El día “flamenco” de Torra

Sabrià se acurrucaba en su escaño, sin paraguas para el chaparrón. Llevamos meses sabiéndolo: no hay tregua en la familia independentista

El presidente de la Generalitat, Quim Torra, con mascarilla, en el Parlament.
El presidente de la Generalitat, Quim Torra, con mascarilla, en el Parlament.David Zorrakino (Europa Press)

“Nunca se podrá gestionar Cataluña con un presupuesto autonómico. Nunca”. Resuena la voz de Quim Torra en el hemiciclo —resuena más estos días tristes, con la sala medio vacía—, con una afirmación contundente y sin matices posibles. A unos escasos dos metros —distancia de seguridad—, el vicepresidente y padre orgulloso de las últimas cuentas públicas, Pere Aragonès, lo escucha y trata de no revelar ninguna emoción. La mascarilla es una ayuda en estos casos (tal vez sería conveniente que este Govern tan mal avenido se la imponga como obligatoria en todas las reuniones, y hacer así de la necesidad virtud).

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Apenas unos diez minutos antes, el propio Aragonès había presumido de presupuestos —autonómicos— en otra respuesta parlamentaria; era a una de esas preguntas que los compañeros de partido —en este caso, ERC— plantean para que el conseller correspondiente se luzca, y de paso hacer un poco de precampaña. Como detalle, la pregunta que permitió al vicepresidente blandir los presupuestos —los que luego minimizó de un plumazo Torra—, era un canto a la bajada de tasas universitarias. Unas tasas que en Cataluña están por las nubes desde que las multiplicó el secretario de Universidades de Artur Mas, Antoni Castellà, hoy diputado en el grupo…de ERC.

El presidente de la Generalitat tenía el día fértil de declaraciones categóricas. Y parecía ávido de incomodar a ERC. Porque fue en respuesta al portavoz republicano, Sergi Sabrià, cuando minimizó la idea del “diálogo” con el Estado y condicionó la próxima reunión de la mesa a que se ponga fecha a un referéndum de autodeterminación. Fue una respuesta que empezó con una sonrisa condescendiente hacia Sabrià —”Usted siempre habla de diálogo, yo prefiero negociación”—, y evolucionó hacia esa épica en la que Torra se siente tan a gusto, con frases como “yo no quiero ser un testigo pasivo de la residualización del valor de ruptura del Uno de Octubre. Yo no”. Sabrià se acurrucaba en su escaño, sin paraguas para el chaparrón.

Llevamos meses sabiéndolo: no hay tregua en la familia independentista. Horas antes de la sesión, la diputada de ERC Jenn Díaz intervenía en la penúltima polémica sobre la periodista Pilar Rahola, una de las portavoces de facto de Carles Puigdemont. Rahola se ha comparado en una entrevista a la escritora Mercè Rodoreda. Díaz ironizó: “qué placer, si hubiésemos tenido tantas horas de Rodoreda en la televisión pública del país”, una alusión indisimulada a la omnipresencia de Rahola en TV3.

ERC y JuntsxCat solo ensayaron una frágil unidad defendiéndose de las criticas por la gestión del rebrote del Segrià. Aunque incluso aquí había tonos diferentes. La consellera Alba Vergès, de ERC, admitió que la situación es compleja y negó inoperancia. Torra fue más descarado —ya les he dicho que tenía el día flamenco, y perdónenme por el adjetivo desusado—, y se atrevió a contraatacar incluso en terrenos pantanosos y con los pies sobre arenas movedizas: cuando le sacaron a relucir la criticada gestión en las residencias, competencia autonómica, respondió acusando al Gobierno central. Y también consideró culpable al Estado de la penosa sobreexplotación de los temporeros de Lleida, por no haberlos regularizado. Al enemigo, ni agua.

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