OPINIÓN

La ficción se hace cruel

En un momento tan grave y difícil, en vez de buscar el entendimiento y de recuperar el sentido de la responsabilidad, el presidente Quim Torra persiste en la política polarizadora y divisiva

Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud.
Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud.Salvatore Di Nolfi/Keystone (AP)

Ni el coronavirus ha conseguido acabar con la ficción. No es fácil abandonar la comedia después de diez años de actuaciones aclamadas por el público. Y menos aún cuando es el mismo público el primero que prefiere mantenerse en la credulidad, aunque haya visto la tramoya desnuda y se haya enterado de la verdad de las mentiras directamente de la boca de uno de los actores, como es la exconsejera Clara Ponsatí.

No lo quiere el público y no son capaces de hacerlo los actores de la farsa. Unos por rigidez ideológica, otros por falta de coraje, y todos, a fin de cuentas, por su humana y miserable condición, es decir, por los intereses y beneficios vinculados al ejercicio del poder, por pequeño y despreciable que sea.

El hecho es que hemos pasado de un gobierno desgastado y obsoleto, pretendidamente resistente y rebelde, que hacía ascos de la autonomía y era incapaz de actuar como un ejecutivo efectivo, a otro que pretende gobernar y legitimarse por la acción, a menudo con exagerada gesticulación, para que nos lo creamos y creamos además que lo hace mejor y con más resolución que nadie, cuando la realidad, vista la degradación de la sanidad catalana o la catástrofe de las residencias de ancianos, además de la pésima gestión del doble confinamiento de la cuenca de Òdena, nos dice exactamente lo contrario.

Este es el efecto de la llegada trágica de la pandemia. Tras fracasar en el proceso independentista y de exigir un diálogo imposible sobre el derecho a la autodeterminación y la amnistía, Torra ha dado un paso más adelante en la ficció<TB>n, con la peculiaridad de que ahora se ahorra el desgastado vocabulario independentista, con sus apelaciones al Consejo de la República o a la unilateralidad, sin que haya mermado en cambio la confrontación y la radicalidad retórica de oposición al Estado, al Gobierno de España (nombrado siempre en castellano), a la monarquía o a la Constitución.

Es una oportunidad perdida, una más. En un momento tan grave y difícil, en vez de buscar el entendimiento, no en Madrid, sino en Barcelona, y de recuperar el sentido de la responsabilidad respecto a la democracia y a la gobernabilidad, Torra persiste en la política polarizadora y divisiva. De cara a Madrid, ampliando la distancia con Pedro Sánchez, hasta alinearse en posiciones sinérgicas con las de Pablo Casado y de Vox. De cara a Cataluña, persistiendo en la división y la ofensa a los catalanes que no son de su cuerda, con un grado de manipulación de las instituciones y de los medios de comunicación que aún no habíamos visto, aunque creíamos que ya lo habíamos visto todo.

Lo que ha pedido el director general de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus —“poner la política en cuarentena”—, es lo que no han querido hacer ni Torra ni Casado. Conscientes de la dificultad de gestionar una crisis tan destructiva, especialmente por el balance que nos espera en vidas humanas, pero también en puestos de trabajo, empresas y sectores económicos enteros que se encuentran a punto de desaparecer, ninguno de los dos dirigentes ha podido sustraerse a la tentación de sacar provecho para sus intereses particulares. Uno, para mantenerse todavía un rato más en el poder, esbozando de paso las expectativas de hegemonía de izquierda. El otro, para disponerse, siguiendo las indicaciones del aznarismo recuperado, a regresar al poder a cualquier precio.

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Gebreyesus ha pronunciado además la palabra maldita. “Si no hay unidad, habrá más bolsas de cadáveres en sus países. Al virus solo se le puede vencer desde la unidad y si dejamos de hacer política con él”. Sin un frente común frente al virus, todo será más difícil: los confinamientos, la disciplina social y, sobre todo, la recuperación. Y esto se contabilizará en infectados y al final en víctimas mortales. No escucharemos aquí entre nosotros, ni en Madrid ni en Barcelona, un discurso como el del jefe de la oposición en Portugal, el conservador Rui Rio: “Señor primer ministro, cuente con la colaboración del PSD. En todo lo que nosotros podamos, ayudaremos. Le deseo coraje, nervios de acero y mucha suerte. Porque su suerte es nuestra suerte”.

Esto no tiene mucha importancia para los conservadores españoles, poco acostumbrados a exigirse a sí mismos lo que exigen a los demás. Su idea de unidad solo puede tener un significado: unirse a sus políticas. España son ellos. Es su propiedad privada. No hay otra. Lo mismo piensa Quim Torra. A nadie le va tan bien el concepto reduccionista y uniformista del españolismo conservador. La única unidad que concibe es la de las fuerzas independentistas. El pueblo catalán unido significa separado de la mitad de la Cataluña que no es independentista y naturalmente del resto de los españoles.

Nada expresa mejor la talla de este gobierno como las peleas para sacudirse las responsabilidades del desastre de las residencias de ancianos o la arrogancia con que se prescinde de la Unidad Militar de Emergencia y se ocultan sus actuaciones a petición de numerosos municipios catalanes. El coronavirus no ha terminado con la ficción, pero ha obligado a un cambio de guion aún más inverosímil que el que ya conocíamos. Nunca habían sido tan extensas y tan sólidas las dudas sobre las capacidades del gobierno y especialmente de su presidente, un político atípico con vocación confesada de militante y agitador nacionalista y nula disposición a gobernar, que pretende presentarse ahora como un gestor exigente y responsable frente a la pandemia. Con unos espectadores confinados y atemorizados, muchos de ellos vulnerables, la ficción está virando en una farsa cruel, sin compasión.

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Sobre la firma

Lluís Bassets

Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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