La vida errante de K. D. antes de morir esposado en un centro de menores de Valladolid

La autopsia revela que el menor, que falleció el pasado jueves, tenía 17 años y no 14 como se creía, y que pudo ser a causa de una patología cardiaca

Un cámara en las inmediaciones del Centro Regional Zambrana para Menores Infractores de Valladolid el 4 de marzo.
Un cámara en las inmediaciones del Centro Regional Zambrana para Menores Infractores de Valladolid el 4 de marzo.Photogenic/Claudia Alba (Europa Press)

K. D., el adolescente que murió el pasado jueves tras ser esposado y reducido por los vigilantes en el centro de internamiento de menores Zambrana de Valladolid, sufría problemas cardiacos y era tres años mayor de lo que había declarado. Así se desprende de la autopsia, que ha revelado que el joven tenía 17 años y no los 14 que supuestamente había hecho constar cuando llegó a España el 29 de noviembre. K. D. se encontraba en este centro, dependiente de la Junta de Castilla y León, por sus frecuentes brotes violentos, según fuentes de la Fiscalía, el último de los cuales trataban de atajar los guardias cuando le sobrevino la muerte.

Al joven, de origen tunecino, lo tutelaba la Junta de Castilla y León tras llegar a España el 29 de noviembre. Lo hizo solo, en tren, desde Suiza. En ese país había sido operado de un problema gástrico, aunque fuentes conocedoras de su historial precisan que se escapó del hospital un día antes de recibir el alta. Nadie sabe bien cómo llegó a Valladolid, pero sí que tenía un conocido en un centro de menores en Zamora. Los policías que lo localizaron vagando abrieron un procedimiento que terminó con la Junta haciéndose cargo del chico, que decía tener 14 años. Primero ingresó en un centro de asistencia en esta ciudad, pero su comportamiento violento provocó su traslado a otro de la misma provincia. Allí, persistió en su actitud y fue conducido al Zambrana de Valladolid, conocido por su severidad.

Los monitores y la administración del centro pronto descubrieron su carácter violento, según la Fiscalía. El joven no hablaba castellano, tal y como confirman fuentes de un caso, que está siendo investigado por un juzgado y por el Defensor del Pueblo. El protocolo marca que los monitores, si se ven desbordados, pueden avisar para que los vigilantes intervengan de forma “física”, mediante su fuerza propia, o “mecánica”, con esposas, si no logran aplacar al menor. K. D. ya había protagonizado trifulcas, según revelan los partes que se abren cuando alguien se pone tan violento que deben aparecer los guardias, y el jueves sufrió otro arrebato. “Ya llevaba mal todo el día”, detallan voces conocedoras de lo ocurrido, hasta que estalló a la hora de cenar. El norteafricano arrojó la bandeja con la comida, se puso muy agresivo y comenzó el conflicto.

Los adultos avisaron a dos guardias, que se desplazaron poco antes de las 10 de la noche a esos chalets donde residen los menores en tratamiento de “socialización”, separados de quienes siguen un régimen de “reforma”, más estricto, para quien ha cometido delitos. Esas casas no cuentan con cámaras que registraran la acción de los guardias, si bien el informe remitido sobre estos hechos “no llama la atención ni es extraño”, según confirman fuentes cercanas a la investigación. La labor judicial deberá determinar si alguien se excedió en esa sala común donde ocurrió esta retención. Los operarios redujeron físicamente a K. D. durante cuatro minutos, pero al seguir rebelándose lo esposaron durante 12. Las normas señalan que esta clase de intervenciones deben ser “proporcionales” y aplicarse solo en episodios críticos. El chaval parecía más tranquilo pero cuando lo soltaron volvió a excederse, de modo que los vigilantes volvieron a someterlo físicamente pero solo durante un par de minutos: el chico ya no respondía.

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Los esfuerzos de los sanitarios por reanimarlo fracasaron y el Zambrana se enfrenta a una muerte que ha excitado a los demás internos, según voces cercanas al centro, porque se corrobora su teoría de que están “en una cárcel” y “sometidos”. “Este chico se inventaba patologías y no se dejaba tratar cuando lo hospitalizaban”, explican quienes coincidieron con él, que destacan su comportamiento violento. Según fuentes conocedoras de la autopsia, esta ha constatado que el tamaño del corazón del chico es mayor de lo normal, algo que puede implicar disfunciones cardíacas en momentos de alteración como una trifulca. Ello abona la tesis de la Consejería de Familia, que ha defendido la labor de los guardias, aunque voces internas critican que a veces se propasan. Sobre sus 17 años y no los 14 que dijo tener, las fuentes reconocen que físicamente K. D. aparentaba la edad que determina el examen forense, pero su caso no requería someterle a pruebas específicas de edad.

El recorrido vital del fallecido, añaden, encaja más con los 17 que los 14 porque el chico relataba que salió de Túnez a los 11 años rumbo a Sicilia (Italia), donde residía su padre. Desde allí, contaba él, viajó por Holanda o Alemania antes de acabar en el hospital suizo desde donde partió hacia España. La Junta, mediante el consulado tunecino, ha contactado con la madre, con quien el menor apenas tenía vínculo, para saber si quiere llevar el cuerpo a su país o que se entierre en Valladolid, siempre por el rito musulmán de darle sepultura sin ataúd y mirando a la Meca. Aún no se sabe qué será del cuerpo de K. D. hasta que la investigación revele qué acabó con su vida en un centro de menores.

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Sobre la firma

Juan Navarro

Colaborador de EL PAÍS en Castilla y León, Asturias y Cantabria desde 2019. Aprendió en esRadio, La Moncloa, en comunicación corporativa, buscándose la vida y pisando calle. Graduado en Periodismo en la Universidad de Valladolid, máster en Periodismo Multimedia de la Universidad Complutense de Madrid y Máster de Periodismo EL PAÍS.

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