Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El extranjero

La vida de un español es verse perseguido por España esté donde esté

El expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont camina por una calle de Alghero, Cerdeña, el pasado sábado.
El expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont camina por una calle de Alghero, Cerdeña, el pasado sábado.Andrea Rosa (AP)

Todos los años se celebra en Cerdeña un encuentro de literatura internacional. En una minivan vamos desde el aeropuerto de Olbia hasta Alguer los escritores José Manuel Fajardo, Elvira Lindo, Karla Suárez, y Antonio Muñoz Molina. El festival tiene como centro social la librería Cyrano, regentada por Elia Cossu, y allí nos encontramos con la poeta Carmen Yáñez, viuda de Luis Sepúlveda, con el cineasta y novelista mexicano Guillermo Arriaga, y los traductores Bruno Arpaia, que acaba de traducir Los vencejos de Fernando Aramburu, y Mónica Bedana, que viene de hacer lo mismo con El infinito en un junco de Irene Vallejo. Nos sentamos en unas mesas de un bar. Y justo en ese momento estalla una pequeña manifestación de independentistas catalanes. Agitan banderas al viento. Parecen contentos y si se trata de celebrar la vida a mí me entran ganas de irme con ellos, pero no lo hago.

¿Son mis compatriotas? Para mí sí lo son, pero me da un poco de cosa ir a saludarlos. ¿Y si no me quieren, con lo sensible que yo soy? Veo en mi teléfono móvil que Carles Puigdemont ha sido detenido aquí, en Alghero. Algunos amigos sardos me preguntan por Puigdemont. De repente, enmudezco. Me quedo pensando en que la vida de un español es verse perseguido por España esté donde esté, tener que dar explicaciones siempre. No sé quién es este señor, me tienta decir a mis amigos sardos, pero si digo eso no puedo acercarme a los independentistas para darles un abrazo de compatriota. El independentismo sardo es minoritario, y desde luego no aspiran a unirse a Cataluña sino a irse de Italia.

Esto me lleva a pensar en el cine de Berlanga, en una posible película sarda que se titulara Bienvenido Míster Puigdemont . Me gustaría tanto acercarme a los independentistas y abrazarlos y preguntarles si se han probado los espaguetis con frutos del mar que preparan en un renombrado restaurante o si se han bañado en el mar de Cerdeña, pero no me atrevo. Unos escritores españoles vienen a hablar de sus novelas traducidas al italiano y aparece de repente el fantasma de don Ramón María del Valle Inclán, para recordarnos que la modernidad, la prosperidad y la fraternidad ibéricas son imposibles, como si nuestro sino fuese siempre el subdesarrollo y la furia. Vuelven a preguntarme mis amigos sardos que qué pasa en España, que qué hace Puigdemont en Cerdeña. No sé, imagino que tendrá una novia aquí, se me ocurre imaginar.

España es también una película de Buñuel todo el rato, con obispos en constante proceso de renovación. Se renuevan los obispos, y Buñuel permanece. Un lector mío italiano, que habla español, me pregunta otra vez por Puigdemont. Le digo que me perdone, que ese nombre no me suena mucho, que lamentablemente no he leído nada suyo, que debe de editar en alguna editorial independiente, que si ha sido traducido al italiano, que qué novela suya me recomienda. Se me queda mirando con extrañeza. El ejercicio de la fantasía como una forma de rigor ideológico es imposible. La fama de los políticos siempre es superior a la de los artistas. Vuelvo a la librería Cyrano de Alghero y otra vez veo manifestantes independentistas. Quisiera acercarme a ellos de nuevo, y decirles algo hermoso, pero qué les digo. Puedo decirles que se sienten con nosotros. Podría decirles que prueben a bañarse en el mar de Cerdeña. Mejor me callo, y sigo mi camino, como un extranjero melancólico entre compatriotas que se transformaron en extranjeros, en un proceso de expansión atómica del extranjero, hasta el infinito, como el universo.

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