Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Casado y la desfiguración de la política

El líder del PP, aun a riesgo de incomodarse con sus barones territoriales que saben lo que está en juego, se lanza a la desestabilización, compartiendo con Vox no solo la estrategia de fondo, sino los modos

Pablo Casado e Isabel Díaz Ayuso en un acto.
Pablo Casado e Isabel Díaz Ayuso en un acto.efe / emilio naranjo

Los que siempre tienen la palabra popu[/CAP3]lista en la boca para insultar a sus adversarios hace tiempo que han hecho suyas la dos características que configuran la noción de populismo: la reducción, en nombre de un ente de ficción llamado pueblo, de la política al juego del amigo y del enemigo, es decir, de una lucha infantil entre los buenos y los malos, los patriotas y los traidores; y la acumulación de promesas a sabiendas de que no podrán ser cumplidas. A este esquema responde la estrategia del PP de Pablo Casado.

Cuando solo se han entreabierto las puertas de las casas confinadas, el PP ya ha pasado página de la situación de excepción que vive el país y se ha lanzado a la arenga contra el Gobierno de todos los males, culpable de todas las desgracias, de las que solo él y los suyos podrán librarnos. Para estas batallas se necesitan iconos. Personajes dispuestos a la desfiguración de la política convertida en show mediático. Y la selección de Casado no engaña.

El PP ha tenido una figura destacada en el desconcertante episodio del confinamiento: el alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida. Se ha arremangado desde el primer día, ha dado poca cuerda al espectáculo, ha sabido establecer complicidades con las demás fuerzas políticas, ha trabajado con sobriedad y con el respeto que requiere una situación angustiante como la que estamos viviendo. Casado ha pasado de largo. En vez de celebrar el modelo de integración y empatía del alcalde, ha optado por el ruido a la hora de elegir los referentes de su política: la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, que desde el primer momento ha jugado a la construcción de un personaje que desde el desenfado, la teatralización permanente de su actividad y el hiperactivismo mediático trasmitiera la imagen de una lideresa cercana al pueblo, que está en todas partes y habla sin complejos. Y la portavoz del partido en el Congreso, Cayetana Álvarez de Toledo, encarnación de la altivez, desde un supremacismo que le hace perdonar la vida ya no a sus interlocutores sino a la sociedad entera, convencida de que su misión es llevar a los españoles a la mayoría de edad. El castillo de naipes de la presidenta de la Comunidad se ha ido cayendo a medida que la cruda realidad de la región más afectada por la pandemia ponía en evidencia su gesticulación. Y la portavoz Álvarez de Toledo se va diluyendo en la arrogancia.

La estrategia es de manual, en tiempos en que la verdad y la comunicación política van por caminos completamente separados. Con ella, la extrema derecha ha venido conquistando terreno en toda Europa en los últimos años. Construir liderazgos agresivos buscando la respuesta irritada del adversario para conseguir el apoyo cerrado de los incondicionales. Una estrategia trampa de la que los demás partidos, si caen en la provocación, se convierten en cómplices involuntarios. Son efectos de un escenario político muy fragmentado, sobre el que han convergido dos vectores de alto voltaje: las políticas de austeridad salvaje con que el PP afrontó la crisis de 2008 y el conflicto soberanista catalán vivido como una afrenta a la nación española.

El desgaste de Pedro Sánchez en su navegación sobre aguas turbulentas, no exenta de extraños golpes de timón, ha hecho que el PP se viera ante una oportunidad, aun a riesgo de poner la gobernabilidad patas arriba cuando sin haber salido de la crisis sanitaria entramos de lleno en la económica con la educativa en el horizonte. A falta de proyecto político, Pablo Casado, aun a riesgo de incomodarse con sus barones territoriales que, cercanos a la realidad, saben lo que está en juego, se lanza a la desestabilización sin complejos, compartiendo con Vox no solo la estrategia de fondo, sino también los modos. Lo preocupante es que no todo es irresponsabilidad de un líder incapaz de gestionar los tiempos con prudencia y buen sentido. Hay detrás de él demasiadas fuerzas empujando para que la gestión de la reconstrucción del país no se desvíe un ápice del camino trazado en los últimos 30 años. Y que el impacto del virus no se traduzca en un mayor protagonismo del sector público y un cierto control de los mercados, protegiendo de ellos a determinados sectores como la sanidad y la educación. Es decir, que paguen los de siempre.

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