La enfermedad que atacaba a los voluntarios

Las ONGs redistribuyen a sus cooperantes en plena pandemia porque muchos de ellos son personal de riesgo

Dos voluntarios en el Banco de Alimentos de Barcelona [ALBERT GARCIA]
Dos voluntarios en el Banco de Alimentos de Barcelona [ALBERT GARCIA]Albert Garcia (EL PAÍS)

Maria Bordas es, desde hace ocho años, la responsable del Departamento de Mermas del Banco de Alimentos de Barcelona. Pone en contacto supermercados con oenegés cercanas a los establecimientos. De esta forma, las superficies les ceden alimentos “que todavía se pueden consumir pero que no comercializan”. A los pocos meses de jubilarse cambió la oficina por un voluntariado —tres días a la semana— en el Banco de Alimentos. “Tengo 69 años. El pasado 13 de marzo nos dijeron que con nuestra edad no podíamos permitirnos el riesgo de ponernos enfermos por coronavirus y nos enviaron a casa”, lamenta. El caso de Bordas no es excepcional. Varias entidades, que acostumbraban a mantener sus proyectos gracias a decenas de jubilados, han tenido problemas, ya que la mayoría de sus efectivos están dentro del colectivo de riesgo. Las peticiones de voluntarios, el ofrecimiento de universitarios y las cesiones de personal de unas asociaciones a otras han conseguido que las entidades puedan seguir llevando a cabo su labor en plena pande

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El jefe del departamento de voluntariado de Càritas Diocesana de Barcelona, Isaac Compañó, es claro: “Nuestro voluntario, que solo en Barcelona es de entre 2.600 y 2.800 personas, era sobre todo presencial y con un 60% mayor de 65 años. Días antes de que se decretara el estado de alarma decidimos que teníamos que protegerles y paralizamos su actividad”. A partir de aquí, la organización eclesiástica se vio obligada a reajustar todos sus proyectos. “Teníamos claro que no podíamos clausurar nuestros servicios básicos. Proyectos, sobre todo parroquiales, que debíamos proteger porque atienden a las personas más vulnerables”, defiende Compañó. El jefe de voluntariado de Càritas agradece las ofertas de la solidaridad con las que la organización ha continuado su labor: “Ha habido mucha gente que se ha puesto en contacto con nosotros para ayudar y ponerse en el lugar de los voluntarios que hemos tenido que enviar a sus domicilios. Muchos jóvenes de la delegación de juventud, de la agrupación escolta, escuelas cristianas. El servicio de Cáritas sigue funcionando pese a que, lamentablemente, el volumen de personas es cada vez más elevado”.

Lluís Fatjó es el director del Banco de Alimentos de Barcelona. En cuanto el coronavirus comenzó a expandirse por la capital catalana, Fatjó se encontró con el mismo problema que Càritas: “La mayoría de nuestros voluntarios superan los 60 años. Cerramos nuestras oficinas, no podíamos poner en riesgo a nuestros voluntarios pero sabíamos que era más necesario que nunca mantener abierto el almacén de Banco de Alimentos”. La entidad reforzó las plantillas con equipos de reserva, nuevos voluntarios y jóvenes de otras entidades. “El ritmo de entregas de alimentos ha aumentado muchísimo. En los 11 meses que el Banco de Alimentos estuvo abierto en 2019 —cierra en agosto— se distribuyeron cerca de 16 millones de kilos de alimentos. Lo que supone una media aproximada de 1,5 millones de kilos al mes. Sólo en este último mes hemos superado los 2,3 millones de kilos de comida entregada”, indica Fatjó. El presidente del Banco de Alimentos advierte: “En 2008 la crisis fue progresiva. Ahora hay muchísima gente que se ha quedado sin ingresos de golpe”.

El coordinador de Cruz Roja en Cataluña, Enric Molist, asegura que su entidad se ha visto menos resentida porque la media de edad de los voluntarios de la organización es de entre 30 y 50 años. “Tenemos a más de 5.000 voluntarios en Cataluña ayudando en esta emergencia brutal. Es necesario que se establezca pronto una renta de subsistencia porque una mala gestión de esta crisis social nos arrastra a una crisis humanitaria”, advierte. “Hay municipios donde los voluntarios de pequeñas oenegés eran todos población de riesgo. Y somos nosotros, los voluntarios de la Cruz Roja, los que repartimos alimentos, llevamos el butano a los pisos de ancianos, la medicación…”.

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Maria Bordas no ha vuelto a pisar las oficinas del Banco de Alimentos desde el 13 de marzo. Aun así, ha encontrado el camino para seguir siendo útil: “Ahora estoy en casa cogiendo llamadas de gente desesperada. Personas a las que tengo que dirigir a otras oenegés porque el Banco de Alimentos no reparte a particulares sino a organizaciones”.

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