Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Lo que viene no será más fácil

El confinamiento ha impedido el temido colapso del sistema sanitario, pero las próximas fases serán difíciles de gestionar: hay aún muchas incógnitas sobre el virus y la guerra partidista tampoco ayuda

El tanatorio de Collserola almacena ataúdes en su parking subterráneo.
El tanatorio de Collserola almacena ataúdes en su parking subterráneo.MASSIMILIANO MINOCRI

Fosas comunes en la ciudad de Nueva York para enterrar a los muertos que nadie reclama. Largos tráilers refrigerados aparcados en las entradas de los hospitales para engullir los cadáveres que ya no caben en las morgues. Este virus que llegó de repente nos ha transportado en apenas cien días a un mundo que antes nos hubiera parecido una distopía improbable. Si eso ha ocurrido en el corazón del primerísimo mundo, ¿qué ocurrirá cuando el virus penetre en las depauperadas favelas brasileñas o en las sobrepobladas megalópolis indias y africanas?

Llevamos ya un mes confinados en una Barcelona desconocida, silenciosa, sumida en una parálisis sobrecogedora. Millones de personas en un paréntesis vital del que no sabemos cuándo ni cómo vamos a salir. Y sin embargo esta puede ser la fase más fácil. Basta con cumplir la regla. Quedarse en casa. Las que vienen, en cambio, van a ser mucho más difíciles de gestionar. Individual y políticamente.

En algún momento tendremos que salir de nuevo a trabajar, reanudar servicios, en un desconfinamiento controlado que no puede tardar mucho si no queremos que a la emergencia sanitaria le suceda una emergencia económica y social catastrófica. Pero cuando demos el primer paso, el virus, como el dinosaurio de Monterroso, seguirá ahí. Temblaremos con la posibilidad de un rebrote y de hecho, ese es un escenario muy plausible. Hay expertos que hablan incluso de sucesivas oleadas.

Saldremos a la calle con aprensión, con el miedo al contagio derramando frío en nuestras espaldas cada vez que nos crucemos con alguien que tose o tengamos que cogernos a la barra del metro. El coronavirus ya no es una amenaza remota que puede llegar. Ahora lo tenemos entre nosotros y sabemos lo peligroso que es. Hemos visto las UCI repletas de pacientes atados a un respirador y aparcamientos llenos de ataúdes. Muchos hemos visto marchar a gente querida sin poderles dar una última caricia de despedida. Sus cenizas esperan en algún lugar que tampoco conocemos a que podamos darles algún día la despedida que merecen. Hemos contado los muertos cada día, esperando que la curva alcanzara ese ansiado punto de inflexión.

Sabemos que el virus desencadena en el organismo una reacción inflamatoria que no solo afecta a los pulmones, sino a otros órganos como el corazón o el riñón, y cuando eso se produce, la mortalidad es muy alta. Y sabemos, sobre todo, que el virus tiene una transmisión silenciosa, que se contagia antes de que aparezcan los síntomas y eso hace que el control de contactos de las personas contagiadas que se hace ahora siempre llegue tarde.

Pero más inquietante es aún lo que no sabemos. Por ejemplo, no sabemos si la infección produce inmunidad total, o si es parcial, si se comportará como un virus estacional, como la gripe, o estará siempre rondando con su guadaña, y no sabemos si, como el sida, es también capaz de agazaparse en el organismo y reactivarse más adelante. Corea del Sur ha informado de que han vuelto a dar positivo 91 pacientes de los más de 7.000 ya recuperados y dados de alta, que habían dado negativo en una prueba PCR, la más fiable. Todavía no se sabe si se han infectado de nuevo, lo que significaría que no han desarrollado inmunidad, o si el virus se ha reactivado en su organismo, lo que significaría que puede esconderse en un reservorio indetectable. La OMS estudia estas incógnitas, de las que depende la evolución de la pandemia.

En nuestro caso, el confinamiento ha evitado lo peor, el temido colapso del sistema sanitario. Pese a que algunos estudios le habían puesto incluso fecha, los hospitales han llegado al límite de su capacidad pero no a una situación de colapso en la que no pudieran recibir más pacientes, como ha indicado la consejera de Salud, Alba Vergés. Y eso se ha logrado gracias a la rapidez con la que los gestores sanitarios han reconvertido espacios y camas para atender a los enfermos críticos. Hemos visto pasillos atiborrados de pacientes, el 061 ha estado lejos de ofrecer la respuesta rápida que requerían quienes tenían los primeros síntomas en casa, pero el sistema ha resistido y no tenemos noticias de pacientes que se hayan quedado sin atender.

De haber sido así, cabe suponer que se hubiera hecho uso de las ambulancias, helicópteros y trenes medicalizados preparados para trasladar enfermo a comunidades vecinas con menos presión, Aragón por ejemplo. Como hicieron las autoridades francesas ante el colapso de los servicios en Colmar, trasladando enfermos a otras partes de Francia, e incluso a Suiza y Alemania. Si algún día nos enteráramos que han quedado pacientes sin atender o mal atendidos, tendrán que explicar por qué no se han trasladado. Sería terrible enterarnos de que algún prurito nacionalista ha impedido pedir ayuda.

Es previsible que la presión sobre los servicios sanitarios vaya disminuyendo, siempre que no haya un rebrote, pero todavía quedan semanas difíciles y después vendrá otra fase complicada: reprogramar toda la cirugía y todas las visitas suspendidas al resto de enfermos, cuyo estado puede empeorar si no reciben la atención que necesitan.

Mientras tanto, la utilización partidista de la pandemia por parte del Gobierno catalán, lejos de amainar, se recrudece. El presidente Quim Torra y la portavoz Meritxell Budó utilizan la comparecencia diaria ante la prensa para criticar y desgastar al Gobierno central y cuestionar la validez de las decisiones que se toman. A veces de forma sonrojante. Primero marcaron diferencias respecto del confinamiento, y ahora las marcan respecto del desconfinamiento. Su relato es monocorde: ellos lo harían todo mejor. Tampoco han dudado en utilizar a expertos afines políticamente para socavar la autoridad de los organismos públicos que se ocupan de la vigilancia epidemiológica, incluida la dirección general de Salud Pública de la propia Generalitat. Lo que ha provocado que, ahora mismo el Departamento de Salud esté en llamas.

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