Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

La libertad es un fantasma

La pandemia, espejo social y personal de deslumbrante nitidez, no está para puñetas: ni en el entretenimiento confinado ni en la red ni en las reglas que vienen

Fotograma de 'El fantasma de la libertad', de Luis Buñuel.
Fotograma de 'El fantasma de la libertad', de Luis Buñuel.

De principio a fin, el cine de Buñuel sostiene que la libertad es un fantasma: no somos libres, estamos expuestos al subconsciente que nos deja en evidencia y en pelotas, lo que hacemos y decimos no se corresponde con lo que pensamos y deseamos. Ni como sujetos individuales ni como sujetos históricos, como sociedades. El pobre hombre no imaginaba la pandemia de escritos y cursos de autoayuda difundiendo la ilusión, que ya dio paso a la ultraliberal era thatcheriana, de que la libertad no sólo puede materializarse sino que es cosa de cada cuál. Si te autoayudas, claro, primero pagando y luego intentándolo. Si fracasas es tu culpa. No se tiene amor propio ni carácter, se tiene autoestima (o no). En la pandemia individualista del prefijo auto- se cuenta nuestra nada. Es grotesco, hoy más que de costumbre, puesto que el espejo del cuento es otro.

La actual pandemia, espejo social y personal de deslumbrante nitidez, no está para puñetas. El espejo es implacable. En los colectivos confinados que (aún) podemos resistir, puesto que los olvidados ni mirarse pueden en el espejo porque ni eso tienen; la imagen reflejada constata que la libertad campa por ahí —gracias, maestro— en plan fantasma. Amenazante. El consciente y el inconsciente sociales emiten y excretan de todo, en sintonía no con lo que creemos ser sino con lo que somos.

Entre el entretenimiento y la barbarie, lo que nutre ahora es bailar en casa como si nada mientras te grabas con el móvil o lanzar barbaridades en la red. El humor negro, recipiente óptimo de la crítica, desahogo quirúrgico de malas uvas y sostén de la risa lúcida que salva, queda a manos de algunos pocos dibujantes de prensa, grandes cronistas visuales. La mayoría, en general, y en el mejor de los casos, nos dedicamos al entretenimiento vírico, una pandemia de buenas voluntades que no atiende a lo del pavimento del infierno. La barbarie, en el otro lado de la cama, se manifiesta por su parte en la “policía del balcón”, esa “pandemia policíaca” física, y sobre todo se exhibe en el balcón digital de Twitter que, por lo que sé, deja corto al balcón trumpiano.

Luego están los ejes de la carreta: la libertad individual, las libertades individuales, base de las sociedades democráticas, y su control en tiempos pandémicos de inteligencia artificial y telemática, de algoritmos y decisiones que crees tomar tú, son tomadas por ti y te toman a ti, como el subsconciente.

Sin vacuna, ¿cómo hacer mientras tanto? ¿Y luego, cuando la haya?

Es preciso reflexionar sobre todo esto y verlas venir. Puedo pasar del entretenimiento pandémico y sus coreografías. Al no estar ni en Twitter ni en Facebook me ahorro disgustos, aunque me creo lo que dice un buen amigo, que hay que saber lo que pasa en la red, pues seguir solo a los que piensan como tú esconde y reduce el mundo. De momento, prefiero seguir como estoy y que mis amigos espeleólogos del inconsciente político colectivo me lo cuenten. Pero es preciso pensar, al menos un rato; si no cada día, cada tres. Muchos lo necesitamos: intentar situarnos en este inaudito, sin ruido, sin los sables que se alzan demasiado en los escritos disponibles de momento por aquí y por allá.

Buñuel es un interlocutor que no suele fallar. Les sugiero una peli que si no tienen a mano encontrarán en Filmin (por poco dinero, si no están abonados, pueden alquilarla y la tendrán disponible tres días). Es de 1974 y tiene uno de esos brillantes títulos buñuelianos que (casi) todos conocen porque es como un refrán, algo que no se puede decir mejor ni refutar: El fantasma de la libertad.

Verlo ahora, en estas condiciones, confinados en casa sin poder salir —uno de los grandes temas de Buñuel, véase El ángel exterminador (1962) por no mentar más títulos— es un alivio para el ojo, la cabeza y el corazón del tema que trata el film y de lo que necesitas tú. Qué gran humorista es este hombre. Empieza con la Guerra del Francés y termina con un avestruz que anda perdido en alguna algarabía parisina del 68 o así. Historia, gente. Construida con gags y escenas sueltas que se van liando como en sueños, a su aire, el tema mayor es: nos creemos las cosas que nos dicen, no las que vemos.

A Buñuel no le interesa la psicología de los personajes: prefectos de policía, militares, profesores, jueces, francotiradores. Y ¡un señor Foucauld y un doctor Pasolini! Nombres de dos autores de referencia, sobre todo el primero, un indisimulado Foucault, para filósofos de la Covid-19 y del “ya lo decía yo”.

El desajuste entre diálogos e imágenes es descacharrante. A la manera fría, entomológica que Buñuel ensayó en su primer film sonoro, Tierra sin pan (1933): si no nos andamos con ojo, estaremos (estamos) en manos de la manipulación. Con la palabra puede usted hacer lo que quiera de las imágenes más certeras. El único remedio es un espectador entrenado a discernir.

Tras años de manipulación sin discernimiento, la artista y crítica cultural Barbara Kruger lo sintetizó incluso mejor: ver ya no es creer. Al curro, o nos las dan y nos las darán con honda.

Mercè Ibarz es escritora y crítica cultural

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