Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El joven Múgica

Este fue el constante propósito del político: tener principios, aunar voluntades y reducir distancias para que triunfaran la libertad, la igualdad y la justicia

Enrique Múgica en una imagen de archivo de 2001.
Enrique Múgica en una imagen de archivo de 2001.Eulogio Martín Castellanos

La larga vida política de Enrique Múgica, fallecido la semana pasada por el maldito coronavirus, discurre a través de diversas etapas, unidas todas por un hilo conductor. Algunas de ellas han sido las más recordadas estos últimos días.

Por ejemplo, el papel fundamental que desempeñó Múgica en el nuevo PSOE, el de Felipe y Guerra, remozado a fondo tras el famoso Congreso de Suresnes en 1974. En efecto, en el ambiente se respiraban aires de fin de régimen y el partido socialista, al contrario del comunista, apenas tenía presencia en las luchas antifranquistas del interior de España, allí donde había que darlas, al residir su dirección en Toulouse, ajena a los cambios que se estaban incubando.

Pues bien, el golpe de timón que aupó a Felipe a la secretaría general del partido se basó en un pacto entre socialistas de dos potentes núcleos, Sevilla y el País Vasco, el llamado “pacto del Betis”, que puenteó al grupo de Madrid dirigido por el abogado Pablo Castellanos. Si en Sevilla estaban Felipe y Guerra, en el País Vasco estaba Enrique Múgica, junto a un núcleo sindicalista potente dirigido por Nicolás Redondo y jóvenes promesas como Txiqui Benegas y Ramón Jáuregui. Suresnes logró sacar a un anquilosado PSOE de los márgenes de la oposición antifranquista para conducirla al centro y ahí el inteligente Múgica desempeñó un papel de enlace fundamental.

También lo fue en la Transición. Negociador nato, dentro y fuera del partido, Múgica fue el hombre del diálogo y el pacto, desde hacía muchos años había aprendido tales habilidades. Lo suyo era hablar en los despachos, los pasillos y las mesas de restaurante. Se entendía con unos y con otros, tenía claros sus principios y desde los mismos sabía hasta donde podía llegar, ni un milímetro más, ni un milímetro menos. Sus gestiones desde la sombra facilitaron la resolución de muchos casos complicados, desde el alcance de la definitiva ley de amnistía hasta las relaciones con Israel, no en vano su madre se apellidaba Herzog.

Con ese mismo talante, porque cada uno es como es, desempeñó sus tareas de ministro de Justicia. Aparte de enviar al Congreso diversas leyes que modernizaron el aparato judicial, hay que señalar en su haber la política de dispersión de presos de ETA, fundamental en el debilitamiento de la banda terrorista. En castigo, en doloroso y cruel castigo, los terroristas asesinaron a su hermano Fernando, abogado y también socialista. “Ni olvido ni perdono”, dijo en su funeral, con toda la razón y moralmente devastado. Sus diez años como Defensor del Pueblo también fueron importantes: era un cargo que le iba como anillo al dedo. Para eso había entrado en política.

Con esas u otras palabras, todo ello se ha dicho estos días. Pero a veces se olvida el principio, su entrada en política, que explica la coherencia con las etapas siguientes. Enrique Múgica fue el primer estudiante que reclutó Jorge Semprún, alias Federico Sánchez, enviado por el PCE a Madrid para que el mundo de la cultura se convirtiera en un foco de resistencia al franquismo. Conoció al joven Múgica, entonces con 21 años, en la casa de Gabriel Celaya en San Sebastián. Al poco, en octubre de 1953, conectó con él en la universidad de Madrid, donde Múgica cursaba Derecho y pronto se hizo amigo de Dionisio Ridruejo, que le recomendó al rector Laín Entralgo para que se organizaran, como actividad cultural, festivales de poesía, clásicos instrumentos subversivos en la España de aquellos tiempos.

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Dos años más tarde, Múgica entró en contacto con estudiantes más jóvenes como Ramón Tamames y Javier Pradera, los introdujo en el PCE y juntos se dispusieron a organizar para el año siguiente, 1956, un Congreso Nacional de Estudiantes. No llegó a celebrarse por los sucesos de febrero en la universidad que acabaron con las detenciones de todos los mencionados, incluido Ridruejo, y los ceses del ministro Ruiz Jiménez y del rector Laín Entralgo.

Se abría así el primer boquete importante en el mundo franquista: se aliaban en su contra los hijos de los vencedores y los de los vencidos en la Guerra Civil. Nada volvió a ser como antes. La estrategia fue urdida por Semprún; pieza indispensable fue Ridruejo, y el coordinador en la sombra, Enrique Múgica. Este fue su constante propósito: tener principios, aunar voluntades y reducir distancias para que triunfaran la libertad, la igualdad y la justicia. Siempre fue joven.

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