Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Menores ante el confinamiento

No se trata de construir altares alrededor de nuestros hijas e hijos, pero sí tener presentes sus necesidades, sobre todo, afectivas. Si estos días los ven por la calle, no les increpen: ellos no tienen la culpa

Un menor se conecta con sus compañeros de su clase.
Un menor se conecta con sus compañeros de su clase.Carles Ribas

La pandemia nos trata de forma igual a todos, en cierta manera nos homogeneiza. Sin embargo, cada cual la vive, la sufre, de forma diferente: sea por motivos personales, familiares, laborales, sociales, económicos o tantos otros. A todos nos trata igual, pero todos somos diferentes ante ella. En esta diferencia no es lo mismo ser adulto que ser menor, estar a cargo de menores, que ser un menor que necesita de nuestros cuidados.

También nuestros niños y nuestras niñas padecen la pandemia y el confinamiento de formas diversas. Tenemos menores recién nacidos, niños y niñas enfermos, en terapia, con grandes capacidades, que conviven con la violencia cotidiana, y tantas otras circunstancias. Estos días hemos visto como diferentes gobiernos autonómicos y locales ofrecían soluciones (algunas un tanto sorprendentes) para suplir las becas comedor de las que son titulares aquellos menores pertenecientes a familias en situaciones precarias. Para algunos de esos escolares y sus familias, percibir esa beca es la forma de asegurarse una comida en condiciones al día.

Los menores extranjeros no acompañados son otro colectivo que ve agravada su situación precaria estos días. Un colectivo ya de por si estigmatizado, al que se achacan todo tipo de conductas antisociales (muchas sin fundamento). Pero son niños y niñas, como los nuestros, faltos de personas que les guíen, que les cobijen y les den afecto. Diversas organizaciones, como Fundación Raíces en Madrid o Noves Vies en Barcelona, intentan suplir algunas de las necesidades básicas de esos menores, poniendo todo su empeño, más allá de lo estrictamente profesional. Estos días, nos relatan, están desbordadas, en una situación de auténtica emergencia social.

Los más afortunados viven una vida más o menos ajustada a los estándares convencionales: niños y niñas con progenitores (en el sentido amplio de aquellas personas que ejercen su tutela cotidiana) que les cuidan. Los menores en acogida, durante el confinamiento, no podrán ver a sus padres y madres biológicos, pero seguirán al resguardo de sus padres de acogida.

Muchas madres y muchos padres estamos teletrabajando durante el confinamiento, y podemos acompañar a los menores con los que convivimos en casa, pero tantos otros tienen que seguir trabajando fuera de hogar, para seguir prestando servicios necesarios, con el miedo constante a infectarse y llevarse el virus a casa. Así, quedarse en casa no es solo un acto de responsabilidad social, también un privilegio. Ahora, no nos engañemos, hacer compatible el teletrabajo con la convivencia con menores, más o menos pequeños, y adolescentes no es una tarea nada fácil. Unos y otros están acostumbrados a pasar muchas horas de su día a día fuera de casa, en el colegio, en actividades deportivas, culturales, en el parque, con los amigos y amigas, o saliendo los fines de semana. Unos necesitan de una atención continuada, son muy exigentes y quieren que su adulto de referencia esté pendiente de ellos, sea para pintar, ver la tele, leer o dormir. Los más mayores han roto con sus rutinas, de estudio y de ocio, y, como sabemos, la adolescencia tiende a llevarnos a una exaltación del yo poco compatible con las exigencias convivenciales de un confinamiento.

Algunos menores conviven con sus padres y madres (biológicos o de acogida) de una forma diferente tras la separación de aquellos. En estos casos los dos progenitores siguen siendo responsables de la tutela de sus hijos, solo que se reparten a periodos más o menos iguales los tiempos que pasan con ellos. Los progenitores son responsables de ofrecer a sus hijos un entorno libre de virus estos días, así que, si hay sospecha de infección, podrá cederse la custodia para pasar la cuarentena. Pero, salvo esta excepción sanitaria, los regímenes de custodia compartida, recogidos en sentencia judicial, no se han visto jurídicamente alterados por el decreto de estado de alarma, por lo que los niños y las niñas deben seguir disfrutando de sus mayores en los mismos términos que lo hacían antes. Alterar unilateralmente, sin acuerdo, estas normas supone afectar el interés del menor que, salvo causa justificada, tiene derecho a estar con sus dos progenitores, a recibir los cuidados y afectos de ambos.

Todos ellos, nuestros hijas e hijos, viven un momento extraordinario. También los mayores, pero somos nosotros los obligados a cuidarles responsablemente. No se trata de construir altares a su alrededor y adorarles, pero sí tener presentes sus necesidades, sobre todo, afectivas. No dejemos que aprovechen estos días para convertirse en (pequeños) dictadores pero, oigan, si los ven por la calle, no les increpen: ellos no tienen la culpa.

Argelia Queralt es profesora de Derecho Constitucional.

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