Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Rectificación sin ofender

Es necesario que la política española entienda que la humillación y el rédito político de meterse con la política catalana son del todo miopes y para nada ayudan a la reconducción de la crisis catalana

Concentración delante de la consejería de Economía contra los registros de la Guardia Civil, en septiembre de 2017.
Concentración delante de la consejería de Economía contra los registros de la Guardia Civil, en septiembre de 2017.Alejandro García (EFE)

A nadie le gusta que le hagan notar que ha pasado años equivocado en las cosas del amor, de los negocios o de la política. Uno en su fuero interno ya puede haber llegado a tal conclusión pero le molesta que se lo recuerden a la cara. Le puede hacer rabiar. En el duelo del error los tránsitos son silenciosos. En este trance se encuentra parte de la sociedad catalana que llegó a vivir con entusiasmo la promesa de una independencia fácil, rápida e indolora. La promesa fue tan convincente que alcanzó a cautivar personas con aparente sentido crítico y alta capacidad de raciocinio. En muchas conversaciones sin reloj del pasado verano ya se ha infiltrado la duda y el asombro ante la pregunta formulada en voz baja: “¿Pero puede ser que no hubiera nada preparado?”. Pero continúan las ganas de no ser perturbados con respuestas hirientes u ofensivas. Conviene tener presente este recoveco de la psicología de una parte de la sociedad catalana en vistas a una salida al actual estancamiento político y a la desinflamación del frentismo social.

Entre los independentistas se ha infiltrado la duda ante la pregunta: “¿Puede ser que no hubiera nada preparado?”

La idea de la independencia es legítima y siempre se puede defender y plantear por vías legales. Qué gran error estratégico fue que el independentismo no optara por aprobar en el Parlamento catalán —teniendo título competencial para hacerlo— una propuesta de reforma de la Constitución española que incorporara el derecho a la secesión con unas normas de claridad para afrontar una eventual demanda de una parte del Estado. Dicha propuesta habría sumado la mayoría del Parlamento catalán y muy probablemente habría sido rechazado de entrada por el Parlamento español. Habría instalado una crisis constitucional inteligible en términos legales y políticos. Una crisis que habría obligado a abrir una fase de propuesta y contrapropuesta en aras de la búsqueda de una solución. No se optó por este camino. Se desbordaron los cauces. Exceso de emocionalidad en una parte y respuestas de recitador de oposiciones falto de olfato político por parte de los mandarines en los que se delegó la respuesta en los momentos más críticos. Un panorama desolador. Aparentemente este momento pasó, pero ha dejado imágenes grabadas en las retinas y secuelas en la memoria política. España sabe lo que pesa la memoria política honda en el voto.

Dejar correr el reloj de seis meses de Gobierno en funciones es una gran irresponsabilidad

El momento de aggiornamento silencioso de parte del nacionalismo catalán es un dato relevante. Es de todo punto necesario que este momento vaya acompañado de una política española que entienda que la humillación y el rédito político de meterse con la política catalana son del todo miopes y para nada ayudan a la reconducción de una crisis que llamándose catalana ha llegado a tener la capacidad de inyectar altas dosis de inestabilidad en la política española. En la búsqueda de una política que cortara con esta dinámica delirante estuvo la posición del nacionalismo catalán y vasco en la moción de censura de mayo de 2018. Pero no fue suficiente porque pronto los partidarios del “cuanto peor, mejor” tomaron cartas en el asunto. La Cataluña de 2021 votará de forma notablemente distinta de la que votó en diciembre de 2017 en unas elecciones convocadas al amparo del artículo 155 de la Constitución. La inhabilitación desproporcionada de Quim Torra fue anunciada como unos tiempos de ira en la calle y de resistencia gandhiana en las instituciones. Nada de ello sucedió. “¿Eso era todo?”, se preguntaron boquiabiertos los seguidores incondicionales de la ficción de que otoño de 2017 fue una “jugada maestra” del independentismo. Otra parte del catalanismo vuelve a declinar su voto en el terreno del pragmatismo en tiempos de pandemia y crisis económica. Solo queda una lucha insomne de desgaste entre los dos socios del Govern. “No es la lucha por la independencia sino por la presidencia”, dice una voz que queriendo ser irónica practica un retratismo hiperrealista. Y de fondo la infantilización de la política después de tantos años en los que los líderes no han explicado los costes de los retos planteados.

Se debían haber convocado elecciones antes de la sentencia. Dejar correr el reloj de seis meses de Gobierno en funciones es una gran irresponsabilidad que deja el país sin presupuestos ni liderazgo. La radicalidad en Cataluña hoy consiste en superar la antipolítica y el activismo iluso que han hecho descarrilar el prestigio de nuestras instituciones de autogobierno. Es posible recuperar el tiempo perdido. En Cataluña se va a votar distinto.

Jordi Xuclà es vicepresidente de la Internacional Liberal

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