La campaña del fracaso

Un cúmulo de factores abocó al PSOE al desastre el 4-M, desde datos demoscópicos internos erróneos a los bandazos de Cs a Unidas Podemos

José Manuel Franco, Pedro Sánchez y Ángel Gabilondo, en el cierre de la campaña electoral del PSOE en Madrid.
José Manuel Franco, Pedro Sánchez y Ángel Gabilondo, en el cierre de la campaña electoral del PSOE en Madrid.FERNANDO VILLAR / EFE

A más de un dirigente del Partido Socialista de Madrid (PSM) se le vino el mundo encima el 29 de abril. Todavía quedaban cinco días para el 4-M y si las elecciones ya estaban difíciles, por mucho que dijeran lo contrario en La Moncloa y Ferraz, tras el anuncio que acababan de escuchar parecían directamente imposibles.

Ángel Gabilondo había prometido, en la recta final de unas elecciones que perseguirán por mucho tiempo al PSOE, dos años de abono transporte gratis para los menores de 31 años si era presidente de Madrid. El acabose. La medida no podía ser más popular. Beneficiaría a 1,7 millones de personas. Los socialistas más veteranos, en cambio, se tentaban la ropa mientras la memoria les llevaba a la repetición electoral de 2003, después de que el Tamayazo impidiese la investidura de Rafael Simancas. El candidato socialista ofreció entonces transporte público gratuito para los menores de 21 años y los mayores de 65. Un compromiso que mejoraría las vidas de millón y medio de madrileños. No valió de nada. El PSOE perdió dos escaños y 140.000 votos. Y así comenzó el reinado de Esperanza Aguirre en la Comunidad de Madrid.

El bofetón del martes pasado fue muchísimo más cruento. Por el resultado en sí, el peor de los socialistas en Madrid con 13 escaños y 275.000 votos menos que en 2019, cuando ganaron las elecciones pero no pudieron gobernar. Pero, sobre todo, porque prácticamente nadie lo vio venir. Antes del cierre electoral en Entrevías, uno de los barrios más humildes de la capital, Pedro Sánchez avanzó el 2 de mayo que, según fuentes de la campaña pilotada por La Moncloa, los datos que se manejaban permitían pensar que el cambio estaba al alcance.

No fue un mensaje improvisado para transmitir esperanza. La víspera de las elecciones los estudios internos daban al bloque de izquierdas por delante de la derecha. Los cuatro días previos estaban igualados. Nada que ver con los sondeos del PP, que reflejaban una subida de Isabel Díaz Ayuso que no se veía desde los tiempos de Aguirre. Ni con la encuesta de Metroscopia para EL PAÍS, que en la última semana de campaña concedía 28 escaños a los socialistas. Ese trabajo demoscópico fue recibido de uñas. Y eso que al final erró por elevación: pronosticó cuatro diputados más de los logrados.

Quizás lo más sorprendente de todo, confesaban en la dirección del PSOE de Madrid —antes de que se nombrara una gestora tras la dimisión del secretario general, José Manuel Franco, previa a la renuncia de Gabilondo al acta—, fue que en la noche electoral, cuando el escrutinio ya había comenzado, se seguía pensando en una victoria apurada pero segura. Pero ya había detalles inquietantes. Sánchez, que redujo su presencia en la campaña a solo tres actos tras una precampaña muy intensa, siguió la evolución del recuento desde La Moncloa. Gabilondo lo hizo en un hotel a 500 metros de Ferraz. Isaura Leal, que presidirá la gestora hasta otoño, fue la única integrante de la dirección federal que pasó el funeral con el candidato. En Génova, entretanto, ya se preparaban para descorchar el champán. La puntilla la dio Más Madrid, que a la chita callando rebasó al PSOE con un proyecto más atractivo entre las clases medias y los menores de 45 años. Solo fue por 4.500 votos —32.000 en la capital—. Mónica García será la líder de la oposición hasta las elecciones de 2023.

El cúmulo de factores que explican la hecatombe del PSOE recuerda a una conjunción astral. Los protagonistas del desplome también desempeñaron su papel en la victoria de 2019. Un hito que no se producía desde 1987. Pero el contexto no tenía nada que ver con el actual.

El primer problema es que el adelanto electoral pilló a contrapié a los socialistas. Gabilondo ignoró las peticiones de que fuese más beligerante y endureciese su oposición en lo más crudo de la pandemia. El candidato llevaba meses de salida, pendiente de si PP y PSOE pactaban su nombramiento como Defensor del Pueblo. Más Madrid ocupó el espacio dejado con un perfil idóneo para el momento: García combatió en primera línea al coronavirus como anestesista en el Doce de Octubre. Nadie mejor que ella conocía los estragos de la covid, y así los denunció una semana tras otra en las sesiones de control en la Asamblea de Madrid.

El PSOE se debatió en un primer momento por cambiar de cabeza de cartel. Pero al final optó por apostar de nuevo por Gabilondo. Además de que había margen de maniobra, el candidato tenía buena imagen y era conocido. A fin de cuentas, serían sus terceras elecciones. Pero en Ferraz y La Moncloa también se pensó que si se apostaba por otro candidato corría el riesgo de quemarse si el resultado era decepcionante. Y esta fue la lógica que se impuso.

Con esos mimbres, la confianza ciega en sus proyecciones terminó de abocar al PSOE al desastre. Los sondeos no advirtieron del desapego que estaban causando los volantazos discursivos en la campaña. El primer gran error, coinciden todos los cuadros consultados del PSOE de Madrid, con independencia de sus filias y sus fobias, fue dirigirse al electorado de Ciudadanos. En Cataluña fue una de las claves del triunfo del PSC el 14-F. Pero con dos matices claves: una nutrida parte de los votantes de Cs lo habían sido antes de los socialistas catalanes. En esas elecciones el PSC se postuló como el referente principal del electorado constitucionalista frente al independentismo. El contexto de las elecciones madrileñas fue muy distinto. Izquierda o derecha. Los votantes de Cs se decantaron en masa por Ayuso.

El viraje hacia Pablo Iglesias a 12 días de las elecciones confundió aún más al electorado tradicional del PSOE. Gabilondo se había pasado la precampaña negándose a pactar con el exvicepresidente segundo del Gobierno en su intento de captar a los indecisos de Cs descontentos con la gestión de la presidenta de Madrid en la pandemia. Mes y medio después, tras aceptar que el voto de Cs era impenetrable, La Moncloa cambió de estrategia. El efecto fue la fuga de los pocos votos de centro y la desmovilización de los socialistas. Como jamás se había producido.

El Gobierno en la sombra nunca se presentó

La renovación en la lista electoral del PSOE, sobre todo en los puestos de salida, se explotó con la presentación, a lo largo de varios actos diarios, de cada una de las principales novedades de la candidatura. El recibidor de Ferraz se transformó casi en un plató. La intención era generar la máxima expectación, sobre todo en redes y televisión, y dar a conocer a un equipo rejuvenecido y seleccionado personalmente por Pedro Sánchez. Hana Jalloul (número dos de la lista), Juan Lobato (cuatro) e Irene Lozano (cinco) se sucedieron como las estrellas del día.

Los planes de La Moncloa eran dar a conocer también a los componentes del Ejecutivo que Ángel Gabilondo presidiría si Madrid, después de 26 años bajo el control del PP, volvía a tener un Gobierno progresista. Pero no se pasó de la presentación, el 16 de abril, de Reyes Maroto, la ministra de Industria, como la futura vicepresidenta económica de Madrid. La intención de los estrategas de la campaña era dar a conocer al día siguiente a quien sería el consejero de Sanidad. Y así sucesivamente. Si se hubiera hecho se habría abierto una crisis imprevisible con Más Madrid. La lógica era reservar la cartera de Sanidad para Mónica García. Al final, el Gobierno en la sombra nunca se presentó.

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