Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Un minuto nada más

El día que Felipe VI regresó a Barcelona, Artur Mas, Carles Puigdemont y Quim Torra contraprogramaron el evento con una comparecencia conjunta en la histórica capital del Rosellón

Artur Mas, Carles Puigdemont y Quim Torra, el pasado 9 de octubre en Perpiñán.
Artur Mas, Carles Puigdemont y Quim Torra, el pasado 9 de octubre en Perpiñán.David Borrat (EFE)

El virus puede con todo. Tan pendiente nos tiene su combate contra la humanidad y tan escasa sabemos nuestra defensa que apenas disfrutamos de treguas para fijarnos en otras circunstancias que siguen definiendo nuestras vidas. Y cuando lo hacemos, todo nos parece menor. Anécdotas sin importancia que vienen a entretenernos, cuando no a indignarnos un poco más si estamos ya en modo sulfurado. Nos sobran razones. Por eso, algunas noticias que en otro momento nos hubieran atraído e incluso interesado las archivamos en el cajón de sastre de nuestra memoria. Así pasó, por ejemplo, con la reunión que los tres últimos presidents de la Generalitat mantuvieron en Perpiñán hace tres semanas.

El 9 de octubre fue el día que Felipe VI regresó a Barcelona con muchos meses de retraso. Lo hizo acompañado de Pedro Sánchez y la excusa era la concesión de unos premios económicos promovidos por el Consorcio de la Zona Franca entre nuevos emprendedores. El acto servía también para intentar enterrar la polémica sobre la supuesta distancia existente entre Moncloa y Zarzuela a raíz del impedimento del Ejecutivo al jefe del Estado para presidir la entrega de los despachos judiciales, como había sido habitual. No hace falta recordar la trifulca que se organizó con el juez Carlos Lesmes actuando como amante despechado.

Ante la expectación que suponía el retorno, Artur Mas, Carles Puigdemont y Quim Torra contraprogramaron el evento con una comparecencia conjunta en la histórica capital del Rosellón. Cuales tres tenores del agravio por su abrupto final institucional, los expresidents acusaron al monarca de permitir e incluso fomentar sus respectivos destinos políticos. Tres presidentes, tres represaliados, sentenciaron. Y, por un momento, cada uno de ellos pretendió hacer olvidar el minuto que marcó cada una de sus vidas y, de paso, las nuestras. Aquel instante en que pudieron tomar una decisión contraria a la que eligieron. El suspiro durante el que, como en Match Point de Woody Allen, “la pelota alcanza a pegar en la red y, por una décima de segundo, puede seguir su trayectoria o bien caer hacia atrás”. Porque los tres dispusieron de ese santiamén en el cual la suerte determinó lo que ellos seguramente no pretendían.

Pero allí estaban, haciendo de la necesidad virtud, recuperando el juego largamente estudiado y “temiendo reconocer qué parte tan grande de la vida depende de la suerte. Da miedo pensar que sea tanto sobre lo que no tenemos el control”, reflexiona el protagonista de la película, antiguo profesional del tenis. O quizás en aquellos tres casos, sí. Y erraron.

A la vista de lo sucedido, es obvio que Artur Mas inclinó la balanza del futuro alterado de Cataluña cuando el 8 de enero de 2016 dio el paso al lado para facilitar el pacto entre Junts pel Sí y la CUP. Era la condición de quienes deseaban mandarle a la papelera de la historia, como hicieron. Y lo que las urnas no le dieron al independentismo oficial se corrigió a través de la negociación con el secesionismo alternativo, como describió el president en funciones. Dejaba así el camino franco evitando convocar nuevas elecciones, como podía haber hecho y elegía a Carles Puigdemont como relevo.

El diputado y alcalde de Girona también tuvo a su alcance el punto del partido el 26 de octubre de 2017. Aquella jornada que llegaba precedida de un fuerte tira y afloja sobre qué hacer para evitar la aplicación del artículo 155 en Cataluña como consecuencia de lo sucedido las semanas anteriores con el 1 de octubre como fecha determinante. Y si durante la madrugada la decisión tomada era convocar elecciones, la reflexión y las presiones posteriores le llevaron a trasladar al Parlament la respuesta que todavía arrastramos hoy.

El caso de Quim Torra es la tercera evidencia de cómo la pelota cayó donde no debía. Y aquí seguramente también participó la intransigencia personal de un político inexperto que hizo caso omiso a su entorno y a los organismos propios que le aconsejaron obedecer y retirar la famosa pancarta. Lo que se dijo pública y privadamente con pesar e ironía aquellos días acerca de la tozudez por librar una batalla inútil, la propaganda posterior lo reconvirtió en una hueca heroicidad, como ha demostrado la sentencia reciente. Pero, en cualquier caso, su momentum le situó en la foto de Perpiñán.

Observando como la suerte buscada les fue aciaga a los tres, es fácil entender su justificación y que pretendan seguir jugando unos partidos finalizados. Y que insten a sus seguidores a reconfortarles en su dolor y a persistir en sus objetivos emocionalmente respetables, pero políticamente sensibles. Exactamente, y siguiendo el guion de la película, para “aprender a esconder tu conciencia bajo la alfombra y seguir. Tienes que hacerlo. Si no, aquello te supera”. Y todo por un minuto. Un instante nada más.

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