Fuga del colegio en “la hora zombi”

El tramo final de siete a ocho de la tarde, aconsejado para positivos y personas en cuarentena, fue temido todo el día con humor negro, pero se convirtió en una deserción masiva del voto

Los miembros de una mesa electoral de Barcelona se colocan los equipos de protección para recibir en la última hora para votar a las personas infectadas del virus o en cuarentena.
Los miembros de una mesa electoral de Barcelona se colocan los equipos de protección para recibir en la última hora para votar a las personas infectadas del virus o en cuarentena.Massimiliano Minocri
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La jornada electoral en Cataluña ha sido muy rara, pero aun así lo más raro de todo estaba previsto al final. A partir de las siete de la tarde, la última hora estaba aconsejada para personas que han dado positivo en covid o permanecen en cuarentena. En un toque de humor negro se dio en llamar “la hora zombi”. Desde por la mañana en los colegios casi se santiguaban al mentarla, pensando en cómo sería eso. Se iban a tener que poner equipos de protección especial, los llamados EPI, y si ya durante el día se procuraba ni tocar los DNI, para esa hora en las mesas se preguntaban si tendrían que usar pinzas. La espantada de muchos de los convocados, incluso a pesar de las fuertes multas, no hizo más que aumentar la aprensión. “En esta mesa yo soy la presidenta titular, pero estos dos que están de vocales eran presidentes suplentes de otras mesas, y han acabado aquí”, contaban en la mesa 160A del colegio instalado en el mercado histórico de Sant Antoni, en Barcelona.

Sin embargo, a medida que fue avanzando el día se impuso una clara tendencia: del lío y las colas de la mañana se pasó a una calma cercana al aburrimiento a primera hora de la tarde. En el mercado, donde se han acumulado cuatro colegios, correspondientes a 17.000 votantes, no había nadie y retumbaba el eco entre los puestos cerrados. En las mesas mataban el tiempo contándose la vida y conociéndose un poco, ya que les había cruzado el azar, como en un vagón de tren en un largo viaje. Entonces se abrió paso una sospecha: “Verás como no viene nadie”. En todas las mesas se pensaba lo mismo, como si fuera de sentido común, no ir si no eres positivo, y mucho menos si lo eres. “Mira, en esta mesa han votado por correo 48, de 700 censados, es muchísimo”.

A las 18.40, los presentes empezaron a abrir con resignación las bolsas de los equipos EPI. Los pasillos se convirtieron de pronto en un vestuario: “¡Aquí tienes una XL!”. Mono blanco, pantalla protectora de la cara, guantes. “¿La capucha hay que ponérsela?”, se preguntaban unos a otros. Era inevitable hacer al menos una foto, y alguna broma. “Esto es surrealista”, se decían viéndose reflejados en el cristal de enfrente, vestidos como de la NASA en la película de E.T. Todo el mundo envió una foto a sus grupos de WhatsApp. La temida hora zombi, en efecto, acabó en una deserción total de los colegios. Nadie quiso ir, igual que tampoco casi nadie quería estar, y es más, no veían la hora de irse a su casa, ya bastante agotados. “Hombre, miedo no tengo, pero esto a nadie le gustaría”, reflexionaba el vocal de una mesa mientras se subía la cremallera del traje.

En esa última hora, a las cuatro mesas de una de las secciones del mercado entraron solo siete personas. Una de ellas, una chica que votaba por primera vez. Su familia la esperó fuera y la recibió con un aplauso. Otro señor entró dando algunos gritos: “¡Un poco de sentido del humor, que esto nos está robando el ánima!”. Cuando se cerró el colegio a las ocho, es como si ya se hubiera cerrado a las siete. Lo que fue zombi fue esa hora electoral muerta. A efectos de impacto electoral, es como si no hubiera existido. Contando que también en este colegio habían abierto casi una hora más tarde, en realidad el día tuvo dos horas menos. Menos para los que estaban allí, claro. Al anunciarse que todo había terminado, se desenfundaron los trajes con un suspiro de alivio. Llevaban 12 horas en el colegio, porque les habían convocado a las ocho de la mañana. Los zombis ya eran ellos. Y quedaba el escrutinio. Se hizo un poco largo. Como todo, además de raro, este último año.

Sobre la firma

Iñigo Domínguez

Es periodista en EL PAÍS desde 2015. Antes fue corresponsal en Roma para El Correo y Vocento durante casi 15 años. Es autor de Crónicas de la Mafia; su segunda parte, Paletos Salvajes; y otros dos libros de viajes y reportajes.

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