La nueva vida de cuatro jóvenes migrantes extutelados: “Nunca ha parado de trabajar, pero ahora paga impuestos”

Unos 16.000 menores extranjeros han conseguido papeles para vivir y trabajar en España un año después de la reforma del reglamento de extranjería

Michel Bustillo, delegado de la ONG Voluntarios Por Otro Mundo, con los jóvenes migrantes en el parque de Los Lagos, en Jerez de la Frontera (Cádiz).
Michel Bustillo, delegado de la ONG Voluntarios Por Otro Mundo, con los jóvenes migrantes en el parque de Los Lagos, en Jerez de la Frontera (Cádiz).Juan Carlos Toro

Abdetawad Afilal todavía se pone triste cada vez que ve a una familia pasear por la calle. Sus padres y sus ocho hermanos siguen en Tánger, de donde él huyó hace siete años escondido en la sala de máquinas de un ferry. El hombre marroquí, de 24 años, vivió seis en Madrid, sin documentación, durmiendo en la calle y con trabajos ocasionales que solo podía cobrar en negro. Hace un año, la reforma de la ley de extranjería abrió un resquicio para que jóvenes inmigrantes como él, a los que hasta entonces se exigía un sinfín de requisitos para legalizar su situación, pudieran acceder a la residencia y por tanto a un trabajo. Ahora Abdetawad sirve con soltura la comida y el café en un prestigioso restaurante de Madrid.

Hasta que se aprobó esa reforma en octubre de 2021, a los menores extranjeros y jóvenes extutelados se les demandaban más de 2.000 euros de ingresos propios y otros muchos requisitos para renovarles los permisos de residencia y trabajo. El Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones reformó la ley para rebajar esas condiciones. Se redujeron las exigencias económicas, se facilitó que a partir de los 16 años estos jóvenes pudieran trabajar como cualquier adolescente español y se aceleró el plazo de tramitación de los papeles. Mientras, crecía el discurso de odio contra ellos en un sector de la política y de la calle. Un año después de la entrada en vigor de dicha reforma, alrededor de 16.000 chavales que parecían destinados a ser invisibles han conseguido los permisos de residencia. En junio del año pasado, cerca del 50% estaba trabajando, y la tendencia sigue al alza. Estas son las historias de cuatro de ellos.

De dormir en un callejón a soñar con ser metre

Abdetawad, camarero en el restaurante DSPEAK, en Madrid.
Abdetawad, camarero en el restaurante DSPEAK, en Madrid. Samuel Sánchez

Abdetawad Afilal llegó con 17 años a Tarifa, donde le recibió la policía. Cuenta que le condujeron a un centro de menores del que escapó asustado. Sin papeles no podía apuntarse a ningún curso de formación. Ser mayor de edad y no haber estado a cargo de una institución de protección suponía estar destinado a la irregularidad. “Hay timadores en la calle que ofrecen documentación falsa por cerca de dos mil euros”, dice. Pagó, pero los papeles nunca llegaron. Vivió en callejones, en casas abandonadas y en una okupada. Allí solo pernoctaba, porque no le gustaban ni el ruido ni la fiesta, y porque debía trabajar horas de más montando unas ferias que nunca disfrutó.

Su suerte cambió hace un año y tres meses, cuando un colega le habló de la Fundación Raíces, en la que encontró cobijo, formación y una manera de cumplir los nuevos requisitos. Consiguió los papeles tres días antes de la fecha límite, su 24º cumpleaños. Con ellos ya puede trabajar. Recibió clases en una antigua nave industrial que ahora hace de restaurante, el Ovillo, que colabora desde hace año y medio con la Escuela Cocina Conciencia, parte de la Fundación. Entre plantas que trepan hacia las claraboyas del techo, espejos antiguos y mesas que presumen del blanco del mantel, Afilal aprendió a servir. Ahora se ha mudado a uno distinto, el Dspeak de Diego Guerrero. Cobra 1.200 euros y ha alquilado una habitación “decente” por poco más de 200. Por primera vez no duda cuando se le pregunta sobre su futuro:

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— ¿Cuál es tu plan?

— Quiero ser el mejor metre de la capital.

Una barra de pan para un viaje de dos días

En el parque de Los Lagos de Jerez de la Frontera, unos 20 jóvenes hacen un corro alrededor de Michel Bustillo, delegado de la ONG Voluntarios Por Otro Mundo. Todos son marroquíes, han cumplido la mayoría de edad hace poco y vienen de centros de menores de Ceuta y Melilla. Allí escucharon por primera vez el nombre de Michel, y se enteraron de que los podía ayudar a conseguir o renovar sus papeles y a buscar trabajo. Algunos llevan ya más de un año en la ciudad gaditana, otros acaban de llegar. Trabajan o estudian, y viven en los pisos de la ONG hasta que consiguen independizarse.

Todos cuentan que han sufrido situaciones de discriminación. En una ocasión, varios intentaron abrir una cuenta en un banco y los echaron sin darles motivo. Otro día, en un supermercado, una señora alertó a Bustillo de que unos “moros” lo estaban siguiendo. “Vienen conmigo, si quieres te los presento”, contestó él. Los que han trabajado en el campo relatan que han recibido insultos y malos tratos por parte de sus superiores. A pesar de todo, sus miradas transmiten ilusión porque desde que llegaron a España “ven futuro”.

Uno de los chicos es Mohamed Rafik. Llegó en 2019 desde Nador, con 17 años. Estuvo internado en el centro de menores la Purísima, en Melilla. Cuenta que dormía en la misma estancia con otros 83 niños, y que, en total, eran unos 700. Ahora vive, con seis compañeros, en uno de los pisos de la asociación. Una de las condiciones para vivir allí es cumplir con las tareas del hogar, y se nota: todo está limpio y ordenado. Una gran estantería preside el salón y allí ponen los chicos sus pertenencias: desde unas pesas hasta la novela El niño del pijama de rayas.

Mohamed Rafik trabaja como mecánico en un taller de Jerez de la Frontera (Cádiz).
Mohamed Rafik trabaja como mecánico en un taller de Jerez de la Frontera (Cádiz).JUAN CARLOS TORO

Cuando cumplió la mayoría de edad, Rafik abandonó el centro sin tener papeles, lo que dificultó su búsqueda de trabajo y vivienda. Se hospedó durante un año en un albergue municipal y trabajó en un taller de neumáticos donde cobraba en negro menos de 300 euros al mes. Al final decidió marcharse de Melilla rumbo a la Península. Logró esconderse en el interior de un camión, entre unos sacos de ropa de segunda mano, junto con su amigo Abdil. “Solo teníamos una botella de agua y una barra de pan para los dos”, recuerda. Desembarcaron en el puerto de Almería después de dos días y medio de viaje.

Estuvo trabajando un tiempo en los campos recogiendo calabacín. No guarda buenos recuerdos de aquella época: “Tenía que hacer el trabajo de dos personas”. El 18 de enero le dieron por fin la documentación de residencia y trabajo. “El cambio de reglamento le ha facilitado la legalidad. Él nunca ha parado de trabajar desde que salió del centro, pero ahora lo hace de forma legal, cotizando y pagando impuestos”, subraya Bustillo. El joven, que ahora tiene 20 años, trabaja como mecánico en Talleres Racero. “Tenía que pasar dos meses de prueba, pero me contrataron al tercer día”, explica orgulloso.

Ahorrar para volver a ver a la familia

Tarik El Fahssi llegó a España hace ocho años, pero por el acento parece que ha vivido en Andalucía toda su vida. Al igual que Rafik, viene de Nador y también estuvo en la Purísima y trabajó en el campo. Cumplió los 18 años dos meses después del cambio del reglamento. “Ahora le toca renovar sus papeles, y lo hará por dos años con contrato de trabajo y residencia”, celebra Bustillo. Antes solo se podía renovar por uno. El Fahssi afirma estar muy feliz en el bar Lalomanu, donde trabaja de camarero. “Iré a visitar a mi familia cuando tenga algo de dinerito. Hace cuatro años que no veo a mis padres”.

Tarik trabaja en el bar Lalomanu, en Jerez de la Frontera (Cádiz).
Tarik trabaja en el bar Lalomanu, en Jerez de la Frontera (Cádiz).Juan Carlos Toro

Según los datos de afiliación a la Seguridad Social de junio, 2.000 de estos jóvenes se han empleado en la hostelería. Le sigue el campo y el mar, donde son 969. En actividades administrativas hay 776. El número de autorizaciones de trabajo crece desde hace un año. En junio de 2022, ocho meses después de la aprobación de la reforma, eran 12.083 menores y extutelados con autorización de residencia, frente a los 8.023 de junio del año anterior. La afiliación también aumenta. En junio de 2021 eran 2.217. En el verano de este año, 6.206.

Un año yendo a clases sin saber español

Mohammed Benamrane llegó a España para cumplir un sueño: trabajar entre motores. “Y ahora soy mecánico”, dice orgulloso. Las trabas burocráticas le frustraron durante mucho tiempo, pero una semana después de que la reforma entrara en vigor el joven marroquí ya tenía trabajo en un taller. Corrió a la oficina de extranjería para renovar su autorización en cuanto supo que las nuevas condiciones le permitían hacerlo. “Creo que fui el primero en Valladolid”, ríe.

Benamrane sonríe con complicidad cada vez que su antiguo compañero de piso y educador, Alfonso de Nicolás, le ayuda a expresarse.

— No lo puedo olvidar, si no fuese por él yo ahora mismo no estaría aquí.

— ¡Oye, que me voy a emocionar!

De Nicolás, el educador social que le ha acompañado durante los últimos años en los pisos de acogida para extutelados de la Fundación Adsis en Valladolid, sostiene que “no tenía sentido mantener a estos chavales y no dejarles trabajar, porque además aportan a la sociedad”. El joven, que ahora tiene 23 años, iba al mismo tiempo al instituto y aprendía español. Luego se sacó el grado de formación profesional. Lo hizo dos veces: el primer año no entendía español pero fue a todas las clases “aunque fuera solo a mirar”. El segundo año lo consiguió.

Muchos de estos jóvenes han tenido un pasado difícil y ningún apoyo familiar. El educador explica que cada caso es diferente, pero que “la baja autoestima, el poco nivel educativo y la escasa tolerancia a la frustración” son habituales. De Nicolás cuenta, mientras Benamrane se escurre vergonzoso por la silla, que el chico nunca ha querido desechar comida. “Siempre guardaba en su habitación una bolsa con pan seco que nadie había querido comer y que él no quería tirar. Luego paseaba hasta un estanque que hay cerca y se lo daba de comer a los patos”, rememora. “Lo sigo haciendo”, confiesa él, riendo.

Michel Bustillo con los jóvenes migrantes en el parque de Los Lagos, en Jerez de la Frontera, Cádiz
Michel Bustillo con los jóvenes migrantes en el parque de Los Lagos, en Jerez de la Frontera, CádizJuan Carlos Toro

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