Sin pastos ni piscina en Casas de Miravete: el pueblo abrasado en Monfragüe resurge entre cenizas

Más de un centenar de vecinos del pueblo cacereño, evacuados por el incendio que ha quemado 3.000 hectáreas, regresan a sus tierras calcinadas

Los vecinos de Casas de Miravete, Gemma Suárez y su marido Juan, en el huerto de su finca, que se ha quemado durante el incendio de Monfragüe, en Cáceres. Foto: DAVID EXPÓSITO | Vídeo: EPV

“Tristes y desolados”. Así se sienten los 150 vecinos de la localidad cacereña de Casas de Miravete, en la reserva de Monfragüe (Cáceres), después de que el fuego haya abrasado más de 3.200 hectáreas de sus tierras. Cuesta recomponerse de la catástrofe, pero no se rinden. “No nos queda otra”, comenta resignado Samuel Mayoral, de 38 años, quien, con agilidad, sirve cervezas frías a los vecinos que visitan el martes lo que ellos llaman “el pulmón del pueblo”: el bar de la piscina municipal, desde donde los helicópteros recogían hace unos días el agua para intentar sofocar las llamas del incendio. Tras cuatro días alojados en el polideportivo de Almaraz, volvían a su hogar. Han pasado 24 horas. Y ya se han puesto manos a la obra para intentar recuperarse de la desgracia, de la que aún quedan las cenizas.

Con un paño amarillo, que antes moja en un cubo con agua, María Teresa Ibarra, de 53 años, levanta los vasos de los comensales dispuestos en la mesa para quitar el polvo negro. “¡Mira, mira! Y eso que lo he limpiado esta mañana”, refunfuña la empleada. Ibarra se mueve de aquí para allá dentro de la cocina. Las bandejas de pinchos que preparó hace una semana se han echado a perder. Mientras pela las patatas para hacer una ensaladilla, señala las zanahorias podridas que también tendrá que tirar a la basura. A la madrileña, afincada aquí desde que era niña, se le pone la piel de gallina al recordar el momento en el que el monte empezó a arder: “Me fui con lo puesto. Sentía muchas ganas de llorar e impotencia por ver toda mi vida destruida”. Aunque ya ha vuelto a acostarse en su cama, la noche se ha hecho eterna. “Voy grogui”, comenta nerviosa, después de haber tardado más de una hora en limpiar las paredes cubiertas de ceniza en su patio a manguerazos, sin apenas haber dormido.

María Teresa Ibarra, vecina de Casas de Miravete (Cáceres), trabajaba el martes en la cocina de la piscina del pueblo.
María Teresa Ibarra, vecina de Casas de Miravete (Cáceres), trabajaba el martes en la cocina de la piscina del pueblo. DAVID EXPÓSITO

Con la misma excitación aparece Gemma Suárez, de 45 años, que no tarda en gritar a los cuatro vientos su desdicha: “¡Todo carbonizado!”. La vecina volvió este lunes a su casa y se encontró con un huerto devastado por las llamas. No hay rastro de los tomates ni de las lechugas. Tampoco de los perales y los olivos que plantó su abuelo. Le queda mucho trabajo por delante. “Ahora a limpiar y a reponer. Al menos la yegua se ha salvado”, dice con pesadumbre. Otra preocupación rondaba por su cabeza cuando estaba en el pabellón junto a los demás evacuados. Había dejado a sus dos perras en casa: “Me daba miedo que se me quemaran, pero no podía hacer nada desde ahí”.

La entrada al pueblo ha permanecido hermética durante cuatro días. La Guardia Civil les advirtió de que, si alguien se quedaba dentro, la multa sería de 30.000 euros. Antiguamente, las cosas se hacían de otra manera. José Naharro, de 52 años, lo explica con nostalgia: “La gente del pueblo somos los que conocemos bien las rutas de estos montes. Antes sonaban las campanas y si no salías a apagar el fuego te denunciaban”. Tras echarse un cigarrillo, se levanta de la silla. No hay tiempo que perder. El vecino, preparado para soportar el calor con una gorra y un chaleco manchado de tierra, se monta en una máquina cargadora para trasladar los sombrajos de paja que han destrozado las hélices de los helicópteros durante las labores de extinción.

Francisco García y José Naharro, vecinos de Miravete, trabajaban el martes en la reapertura de la piscina del pueblo tras el incendio en Monfragüe, en Cáceres.
Francisco García y José Naharro, vecinos de Miravete, trabajaban el martes en la reapertura de la piscina del pueblo tras el incendio en Monfragüe, en Cáceres. DAVID EXPÓSITO
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“Estamos a destajo. No nos metas prisa”, le dice a su compañero. Francisco García, de 52 años, le pide ayuda para descargar un congelador de una furgoneta que viene de la sede central de los equipos de extinción. García lamenta que el fuego haya devastado el legado familiar. “Esas tierras las podrían haber heredado mis hijos”, se queja mientras intenta contener las lágrimas.

La dehesa boyal de propiedad municipal, donde el vecindario del pueblo alimentaba al ganado, ha quedado totalmente calcinada. La ceniza entre las uñas de las manos del teniente alcalde, José Antonio Solís, demuestra que no dan abasto: “Nos hemos quedado sin pasto. Las fincas con explotaciones ganaderas tardarán mucho tiempo en poder recuperar la actividad”.

A pesar de que el incendio en Monfragüe está controlado, las brigadas de bomberos forestales del Infoex (Servicio de Prevención y Extinción de Incendios Forestales de Extremadura) siguen vigilando posibles reproducciones, por la gran extensión del área afectada. Uno de los retenes se acerca a la barra de la terraza en su tiempo de descanso. Ataviado con el uniforme, José María Díaz (51 años, Serradilla) explica que “lo peor ya ha pasado”. Y añade: “Hemos vivido momentos de mucho agobio y presión”.

—¿Desde cuándo estáis aquí?

Díaz se pone la mano en la barbilla y cruza las piernas. Tiene que pensar la respuesta. La falta de horas de sueño y el duro trabajo de estos días le están pasando factura. Ha perdido la noción del tiempo. “Chicos, ¿qué día llegamos?”, pregunta a sus compañeros, con los que ahora vigila el perímetro y apaga troncas encendidas. “Ah, sí, el viernes... Fue la noche de terror. Pero, bueno, ahora estamos más tranquilos”, comenta mientras sorbe un trago de café con hielo.

Aunque los vecinos ya han vuelto a sus hogares, no se les quita el susto del cuerpo. Por las calles estrechas y empinadas del municipio, no se habla de otra cosa. Sus móviles no paran de sonar. Al otro lado de la línea, familiares y amigos llaman a los residentes para saber cómo están y cómo se han encontrado el pueblo. Rebeca Calle, natural de Casas de Miravete, comenta intranquila: “Me he levantado mil veces esta noche agobiada por si aún había llamas”. La vecina, de 36 años, explica su desazón: “Aquí vivimos del ganado, dime tú, ahora, ¿qué hacemos?”.

De momento, los niños y jóvenes se acercan a la piscina municipal a probar suerte. Intentan averiguar cuándo volverá el pueblo a cobrar vida. Se mueren de ganas de darse un chapuzón y tomarse un helado entre la fronda, ahora calcinada por las llamas, que envuelve el único refugio de agua que tienen los vecinos para soportar el calor.

—¿Ya está abierta?

—No. Tienen que venir a limpiar la ceniza que hay en el fondo.

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