SESIÓN DE CONTROL

El árbitro manda parar en San Jerónimo

La presidenta del Congreso advierte de que actuará con más severidad para frenar la “·degradación” de la vida parlamentaria

Meritxell Batet, durante la sesión de control al Gobierno del miércoles.
Meritxell Batet, durante la sesión de control al Gobierno del miércoles.Juan Carlos Hidalgo (EFE)

Meritxell Batet se guía por una divisa futbolística: el mejor árbitro es el que pasa inadvertido. Con ese afán ha intentado actuar en los casi dos años y medio que lleva como presidenta del Congreso. Hasta el pasado martes. Ese día, la tercera autoridad del Estado mandó parar el juego, cogió ella misma el balón y lo remató desde el punto de penalti. Fue un rapapolvo en toda regla, como hacía tiempo que no se escuchaba en la Carrera de San Jerónimo.

Se lo había estado pensando durante el fin de semana anterior, aún digiriendo el amago de desacato protagonizado por el grupo de Vox cuando se negó a obedecer la orden de expulsión de uno de sus miembros, que llamó “bruja” a una diputada socialista. El episodio pilló a la presidenta fuera del hemiciclo, la colocaba en una posición muy comprometida y venía a confirmar lo que ella misma lamenta como “degradación constante” de la vida parlamentaria. Batet, una mujer de origen humilde, que vivió un desahucio y se pagó los estudios con becas y sirviendo copas por la noche, no suele ofrecer grietas en su imagen seria y templada. Después de darle vueltas, regresó el lunes convencida y se puso a escribir su discurso. El martes abrió el pleno con un inusual mensaje a toda la Cámara, un auténtico basta ya de “insultos y ofensas”.

A la dirigente socialista catalana le ha tocado arbitrar un Parlamento tumultuoso en una época tumultuosa. Una Cámara en la que conviven el nacionalismo español más vociferante y el independentismo catalán más exaltado, donde la extrema derecha es la tercera fuerza y la izquierda abertzale dispone del altavoz de un grupo propio. Y en unos tiempos en que la política se ha contaminado de la brutalidad verbal de las redes sociales, una de las grandes preocupaciones de la presidenta. Los grupos usan las intervenciones de sus diputados para extraer breves clips con pegada en las redes. Nada mejor que las frases tabernarias o las performances como la de un parlamentario de Vox que días atrás se subió a la tribuna con un burka y una gorra de talibán.

Por ese campo de minas ha transitado Batet, en un permanente intento de que la situación no se le vaya de las manos. Sus llamadas al sosiego ya venían siendo insistentes. En público, como en el último Día de la Constitución, cuando alertó contra la concepción de la política como “un enfrentamiento constante e incondicional”. Y muchas más veces en privado, con los portavoces de los grupos o con los diputados individualmente.

Su alegato del martes acabó con un aviso: “No voy a ser neutral en la defensa del Parlamento, de la democracia y de las instituciones”. Así también se lo ha dicho en privado a los grupos, según fuentes parlamentarias: a partir de ahora, el árbitro será más severo para frenar el juego sucio. El mensaje es que no se van a tolerar actuaciones como la última del diputado de Vox José María Sánchez y su “bruja” a una diputada del PSOE o la que protagonizó en junio Maria Dantas, de ERC, que gritó “fascistas” a unas parlamentarias del partido de Santiago Abascal al pasar junto a sus escaños. El juego sucio que Batet se propone atajar no son solo los insultos, también las actividades subterráneas, como las de esos diputados del PP que, mientras intervienen los ministros en el banco azul, se dedican a chincharlos desde la fila de atrás.

El problema para Batet es que en un Parlamento donde son rutina diaria palabras como totalitario, franquista, cómplice de asesinos o golpista, resulta difícil discernir en qué consiste eso que el Reglamento define como “conceptos ofensivos al decoro de la Cámara”. Su discurso del martes fue aplaudido por todos los grupos y con más entusiasmo que nadie por los portavoces de Vox, Iván Espinosa de los Monteros y Macarena Olona. En público y en privado, Vox se presenta como la víctima y esgrime la frecuencia con que oradores de la izquierda llaman a los suyos “fascistas”. Mientras, ellos han convertido casi en un latiguillo tildar al Gobierno de “criminal”.

Uno de los recursos que tiene la presidenta es ordenar que se retiren del Diario de Sesiones lo que entienda como esos “conceptos ofensivos al decoro”. Hasta hace algunos años, efectivamente se borraban. Desde que las cámaras captan todo lo que ocurre en el hemiciclo, el Congreso cambió la costumbre y ahora la medida es más simbólica que real: el “concepto ofensivo al decoro” sigue figurando en el Diario de Sesiones aunque se escribe entre corchetes para indicar que fue desautorizado por la presidencia. Una fórmula que no contenta a todos. La diputada del PP Cayetana Álvarez de Toledo ha llegado hasta el Tribunal Constitucional para reclamar la retirada de los dos corchetes que acotan la expresión “hijo de terrorista” dirigida por ella al entonces vicepresidente Pablo Iglesias en mayo del año pasado.


Sobre la firma

Xosé Hermida

Es corresponsal parlamentario de EL PAÍS. Anteriormente ejerció como redactor jefe de España y delegado en Brasil y Galicia. Ha pasado también por las secciones de Deportes, Reportajes y El País Semanal. Sus primeros trabajos fueron en el diario El Correo Gallego y en la emisora Radio Galega.

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