'IN MEMORIAM'
Tribuna
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Alfonso Villagómez Rodil, un juez gallego entrañable

El magistrado del Supremo, fallecido este viernes en Ferrol a los 89 años, complementó su talante polifacético con su compromiso con la profesión y el progreso social

Alfonso Villagómez Rodil, magistrado de la Sala Primera del Tribunal Supremo, en 2003.
Alfonso Villagómez Rodil, magistrado de la Sala Primera del Tribunal Supremo, en 2003.Ricardo Gutierrez

El pasado viernes 26 de febrero falleció en Ferrol el magistrado emérito del Tribunal Supremo Alfonso Villagómez Rodil a la edad de 89 años, después de una larga enfermedad y de sufrir una parada cardiorrespiratoria. La pérdida de Villagómez Rodil ha sido, sin duda, un golpe no solo para su familia (su viuda Carmen y sus cuatro hijos), sino también para todos aquellos que tuvimos la suerte de conocerlo y trabajar junto a él en el Tribunal Supremo.

Cuando se hace una semblanza de Villagómez Rodil, a pesar de su personalidad cautivadora y talante polifacético, lo que más llama la atención es su compromiso con su profesión, con su familia y con el progreso social.

Se puede decir que Alfonso era un juez de vocación, magistrado por los cuatro costados, que cumplió con el ius suum cuique tribuere [en latín, ”dar a cada uno lo suyo”] desde su ingreso en la carrera judicial, muy joven, pasando por todos sus destinos en juzgados y audiencias de nuestro gran país, que los concursos ordinarios le reservaron, tanto en su Galicia natal, como en Andalucía, en Cataluña y en Madrid en la Audiencia Nacional y en el Tribunal Supremo, máxima aspiración de un auténtico juez, dando lo mejor de sí en pro de la administración de la justicia y de los justiciables.

Por eso, Alfonso era tan comprensivo y abierto de talante, porque había hecho la carrera de abajo a arriba, paseando por toda España. Y no hay que olvidar que su vocación de servicio a la justicia fue la que, precisamente, le impulsó a aceptar cargos gubernativos judiciales concibiéndolos nunca como privilegio, sino como carga o servicio a la carrera y a los compañeros. Todavía algunos colegas recordamos la cercanía y talante de su apreciada personalidad.

Entre las muchas cosas que nos unían, una era el amor a la tierra gallega. Villagómez Rodil siempre concebía ser gallego como un honor y un privilegio al que había que corresponder. Supervisó las primeras elecciones autonómicas gallegas, escribió varios libros y poemas en la lengua de Rosalía de Castro y fue uno de los mejores especialistas en derecho foral. Su Galicia natal le correspondió, además de lo vital y familiar, con el premio Montero Ríos en 2005.

Y esta gran pasión por la justicia, supo compaginarla —cuestión nada fácil, lo digo desde la propia experiencia de juez, magistrado y magistrado del Tribunal Supremo— con su vocación familiar, acompañado siempre de su mujer e hijos en todos los destinos judiciales, y transmitiendo a estos, además de una sólida formación jurídica, el sentido de la justicia y de la equidad en la existencia.

También era público su compromiso con los derechos fundamentales, con la democracia y con los principios y valores constitucionales, que indudablemente permitió la mejor tutela de las libertades de los ciudadanos, y la mejora del servicio de la administración de justicia y de quienes hemos trabajado en ella durante décadas.

Es por ello que no puedo concluir sino agradeciendo a Alfonso —que nos mirará desde arriba— y a toda su familia, esa vida consagrada al derecho y a los demás, que ha dejado una estela fructífera en la carrera judicial y en la memoria de quienes la integran. Descanse en paz.

Juan José González Rivas es presidente del Tribunal Constitucional.

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