La vida sin fortuna de July y Mónica

Dos mujeres mueren arrolladas por un tren en Barreda (Torrelavega) después de que una intentara impedir que la otra se arrojara a la vía

Una mujer coloca flores en el lugar del atropello ferroviario de dos mujeres en Torrelavega.
Una mujer coloca flores en el lugar del atropello ferroviario de dos mujeres en Torrelavega.FERNANDO DOMINGO-ALDAMA

Un ramo de flores aporta la única nota de ternura en las últimas labores de limpieza de las vías ferroviarias donde este miércoles por la noche murieron July y Mónica arrolladas por un tren de mercancías. La mañana plomiza de Barreda, cerca de Torrelavega (Cantabria), empapa las rosas que Seila coloca con cinta aislante sobre la mínima protección que sortearon ambas amigas antes de recibir el impacto mortal. Ella vio desde su ventana cómo July, dominicana de 42 años, trató de impedir que Mónica, rumana de 30, se arrojara sobre un convoy. No lo logró. Ella no las conocía pero ha leído en la prensa que eran extranjeras. Por eso ha decidido brindarles este último recuerdo: “Creo que estaban solas, es una forma de que se las recuerde”.

No se equivoca. Casi nadie en esta zona cercana a un polígono dice saber de ellas, aunque muchos vieron el accidente. Cuenta Javier Herrero que las terrazas de los bares cercanos al lugar del siniestro estaban llenas cuando escucharon a dos mujeres gritarse y cómo una de ellas luchaba por retener a la otra, que se dirigía a las vías del tren. Otra, rubia, les chillaba y pedía que la parara. Salieron corriendo de un pequeño y humilde bloque residencial encima del bar El Pedal, donde residían, y atravesaron esa carretera con la suerte de que no les pilló un coche que pasaba. “Si supiéramos lo que pasaría, nos hubiéramos metido”, señala Herrero. Cuando llegó ya era tarde: las fallecidas yacían, irreconocibles, junto a los raíles, vegetación y latas oxidadas. Pachi, camarero en uno de los bares colindantes, incide en la “impotencia" de ver una muerte en directo.

Dos operarios de Adif limpian las vías del tren en el lugar del impacto con las dos fallecidas.
Dos operarios de Adif limpian las vías del tren en el lugar del impacto con las dos fallecidas.FERNANDO DOMINGO-ALDAMA

Dice uno de los operarios de Adif, que limpian con un cepillo, desinfectan el lugar y mueven las piedras del carril ferroviario, que uno nunca se acostumbra a esas labores protocolarias cuando ocurren situaciones así. Que es horrible. Su pena resulta mínima al compararla con los rostros de El Pedal, donde July y Mónica solían acudir. Allí la camarera prefiere no extenderse más allá de un “eran buenas chicas”. Un hombre que reside en ese edificio evita pronunciarse sobre la desgracia de sus vecinas y abraza a una mujer latinoamericana que solloza. Viste de negro con unos corazones rojos estampados y su mirada se pierde más allá de la pantalla mientras en la calle no para de llover.

El dolor se ha adueñado de la Avenida de Solvay. Algunos curiosos se acercan a las vías; los clientes de los bares comentan lo ocurrido. Y Junior Gómez, de 13 años, sigue sin olvidar la secuencia que presenció desde el balcón de su segundo piso. Este chaval, que vive con tres hermanos y su madre un par de pisos por encima del lugar donde July y Mónica convivieron durante la cuarentena, apenas ha conseguido dormir por la impresión de lo que vio. El muchacho explica que la joven rumana gritaba “¡Quiero ser feliz!" y que se zafó del empeño por ser detenida hasta que la golpeó la locomotora mientras la agarraba la dominicana.

Su madre, primeramente reacia a contar lo que sabe de ambas mujeres, habla con el único propósito de que alguien se haga cargo del cadáver de Mónica. La mujer relata que la joven rumana atravesaba un mal momento personal, que había fallecido su madre, que tenía a su hija en Rumanía y que sus problemas de alcoholismo cree que le causaban secuelas psicológicas. “Estaba muy deprimida, nos tomamos un café un día y estaba muy triste”, rememora su vecina. Su compañera July, pues ambas trabajaban en un cercano club de alterne llamado Parada de Postas, la intentaba animar y sacar del pozo. La dominicana, que visitaba de vez en cuando su país, se desvivía para sacar dinero y enviarlo al otro lado del océano, donde tenía a una hija y a su nieto. “Solo pensaba en trabajar para darle lo mejor a su nietecito”, lamenta. Al menos, añade, podrán llevar su cadáver a la República Dominicana: tenía un seguro. No como Mónica, y eso le da mucha lástima.

El local donde ambas se ganaban la vida, teñido de blanco y azul cielo entre un paisaje gris, permanece cerrado, sin más movimiento que el ondear de unos pantalones y unas sábanas colgados en un tendedero. El timbre resuena sin conseguir resolver incógnitas sobre July y Mónica, esas dos mujeres que vivían en el bajo de una casa de portal abierto sin nombres en los buzones.

Sobre la firma

Juan Navarro

Colaborador de EL PAÍS en Castilla y León, Asturias y Cantabria desde 2019. Aprendió en esRadio, La Moncloa, en comunicación corporativa, buscándose la vida y pisando calle. Graduado en Periodismo en la Universidad de Valladolid, máster en Periodismo Multimedia de la Universidad Complutense de Madrid y Máster de Periodismo EL PAÍS.

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