Madrid, a pesar de haber nacido y vivido sus primeros años en la calle del General Ricardos, al lado del Vicente Calderón.

Aquella época está muy presente en su vida. Un autor de género para niños debe establecer una línea de contacto perpetuo con la infancia que tuvo. “Conecto con el niño que fui, no sé si por inmadurez. Yo era muy tímido. Y muy miedoso. Me costaba dormir. Lo hacía con la luz del pasillo encendida. Era también muy observador y tenía escasas o nulas habilidades sociales. Luego tuve que desarrollarlas para sobrevivir”, recuerda.

Durante un tiempo más bien largo el colegio lo vivió como una jungla, dice: “Un lugar inhóspito…”. Luego recula: “Aunque también lo disfrutaba”. Sin duda aquel espacio posee en sí mismo el claroscuro perpetuo del recuerdo que inspira. “A muchísimos nos pesaba. No me gustaba ir. Lo que más me interesaba, sin duda, eran mis amigos. Aunque me costó mucho hacerlos. Eso vino cuando me sentí parte de un grupo, hacia los 13 años. Hasta entonces fui muy solitario”, reconoce.

Esos amigos son los que conserva hoy en día. Y entre ellos no están los matones que dominaban el cotarro. “Me veía amenazado por ellos. ¿Por qué? Lo pasaba mal. Cuando sentí el todos para uno y uno para todos de los tres mosqueteros, me convertí en alguien feliz. Toda esa sensación de injusticia ante esa ley de la selva está presente en Los futbolísimos. No solo lo observaba a mi alrededor y me afectaba, sino que me rebelaba ante ello”.

Desde los 16 años quiso escribir. Aunque pensó que no podría vivir del oficio y se matriculó en Derecho. “Al repasar el temario me di cuenta de que no me interesaba. Iba a estudiar en el Icade, tenía hasta la plaza. Pero ni siquiera empecé. A mí, lo que me gustaban eran las historias de abogados, los libros de John Grisham o el Matar a un ruiseñor, de Harper Lee”. Aunque antes de aquellos y otros autores, como Stephen King, en su estantería gobernaron Los cinco, de Enid Blyton.

Se apuntó a la Escuela de Letras y a la Facultad de Ciencias de la Información. “Estudié dirección de cine. Pero me figuraba a mí mismo siempre escribiendo guiones. Lo que ocurrió fue que hice Ruleta y me metí en la rueda del mundo del cine ilusionado cuando lo seleccionaron para Cannes”. Fue alternando. Su primer libro infantil fue El ladrón de mentiras. Hubo más antes de inventar a la cuadrilla del Soto Alto FC: Prohibido tener catorce años; El empollón, el cabeza cuadrada, el gafotas y el pelmazo; Jon y la máquina del miedo; Cuentatrás; Dieciocho inmigrantes y medio… “Siempre me he sentido feliz con la escritura. La dirección de cine es más sociable, te ayuda a mantener la salud mental, a no aislarte. Mi primer corto fue un éxito; el primer largo, Hombres felices, un batacazo. No funcionó en taquilla ni obtuvo buenas críticas. Hasta que se cruzó en mi vida ese relato que cambió mi suerte: El penalti más largo del mundo”.

Fue la primera vez que exploró en clave adulta la preocupación social con el fútbol como trasfondo. Y otros temas anteriores. “En Hombres felices ya hablaba de la crisis de la masculinidad tan presente hoy. En El penalti…, también. Siempre me ha preocupado la relación entre hombres y mujeres, desde el colegio. Me parecía que éramos unos cazurros sin educación en ese aspecto. Son estructuras mentales arraigadísimas. Puede que hayamos sobrevivido. Pero indemnes del todo no hemos salido”.

Aun así, se define optimista. “Me agarro a quienes desprenden buenas vibraciones, vuelo y me pego a ellos. Aunque mis dos primeros largos, y sobre todo El penalti, son pe­lícu­las que rinden homenaje a la clase obrera. La rodamos en Carabanchel y refleja los anhelos, los miedos, las frustraciones de los más humildes. Debemos seguir retratando eso hasta que consigan romper el techo de cristal. Aunque puede que ahora estén incluso peor que hace 17 años, cuando se estrenó…”.

Del barrio y la calle no se ha despegado. Son su campo de estudio, su laboratorio. Atisba argumentos para su serie fenómeno asistiendo a partidos de categorías infantiles. Todo un experimento para observar comportamientos a gran y pequeña escala: un despliegue con efecto sorpresa que se desliza entre la deportividad y el primitivismo. “Nunca son los críos quienes empiezan las broncas, lo hacen los padres. Yo voy muchísimo a los partidos, los considero mi área documental. A menudo humillan al árbitro, me parece una locura, un desquicie total. Lo veo. ¿Cómo un padre puede insultar así delante de su hijo?”. Va solo, aunque también sigue el rastro de sus sobrinos, que juegan en el Canillas. “Son buenos. El mayor es medio centro al estilo Toni Kroos y el pequeño juega de defensa”.

¿Nunca le ha tentado entrenar? “Me he sentido entrenador cuando he dirigido las películas. Llevaba a los actores al campo a prepararse. Coreografiaba los movimientos y las jugadas. No solo me he sentido así en las pelis de fútbol…”. En las historias que tocan el tema transmite el efecto de los valores compartidos, pero también del exceso de competitividad. “Eso se nota, observo mucha confusión en aquellos ambientes. En padres y madres también, por suerte o por desgracia. Proyectan sus sueños y frustraciones en el fútbol de sus hijos y algunos desean que estos hagan carrera. Les inculcan ese gen de la competitividad que produce en los chavales efectos contrarios: vergüenza, para empezar. He visto madres saltar a por el entrenador después de cambiarlo. El pobre crío se quería enterrar. La grada es un mundo”. Habla con ellos. “Para escribir, creo cada vez más en la documentación. La gente está deseando contarte su vida, contártelo todo. Resulta algo maravilloso para un escritor, que somos como vampiros”.

Como tal, sin tapujos cara a la comparación draculiana, ha actuado con otra de sus historias de éxito, la de Ana Tramel. Primero fue novela, después serie de televisión emitida en TVE, con Maribel Verdú como protagonista. Para retratar la bajada a los infiernos de esta abogada y el mundo de la ludopatía, Roberto Santiago se infiltró una temporada en garitos, partidas legales e ilegales. Asistió a timbas de póquer en Madrid, Levante, la Costa Azul y Centroeuropa. Desde Elche a Viena, Berlín o Cannes, atestiguó ruinas, euforias, noches en vela y sutiles procesos a la hora de desplumar. “Vi a un cirujano plástico perder medio millón de euros en una noche aciaga para él”, recuerda.

Roberto Santiago retratado el 1 de julio de 2022.
Roberto Santiago retratado el 1 de julio de 2022. Javier Salas

Dos años anduvo en esos ambientes. “Rascando y presenciando cómo alguien llega a la ruina económica pero también moral. Penetré en todo el mundo aquel y sus agentes: desde los organizadores a los mejores jugadores y los prestamistas, que llegan ya a extremos repugnantes porque viven de la desgracia ajena. No es un mundo nada glamuroso, aunque por él pululen personajes de papel cuché y photocall. A veces salen de un sarao y se juegan después una pasta. Hablo de gente conocida, famosa, inteligente que arrastra su vida por la borda y acaban en un mundo sórdido, frívolo, con un punto híbrido y confuso de realidad paralela”, asegura.

Roberto Santiago tiene mano para analizar la psicología infantil, pero también la adulta. Para los más mayores sabe describir descalabros. Respecto a los pequeños, prefiere cambiar la suerte, hasta dotarlos de superpoderes. Es lo que ha hecho ahora con sus dos nuevas series (Los once y Las princesas rebeldes). “No fue idea mía, vino más por parte de los críos que hablan conmigo sin caretas. Me critican duramente. Y aprendo de ellos. Se puede tocar cualquier tema, no hay que ser políticamente correcto ni llegar a la moralina, los chavales lo detectan. Vivimos una nueva edad dorada de la literatura infantil”.

La primera de las nuevas entregas de Santiago trata de superhéroes de 11 años: “El día que cumplen esa edad notan cómo les van apareciendo sus superpoderes. Luego vienen Las princesas rebeldes, que empecé ya con la heredera de España. No quiere ser reina, sueña con tocar la batería en un grupo”. Las dos sagas irán convergiendo. Y todos ellos enfrentándose a un dilema: “¿Podemos salvar el planeta con los humanos o más nos vale crear una nueva especie?”.

Estos nuevos personajes no le harán abandonar a Los futbolísimos: “Me quedan muchas historias que contar. Y me siento en deuda con ellos. Son un equipo como regulero, les he hecho perder mucho. Me apetece que empiecen a ganar”. Va siendo hora…

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Sobre la firma

Jesús Ruiz Mantilla

Entró en EL PAÍS en 1992. Ha pasado por la Edición Internacional, El Espectador, Cultura y El País Semanal. Publica periódicamente entrevistas, reportajes, perfiles y análisis en las dos últimas secciones y en otras como Babelia, Televisión, Gente y Madrid. En su carrera literaria ha publicado ocho novelas, aparte de ensayos, teatro y poesía.

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