SESIÓN DE CONTROL

Cuando Twitter suplanta al Parlamento: Irene Montero y la pederastia

Ningún grupo en el Congreso apreció nada reprobable en unas palabras de la ministra de Igualdad hasta que las redes sociales prendieron el escándalo

Irene Montero y Carmen Calvo, el miércoles en la Comisión de Igualdad del Congreso.
Irene Montero y Carmen Calvo, el miércoles en la Comisión de Igualdad del Congreso.Javier Lizón (EFE)

Iván Espinosa de los Monteros se presentó la mañana del jueves ante la prensa en el patio del Congreso con su tono más solemne para denunciar: “Esto es lo más grave que se ha dicho en este Parlamento al menos desde que yo soy diputado”. Al portavoz de Vox lo sucedió en el micrófono minutos después Edmundo Bal, de Ciudadanos, y exigió lo mismo que el anterior: la dimisión inmediata de la ministra de Igualdad, Irene Montero, por supuestamente haber defendido la pederastia.

La ministra había hablado la víspera en la propia Cámara, en la Comisión de Igualdad, sin que nadie apreciase en esas palabras la gravedad que ahora sí encontraban Espinosa y Bal. Ninguno de los presentes en la comisión, ni siquiera las diputadas de Vox y Ciudadanos que pudieron dar la réplica a Montero, dejó traslucir que hubiese entendido aquello como una apología de la pedofilia. Hasta que alguien lo interpretó así en las redes sociales. Y la cosa creció tanto que ambos partidos se encaramaron a la ola de Twitter y en unas horas pasaron del silencio al escándalo.

¿Qué había dicho exactamente la ministra de Igualdad? Montero estaba enfrascada en un tenso debate con la diputada de Vox Lourdes Méndez Monasterio a propósito del aborto y la educación sexual. Méndez le había reprochado, entre otras muchas cosas, que “trate mejor a los animales que a las mujeres”. Montero replicó llamándola “hipócrita” y acusándola de “jugar con las vidas de las mujeres”. Tras defender el derecho a abortar a partir de los 16 años sin permiso paterno, la también dirigente de Podemos se entregó con vehemencia a proclamar la necesidad de la educación sexual en la infancia. Lo explicó así: “La educación sexual es un derecho de los niños y de las niñas independientemente de quienes sean sus familias. Porque todos los niños, las niñas, les niñes de este país tienen derecho a conocer su propio cuerpo, a saber que ningún adulto puede tocar su cuerpo si ellos no quieren y que eso es una forma de violencia. Tienen derecho a conocer que pueden amar y tener relaciones sexuales con quien les dé la gana, basadas, eso sí, en el consentimiento. Y esos son derechos que tienen reconocidos”.

Siete portavoces intervinieron para replicar a Montero y ninguno dio importancia a esa declaración. La representante de Vox respondió con otro encendido alegato contra el aborto, que intentó proseguir incluso cuando la presidenta de la comisión, la socialista Carmen Calvo, le apagó el micrófono por haber rebasado su tiempo. Sara Giménez, de Ciudadanos, consumió su minuto de réplica en argumentar que no se debe prohibir la prostitución ejercida sin coacciones, y María Auxiliadora Pérez, del PP, se dedicó a leer titulares de prensa que, entre otras cosas, acusaban a Montero de disfrutar de una “sede de lujo” en el ministerio. De la pederastia, ni rastro.

La comisión concluyó sin que tampoco ninguna crónica de prensa subrayase esas palabras. No había pasado ni una hora cuando, a las 20.53, una cuenta de Twitter a nombre de Marta de Pedro reproducía el fragmento de la intervención de la ministra con este comentario: “No, Sra. Montero, los niños no pueden consentir tener relaciones sexuales con un adulto, eso no es un derecho, es pederastia y está penado, y por supuesto que no nos gusta”. El fuego no tardó en propagarse. Ese tuit suma hasta hoy más de 18.000 “me gusta” y la friolera de 3,6 millones de visualizaciones del vídeo.

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La diputada de Vox Carla Toscano había sido testigo directo de las palabras de Montero. Sentada en la comisión al lado de Méndez Monasterio, tampoco ella dejó escapar muestra visible de indignación ante lo que acababa de oír. Pero Twitter bullía y, esa misma noche, a las 22.22 horas, Toscano ya lo tenía clarísimo: “Esto es corrupción de menores y apología de la pederastia. Y punto”.

A la mañana siguiente, el asunto chisporroteaba en algunos medios digitales. Y a las 11.30, en medio del pleno del Congreso, Espinosa convocaba a la prensa para conferir caracteres de gravedad histórica a esas palabras pronunciadas en sede parlamentaria y que no habían provocado la menor reacción en sus compañeros presentes (en la comisión estaban otros dos diputados de Vox, Juan Luis Steegmann y Rodrigo Jiménez). Una hora después, el portavoz de Ciudadanos contaba cómo le habían llegado las declaraciones de la ministra: “Cuando me lo mandaron al WhatsApp, pensé que era un chiste, no me lo podía creer”. Tras escuchar ese fragmento sonoro, Bal reclamaba a Montero que dimitiese, exigencia a la que se unió poco después la líder de su partido, Inés Arrimadas, al igual que el de Vox, Santiago Abascal (a través de Twitter, faltaría más).

La ministra fue abordada en los pasillos del Congreso. “Me da vergüenza esta campaña de la ultraderecha”, se quejó. Montero declaró que lo que está defendiendo es “el derecho de los niños a una educación sexual integral” que les proporcione “herramientas para poder en el futuro vivir su sexualidad y sus relaciones afectivas”. Pero el incendio ya era imparable. De las redes había saltado también a las tertulias televisivas y hasta acabó inspirando algún editorial de prensa y una pequeña manifestación ante la sede del ministerio de la plataforma ultracatólica Hazte Oír.

El PP, en cambio, se mantuvo al margen del alboroto. Su líder, Alberto Núñez Feijóo, pidió hace meses a los suyos que no hagan política a “golpe de Twitter”, ese espacio que algunos días parece haber suplantado al Parlamento.

Con información de Manuel Viejo

Sobre la firma

Xosé Hermida

Es corresponsal parlamentario de EL PAÍS. Anteriormente ejerció como redactor jefe de España y delegado en Brasil y Galicia. Ha pasado también por las secciones de Deportes, Reportajes y El País Semanal. Sus primeros trabajos fueron en el diario El Correo Gallego y en la emisora Radio Galega.

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