La democracia en el puesto de Manoli

La jornada comenzó con problemas en muchos colegios y con las urnas colocadas de forma excepcional en mercados, aparcamientos y hasta en el estadio del Barça

Una mujer vota en el colegio electoral instalado en el Mercado de Sant Antoni, en una de las mesas que abrieron pasadas las diez de la mañana.
Una mujer vota en el colegio electoral instalado en el Mercado de Sant Antoni, en una de las mesas que abrieron pasadas las diez de la mañana.MASSIMILIANO MINOCRI

El mercado de Sant Antoni es uno de los más antiguos de Barcelona. Lo construyeron en el siglo XIX cuando derribaron las murallas para que la ciudad respirara y es una orfebrería modernista que busca la luz y la ventilación. Todo eso ha servido también para que se convirtiera este domingo en un supercolegio electoral, cuatro en el mismo sitio, con 29 mesas, para 17.000 votantes.

Pero ponerlo en marcha ha sido un lío. Tiene forma de estrella, con varias puertas en cada brazo, y a las ocho de la mañana en cada una se agolpaban los convocados a las mesas, cada uno con su papelito doblado en la mano. Algunos hasta con carpeta, si tenían que alegar razones médicas. Se veían varias personas mayores con muletas. Les iban llamando y cada vez que un titular de una mesa no aparecía, la mujer que pasaba lista ponía caras: “Pues como sigamos así… vamos a ver el suplente”. Y gritaba otro nombre. A las nueve de la mañana no pudo abrir prácticamente ninguna de las mesas. Encima comenzó a llover, con nueve grados de temperatura. También comenzaron a llegar los primeros votantes, que además eran los más mayores y población vulnerable. Todos mojándose, y aquello no empezaba. Se armaron algunas broncas e intervino una pareja de municipales:

—¡Todos para atrás por favor!

—Es que nos mojamos.

—¡Yo también!

—¡Ya, pero a usted le pagan!

“¡Eso, eso!”, jaleaba la multitud presente. El ambiente era de nerviosismo, muy protestón, de fatiga pandémico-política acumulada. Pero Albert Agorreta, 87 años, toda la vida trabajando en un taller de joyería, al menos se lo montó bien. Enseñaba una bolsa de plástico con un bocadillo de jamón y queso de cabra, y una coca-cola en el bolsillo interior de la chaqueta. Sentado en una silla plegable de playa que se había traído de casa: “Esperaremos lo que haga falta, yo estoy preparado”. Era el primero de la fila. Por fin pudo pasar a eso de las 9.45. María del Carmen Codina, de 93 años, con una muleta, estaba bastante más cabreada: “Ha empezado la jornada como está el país: mal”. Le acompañaba una mujer que le ayudaba a caminar y sobre todo a montar el pollo para votar: “¡Llevamos aquí desde las nueve menos cuarto, es una vergüenza, habían dicho que viniera la población vulnerable!”. Tras discutir con los de seguridad y con la policía, la dejaron pasar: “¡He votado toda mi vida y no pienso dejar de votar hoy!”.

En una de las secciones, con tres mesas, eran casi las diez y aún no habían empezado. La cola fuera era enorme, bajo la lluvia. Dentro no se aclaraban. “Empezaremos cuando nos digan los Mossos, que tienen que hablar con la Junta Electoral”, explicaba un representante municipal. Había cierta inquietud porque si daban las diez y no estaban constituidas las mesas, se cerraba. Aseguraban que sí lo estaban, y que faltaba solo un trámite. Fuera la gente se quejaba en voz alta, despotricando contra todo, en esa complicidad espontánea que nace en una cola de desconocidos con parecido sentido de la injusticia. Por fin un agente de los Mossos que estaba al móvil, asintió con la cabeza, colgó y dijo: “¡Empezamos!”. Pasó la primera de la fila a las 10.11 horas, Avelina Mestres, de 91 años, en silla de ruedas, que al menos le habían dejado esperar dentro, más calentita.

Un jaleo con buen humor

“Esto ha sido un jaleo”, admitían en una de las mesas. “Yo soy la suplente de la suplente de la suplente”, contaba una de las vocales de la mesa U, sección 157. Se lo tomaban con buen humor. Se veía eso de que te conoces en la mesa y congenias perfectamente con los que te han tocado, que resultan ser majos. Gente corriente que seguramente vote cada uno una cosa, pero no se hace notar. Se leían en voz alta los puntos más interesantes del librito oficial de instrucciones. Fueron a comer a casa por turnos. Los tres, enfundadas las manos en guantes azules, sostenían la más pequeña célula de la democracia, en forma de mesa, con papeles, rotuladores y una urna. Esa mesa estaba junto a un puesto del mercado, la tienda Manoli. Con todos sus problemas, la jornada electoral había arrancado en el último colegio. Poco después salió el dato de que el 99% de las mesas se habían constituido.

Con la que estaba cayendo, un diluvio, tenían mucho más mérito las mesas formadas en el Centro de Residuos de Cataluña, otro de los colegios electorales raros improvisados en estos comicios. Porque estaban al aire libre, en el aparcamiento. Lo que pasa es que los convocados para ocuparlas no sabían que iban a pasar el día sentados en el exterior, con frío y lluvia, y al llegar se llevaron una sorpresa. “Si lo hubiera sabido, me habría abrigado más”, cuenta una de las presidentas, que está con camisa y chaqueta. Les pusieron un pequeño calefactor a cada mesa, pero no se notaba mucho, solo el que estaba al lado. En algunas mesas se turnaban la silla del radiador. “Al menos será el colegio más seguro para la covid”, comentaban sonriendo con resignación. Aquí también hubo problemas en alguna mesa. De nueve convocados se presentaron cuatro, y uno dijo que había alegado que tenía problemas de espalda, pero no le habían respondido. Le mandaron a casa a buscar el resguardo y, cuando lo trajo, se pudo ir. Este colegio está en las Tres Torres, el distrito que más participación registró en las anteriores elecciones, pero a media mañana no había ninguna cola. “Esperemos que al menos nos dejen hacer el recuento dentro del edificio”, comentaban en una mesa, con los pies ya congelados.

Allí cerca había otro colegio curioso, porque está en un colegio, sí, pero el de médicos. Y además es que su presidente, Jaume Padrós, se ha distinguido por sus declaraciones críticas, como esta del pasado enero: “No se dan las condiciones desde el punto de vista sanitario para unas elecciones seguras el 14-F”. Sin embargo, en el edificio donde está su propio despacho todo marchaba bien. Empezaron a la hora y no había aglomeraciones. Le tocan 1.910 electores. Aunque a mediodía ya se formaban colas, porque se acababa la franja horaria de la población de riesgo y ya podían ir los demás. Un joven llegó a las 11.50 y preguntó si podía entrar. “Hombre, por ética, yo le diría que mejor que no, casi espera ya”, le dijo un agente. “Claro, claro”, respondió él.

Donde sí había colas, y bastante impresionantes, era a 10 minutos en coche, en el Camp Nou. El Barça ha cedido su auditorio como colegio electoral, ocho mesas, 4.055 votantes, y también se toparon con dificultades en varias de ellas. Arrancaron hacia las 9.45 horas. En la explanada se formó una cola que daba varias vueltas, más de 200 personas a las 12.20 horas. A ratos seguía la lluvia y la gente aguantaba pacientemente una media hora. Hilari, de 66 años, lo veía así: “Soy del Barça, y en mi vida me imaginé que iba a votar un día aquí, se me hace raro, pero bueno, este año todo es raro, ¿no?”.

Sobre la firma

Iñigo Domínguez

Es periodista en EL PAÍS desde 2015. Antes fue corresponsal en Roma para El Correo y Vocento durante casi 15 años. Es autor de Crónicas de la Mafia; su segunda parte, Paletos Salvajes; y otros dos libros de viajes y reportajes.

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