La crisis del coronavirus
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Las plantas nos hablan

La vegetación solo reclama su lugar. Ha brotado de forma inusual porque la actividad de control y mantenimiento ha disminuido. Su salida a la luz merece una reflexión por parte de las autoridades

Vegetación en un parterre entre las calles Aragón y Meridiana, en Barcelona.
Vegetación en un parterre entre las calles Aragón y Meridiana, en Barcelona.Juliana arboleda

Hace pocos días, el pasado 19 de mayo, en el suplemento Verne de este diario, Aina S. Erice nos mostraba una de las dimensiones más inspiradoras y reconciliadoras de esta crisis: la explosión vegetal que está teniendo lugar en nuestras ciudades. Su paseo desconfinado servía para ir enumerando las plantas rebeldes que se han atrevido a salir del alcorque, de los arcenes o de las alcantarillas. Pero tras este comportamiento “organizado” (quién sabe) de las plantas en nuestras ciudades, hay una ocasión para repensar los espacios urbanos. ¿Qué haremos cuando todo empiece de nuevo a funcionar? Hasta ahora hemos respondido a los problemas producidos por los vehículos con las mismas armas, es decir, respondemos a los artefactos responsables del ruido, la contaminación o el consumo de espacio público, con previsibles elementos “fabricados” como los palets reciclados, bancos de hormigón, vallas metálicas, cubetas galvanizadas, traviesas de madera tratada y grandes cantidades de pintura de color “amarillo carterpillar”, el color de la maquinaria de obras públicas. Nuestra respuesta a aquello que tiene un origen industrial se hace con la misma munición y las mismas reglas. Las plantas no hacen más que reclamar su lugar y no seguir confinadas, su salida a la luz, brotado de forma inusual debido a que la actividad de control y mantenimiento ha disminuido, merece una reflexión por parte de las autoridades municipales. Pensarán que hablar así de ellas es solo una forma literaria de referirse a las plantas, pero ahora, gracias a Stefano Mancuso (estuvo en el CCCB en el inicio del confinamiento), sabemos que se comunican entre ellas, se mueven y “ven” literalmente. ¿Cuál será ahora nuestro comportamiento con ellas? ¿Y ellas, qué “pensarán” de nosotros?, si me permiten la expresión.

Si pensamos en recuperar después de esta crisis una ciudad mejor, ¿no tendrán un lugar, las plantas?

Si pretendemos recuperar después de esta crisis una ciudad mejor, ¿no tendrán un lugar, las plantas? ¿O en qué pensamos cuando decimos saludable al referirnos a la ciudad? Esto es importante porque sencillamente habla de nosotros, y dice que estamos obligados a pensar en otros lugares comunes para reformular el espacio publico. Resulta enfermizo pensar en la ciudad solo desde la ciudad, como lo es pensar en la arquitectura solo desde la arquitectura. Conviene cambiar el punto de vista, ponerse en otro lugar, el orden de nuestros jardines, aunque actualmente sea aparentemente desordenado, se consigue con herbicidas, telas drenantes de origen plástico, segadoras y tijeras podadoras ¿Hay otra manera? Podríamos buscar áreas de la ciudad en la que se llevara a cabo un experimento para una libre expresión de las plantas y que ellas tomaran el mando. Podríamos imaginar lugares para que las malas hierbas —¡Ah, las malas hierbas, sí!— tuvieran un espacio para que pudiéramos aprender de él antes de que una legión de podadores comience a actuar. Ahora la plaza de les Glòries y su entorno ha brotado de una forma salvaje, en términos próximos a la jardinería más interesante, como un jardín perdido después de estas lluvias de primavera. ¿Alguien podría ir a buscar a Gilles Clément y pedirle que ayudara a configurar ahora, después de este confinamiento primaveral, una relación con nuestras afligidas plantas urbanas que fuera distinta? Aunque de momento solo fuera en algunos lugares, como lo que perseguía para los océanos la bióloga marina estadounidense Sylvia Earle, ya sería un gran paso. No solo para las plantas, sino para nosotros mismos y comenzar a pensar la ciudad como jardineros, en lugar de seguir pintando demagógicamente el asfalto. Creo que no es necesario decir que la propuesta de enviarnos a los terrados a plantar, como defienden algunos, está fuera de lugar desde este punto de vista: el lugar de las plantas y el nuestro está a pie de calle.

El desorden incomprendido de los jardines salvajes nos despierta y nos habla. Espero que sepamos escuchar

Como dice el propio Clément, el futuro de los jardines es la naturaleza, saltar su confinamiento e ir en búsqueda de lo salvaje, de lo espontáneo, de lo que no ha sido sembrado; y al mismo tiempo nos recuerda que el futuro de la arquitectura es la ruina. No solo es importante lo que ocurra en estos jardines desatados. Es importante lo que estos pueden hacer por nosotros, sirviéndonos de modelo para pensar otras cosas. El desorden incomprendido de los jardines salvajes nos despierta. Confío que la afirmación de Saint Just que preside cincelada en piedra y rodeada de arbustos el Mirador del arquitecto Ignacio de Lecea en el Carmel: “El orden de hoy es el desorden de mañana”, sea pronto verdad, y ese desorden sea un hermoso orden. Las plantas nos están hablando, espero que las sepamos escuchar.

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