ERC, el aliado infiel

Los republicanos apuntalaron al Gobierno en sus dos Presupuestos, pero le han fallado en las otras votaciones más relevantes: reforma laboral, estados de alarma y fondos europeos

Gabriel Rufián pasa junto al escaño de Yolanda Díaz, el pasado jueves durante el debate de la reforma laboral en el Congreso. Vídeo: ANDREA COMAS

Sin ERC, el Gobierno de coalición nunca hubiera sobrevivido. Y con ERC, el Gobierno de coalición se ha visto varias veces al borde del abismo. El apoyo de los republicanos catalanes ha sido indispensable en las dos votaciones que han permitido al Ejecutivo de Pedro Sánchez seguir con vida, las de los dos últimos Presupuestos del Estado. Pero en los otros hitos más relevantes de la legislatura, el Gobierno no ha contado con Esquerra a su lado. Ocurrió el pasado jueves con la reforma laboral, y antes con los fondos europeos o con los estados de alarma, tres asuntos cruciales en los que ERC dejó solo a Sánchez y le obligó a buscar acuerdos con Ciudadanos e incluso a estrechar relaciones con EH Bildu, un interlocutor al que los socialistas trataban de evitar.

Ningún observador de la actualidad política dudaría en situar a ERC en el campo de los aliados del Gobierno y a Ciudadanos en el terreno de la oposición. Resumido así, todo parece muy claro, si no fuera porque un vistazo a lo ocurrido en el Congreso en los dos años de legislatura muestra un panorama bastante más complejo. En las iniciativas legislativas debatidas en el Parlamento, el Gobierno de coalición ha obtenido el apoyo de su teórico aliado independentista tantas veces (59) como de su teórico opositor liberal. Sin Esquerra no habría Presupuestos y el Ejecutivo hubiese caído. Y sin Ciudadanos, Sánchez no hubiese logrado sacar adelante ni la reforma laboral ni algunas de las prórrogas del estado de alarma.

Fue Pablo Iglesias el primero que empezó a hablar de “bloque de investidura” y la expresión ha acabado asumida por todos, dejando de lado que el tal bloque ha sido desde el principio una amalgama resbaladiza. A estas alturas ya se ha olvidado que Sánchez fue investido el 7 de enero de 2020 sin mayoría absoluta, por solo dos votos de diferencia —167 a 165— y con ERC y EH Bildu que no pasaron más allá de la abstención. Un avance, en todo caso, sobre lo que ambos habían hecho un año antes, cuando, junto a la derecha, tumbaron los Presupuestos del Gobierno del PSOE salido de la moción de censura y forzaron la convocatoria de elecciones.

Todavía en sus primeros balbuceos, al recién formado Ejecutivo de coalición se le vino encima lo impensable, la pandemia. No solo era su primer gran desafío, era un desafío frente a lo que nadie había visto jamás. ERC no le fue de gran ayuda. Los republicanos no apoyaron ninguna de las cinco primeras prórrogas del estado de alarma, casi siempre con el argumento de que se arrebataban competencias a la Generalitat. Esquerra y el resto de independentistas fueron los únicos que no respaldaron la primera de esas prórrogas, frente a la actitud de todas las demás formaciones políticas, incluida Vox, que también votó a favor del acuerdo, aunque luego lo impugnaría —con éxito— por inconstitucional.

El Gobierno capeó las sucesivas votaciones porque el PP seguía apoyando a regañadientes y ERC no pasaba de la abstención. Hasta mayo, cuando se tenía que votar la cuarta prórroga y los populares retiraron su respaldo mientras los republicanos se pasaban al no. El Ejecutivo se vio con el agua al cuello, al punto de que rompió el tabú de EH Bildu para arrancar su abstención con un pacto —luego rectificado— que fue piedra de escándalo y que los abertzales han evocado estos días para lanzar como un reproche: PSOE y Unidas Podemos firmaron con ellos un documento que los comprometía a la “derogación íntegra” de la reforma laboral del PP.

Durante esas semanas, el apoyo de Ciudadanos, junto al del PNV, el socio mayor más fiable hasta la votación del pasado jueves, dio sustento al Gobierno. Llegado septiembre, los socialistas se planteaban incluso pactar los Presupuestos con el partido de Inés Arrimadas. En ese momento, ERC entró de verdad en el “bloque de investidura”. Primero apoyó el último estado de alarma y finalmente dio un seguro de vida al Gobierno respaldando sus cuentas al final de año.

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Solo un mes después, el Ejecutivo volvió a sufrir un sofocón en el Parlamento. Y no precisamente por una cuestión menor. El decreto que establecía el sistema de gestión del multimillonario fondo europeo estuvo en peligro de ser derrotado hasta minutos antes de la votación. ERC se situó en el no y esta vez también Ciudadanos. El Gobierno se salvó con una carambola inverosímil, la abstención de Vox y el apoyo de EH Bildu, que, fuera ya de las precauciones anteriores, se había convertido en uno de los interlocutores más frecuentados por los socialistas.

La relación se recompuso en los meses siguientes, sobre todo con los indultos a los líderes del procés y la creación de la mesa de diálogo con Cataluña. La negociación de los nuevos Presupuestos tuvo sus fases espinosas, pero ratificó la idea ya instalada del “bloque de investidura”. La reforma laboral ha vuelto a resquebrajarlo. Las heridas esta vez no afectan tanto a la relación de Esquerra con los socialistas, sino con Unidas Podemos y singularmente con Yolanda Díaz, su máxima representante en el Gobierno. Díaz y Gabriel Rufián han pasado de hacerse selfis juntos a casi ni cruzarse la mirada durante el tormentoso debate parlamentario del pasado jueves. El portavoz de ERC intentó tranquilizar diciendo que, pese a su rechazo a la reforma, “no se acaba el mundo”. Solo que ese mundo se ha parecido a menudo a una montaña rusa.

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Sobre la firma

Xosé Hermida

Es corresponsal parlamentario de EL PAÍS. Anteriormente ejerció como redactor jefe de España y delegado en Brasil y Galicia. Ha pasado también por las secciones de Deportes, Reportajes y El País Semanal. Sus primeros trabajos fueron en el diario El Correo Gallego y en la emisora Radio Galega.

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