El último viaje de Joe

La saturación del sistema de emergencias limita la atención a algunos pacientes, como a este editor estadounidense

Belén Ginart
Barcelona -
Empleados de los servicios funerarios transportan el cuerpo  de J.E.D.,  fallecido en el barrio de Gracia de Barcelona.
Empleados de los servicios funerarios transportan el cuerpo de J.E.D., fallecido en el barrio de Gracia de Barcelona.Carles Ribas

En la estantería junto a la entrada de su pequeño apartamento, donde se agolpan los libros en inglés de su adorado García Márquez, varios detalles dan pistas sobre cómo empezó todo. Uno es una gorra de Barcelona 92. El otro, una guía en papel destinada a orientar en la ciudad a la familia olímpica. Joe, editor en una cadena de televisión estadounidense, vino por primera vez a la ciudad durante los Juegos Olímpicos. Se enamoró de su arquitectura, de su clima, de su gente y ya nunca pudo alejarse demasiado. Año tras año pasó aquí sus vacaciones hasta que hace dos, ya con 70, decidió mudarse definitivamente.

La luminosa terraza tuvo la última palabra. Su apartamento de alquiler ocupa el cuarto piso de una finca sin ascensor. Pero la escalera empinada y sus rodillas algo castigadas no bastaron para disuadirle. Hace un par de meses, cuando varias lesiones vertebrales irrumpieron en su vida, la movilidad cotidiana se le fue complicando. Con la declaración del estado de alarma se volatilizaron sus citas médicas. Su dolor se agudizaba a la vez que crecía la curva de contagios de coronavirus. Infructuosas las horas de espera al teléfono de emergencias. Inútil la insistencia por lograr una visita domiciliaria de su doctor de cabecera. Y el pequeño ático sin ascensor acabó por convertirse en su jaula. ¿Cómo iba a bajar andando las escaleras para intentar ir a urgencias por su cuenta si moverse del sofá al lavabo le parecía un viaje infinito?

El único seguimiento médico que se le dispensó fue telefónico. Siempre amable y atento. Pero disperso y telefónico. Tanto desde su centro de atención primaria como desde la clínica privada a la que se dirigió con la esperanza de encontrar ayuda eficaz en algún sitio. Por teléfono le recetaron una faja ortopédica y medicinas que iban cambiando. Algunos días se encontraba mejor, pero otros el dolor apenas le permitía moverse del sofá. La medicación le provocaba un efecto caprichoso, calmante por horas, con frecuencia portador de molestos efectos secundarios. Pero nunca tuvo fiebre, ni tos, ni dificultades respiratorias.

“Sé que hay muchos otros pacientes más graves. Pero soy mayor, estoy enfermo y necesito un médico”, se lamentaba. Se sentía impotente, abandonado, perdido en el escaso dominio del idioma. Independiente y alérgico a molestar al prójimo, no tuvo más remedio que confiar a los vecinos las llaves de su casa primero, y finalmente las riendas de su día a día. Para que se ocuparan de su comida y le compraran esas medicinas que le recetaban por teléfono, para que le ayudaran a reclamar un médico, para que compartieran con él la desesperación de no saber cómo conseguirlo.

Los últimos días, su estado empeoró rápidamente. Había perdido mucho peso y todo el apetito. Uno de sus doctores aventuró un diagnóstico: cáncer avanzado con metástasis ósea. El viernes por la mañana, los vecinos lo encontraron tendido en el suelo, a medio camino entre el sofá y el lavabo. Imposible saber cuánto tiempo llevaba allí, velado por los libros de su querido García Márquez y su gorra de las Olimpiadas. Imposible saber si intuyó que aquel sería su último viaje. El médico que acudió finalmente a su domicilio solo pudo certificar su muerte.

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