opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Paradigmas que se caen

El mundo de mañana ha de ser el de una paciente recogida de datos y de recopilación de “lecciones aprendidas”, por parte de instituciones y de líderes de diverso perfil

Miembros de la UME realizan tareas de desinfección en el geriátrico Marvin Park, en Barcelona.
Miembros de la UME realizan tareas de desinfección en el geriátrico Marvin Park, en Barcelona.ENRIC FONTCUBERTA/EFE

Hace unos días el intelectual francés Jacques Attali publicó un breve artículo en el que apuntaba algunas ideas de las que deberíamos sacar alguna inspiración, en estos tiempos de desconcierto. En síntesis decía que nada hay más urgente que intentar controlar dos grandes tsunamis consecutivos, muy vinculados entre sí. El primero, la pandemia, el famoso Covid, ya lo tenemos aquí, y el segundo es la suma de las consecuencias económicas y sociales que se derivan de aquella.

El primer tsunami lo estamos navegando como podemos, y la medida exacta de lo que está significando no la podremos concebir hasta que haya pasado un tiempo. Cómo empezó, cuáles fueron sus pautas de extensión, porqué está siendo tan difícil medir los pros y los contras de su gestión diaria. En otras palabras, las epidemias solo se han podido evaluar con cierta exactitud a posteriori. Del capital de conocimiento acumulado, si no lo dilapidamos, se derivarán nuevos conocimientos que, para simplificar, podremos agrupar en dos niveles distintos pero entrelazados. En primer lugar, cómo prevenir y gestionar mejor las crisis futuras. Es el plano de la investigación médica y epidemiológica. En segundo lugar, y es igual de esencial, cómo leer lo que está pasando y pasará en el futuro inmediato en términos de políticas “de respuesta”, esto es, de las políticas públicas tan inevitables como imprescindibles. Esta segunda parte atañe a una compleja trampa de distintos niveles de gobierno, OMS (Organización Mundial de la Salud), Unión Europea, gobiernos y parlamentos estatales, regionales y municipales, partenariados publico-privados, y un largo etcétera.

Y ya puestos a pedir, unos y otros quizá aprenderán (o no) a no hacer surf sobre las olas de las redes, facebooks, twitters, y ciénagas similares en momentos tan trágicos. Se puede constatar que, ciertamente, los gobiernos (central, autonómicos, municipales) han sido mucho más reactivos que prospectivos, pero llama la atención que la oposición vaya con mucho más retraso, en días y en semanas. Unos pidiendo lealtad a un gobierno que socavan, otros pidiendo unos nuevos pactos de la Moncloa, y el señor Torra detrás de todos (bueno, sin contar con los Puigdemont, Comín, Ponsatís y otros pobladores de la isla de los Ausentes).

Pero esta crisis pone sobre la mesa que este país es percibido como un pésimo ejemplo de lo que deberían ser los consensos en momentos como el presente, aunque es verdad que los malos políticos vuelan más bajo que de costumbre en los momentos más trágicos para la gente.

Dice también Attali que en Europa, en el principio del Estado Absoluto, la autoridad política (el Estado) aparece como respuesta a grandes problemas de supervivencia colectiva (guerras y desde luego pandemias), el policía sustituye al cura, se pone en cuestión una fuente de autoridad caduca (la Iglesia) y se da entrada a que el poder público tome el relevo. De una época fundamentada en el temor de Dios, según enunciado por la iglesia, se pasó a una época basada en el temor del Estado, y de esta, a una época en la que el Estado pasa a fundamentarse en el Estado de Derecho.

Entramos en un tiempo en el que, partiendo de que no volveremos “a estar como antes”, habremos de navegar aguas muy inciertas, y la incertidumbre de cara al futuro tiende a sugerir la llegada de malas noticias. Hay que intentar separar el esfuerzo de pensar a la vez tres niveles de reflexión. El mundo de ahora, el mundo de mañana y el mundo de pasado mañana. El primero, el mundo de ahora, se navega a base de dar urgente prioridad al día a día, incluyendo los aplausos diarios a quien más los merece, aparcar debates de una estupidez inimaginable (la UME ya vino hace unos años a Cataluña cuando una gran nevada que colapsó la red eléctrica, por si nuestros antimilitaristas de sobremesa no lo recuerdan) y conservar la calma individual y colectiva.

El mundo de mañana ha de ser el de una paciente recogida de datos y de recopilación de “lecciones aprendidas”, por parte de instituciones y de líderes de diverso perfil. El de pasado mañana es el más incierto, el que nos depara grandes cambios de modelo de crecimiento económico, de brecha social tanto económica como cultural, en un horizonte de cambio climático sombrío. Nos tocaría a nosotros pensar con urgencia si entraremos en estos “mundos de después” en el modo hobbesiano (de Thomas Hobbes y su antropo-pesimismo de “el hombre es un lobo para el hombre”) o en modo de supervivencia colectiva. Pinta mal.

Pere Vilanova es Catedrático de Ciencia Política en la Universitat de Barcelona.

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