Opinión
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Atreverse

Si es verdad que el independentismo de ERC es de izquierdas y no nacionalista, como se ha preciado en decir siempre, la superación de esa lógica y el compromiso sólido con esta fase de la política estatal deberían ser una prioridad absoluta

El portavoz de ERC, Gabriel Rufián, interviene en el Congreso.
El portavoz de ERC, Gabriel Rufián, interviene en el Congreso.La Vanguardia/POOL - Europa Pres

La decisión de la dirección y del grupo parlamentario de ERC de facilitar la prórroga de la última solicitud del estado de alarma por parte del Gobierno de coalición es una noticia importante. No solo por el hecho en si —los republicanos vuelven a abstenerse después de dos noes—, sino por el momento en que se produce..., así como por las potencialidades que abre, siempre y cuando estas se quieran aprovechar. El momento es importante tanto por el contexto de la política estatal como de la catalana.

El Gobierno de coalición progresista —con sus aciertos y sus errores, pero con una hoja de servicio diáfana en querer enfrentar la crisis económica derivada de la pandemia con criterios de redistribución y sensibilidad social— se encuentra ahora mismo bajo un ataque muy fuerte. Hay quien quiere —desde barrios acomodados y fundaciones influyentes— simplemente aniquilarlo, utilizando todas las bazas a disposición. Hay quien quiere acorralarlo más lentamente, con la perspectiva de un trueque de presupuesto por elecciones en otoño quizás. Y hay quien, ofreciendo colaboración, trabaja para reorientarlo, intentando reducir el peso de su alma más progresista.

En Cataluña quizás la gravedad de la situación no sea tan vistosa, pero no por ello menos intensa. Hay un Gobierno paralizado de facto, la falta absoluta de un horizonte político de legislatura, y una parte del independentismo de matriz nacionalista instalado ya en posiciones asimilables a cualquiera de los nacional-populismos que tristemente pueblan nuestra época. En este marco, hay un president de la Generalitat que ha decidido utilizar su poder de convocatoria de elecciones (después de prometer en el Parlament que se votaría aprobados los Presupuestos) como un arma de chantaje, y un expresidente en Bélgica que intenta mover todos los hilos retóricos de los que dispone para mantenerse en la escena política y no ser condenado al olvido.

Todo ello pasa mientras nos enfrentamos posiblemente al desafío más importante que ha tenido y tiene la democracia española y catalana desde la Transición. Un desafío que reclama a gritos superar los embates propagandísticos que han embarrado y embarran la vida política y facilitar acuerdos de base amplia. A la política se le piden cosas importantes. Seguir gestionando el control del virus mientras se reactiva y se reformula la economía, intentando evitar una quiebra social de dimensiones desconocidas. Interlocutar con la UE y ser un actor importante de un nuevo impulso europeo que ponga en el centro la democratización de las estructuras de la Unión y la capacidad de dibujar estrategias a largo plazo. En definitiva, a la política se le pide hacerse cargo de la complejidad de la situación y ser útil.

En esto ERC puede jugar un papel, si quiere. Puede ser un socio leal del Gobierno de coalición, fortaleciendo su perfil progresista y plurinacional. Para hacerlo deberá superar aquella lógica tan <CF1001>pujolista </CF>de tener como brújula prácticamente única los equilibrios en Cataluña. Una lógica flexible en los actos, pero rígida en sus fundamentos. Esa manera de hacer política en sus actos llevó a participar de la vida política española, pero en sus fundamentos no se apartó de su objetivo prioritario: la consolidación de un proyecto nacional sustancialmente conservador, hegemonizado por su fuerza política. Si es verdad que el independentismo de ERC es de izquierdas y no nacionalista, como se ha preciado en decir siempre, la superación de esa lógica y el compromiso sólido con esta fase de la política estatal deberían ser una prioridad absoluta. El argumento de que su objetivo es la independencia y no tiene sentido comprometerse con un proyecto de ámbito “español” es falaz. Las posibilidades de retomar cualquier iniciativa independentista en este momento están cercenadas por la situación económica y, sobre todo, por el anclaje europeo. Dicho de forma clara: ahora más que nunca, plantear demandas independentistas es tanto como quedarse fuera de un proyecto europeo que es el único vector real de la posibilidad de no quebrar económica y socialmente.

Justo por esta razón, también en el escenario catalán ERC puede y debe desempeñar un papel distinto al que ha jugado en los últimos años. Mantener la coalición de Gobierno con JxCat no tiene ningún sentido en el nuevo contexto. Aún menos cuando ese espacio tan revuelto ha asumido la inutilidad, la propaganda y la deriva identitaria como forma de hacer política. Es una propuesta que en toda Europa tiene un público, como se ha demostrado. La pregunta es si se tiene que confrontar con ella, o ayudarla a consolidarse. Romper con la dinámica del procesismo—tan trufada de propaganda y tan hueca de contenidos democráticos, como demuestra el acoso al que está siendo sometida incluso la propia ERC— es la condición imprescindible para que en Cataluña se pueda volver a la utilidad de la política desde una perspectiva progresista capaz de dar respuestas a los retos de cohesión social que ya están aquí.

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ERC tiene muchas responsabilidades, seguramente muchos obstáculos, pero también muchas oportunidades por delante. Ahora hace falta que, de una vez por todas, se atreva sin mirar atrás.

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