opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El desbarajuste

Tenemos unas elecciones a la vista y los partidos que forman el gobierno comparten el mismo electorado, o sea que sus votos los ganan a costa de los compañeros de gobierno

El consejero de Trabajo, Chakir El Homrani, sale del hemiciclo del Parlament este viernes.
El consejero de Trabajo, Chakir El Homrani, sale del hemiciclo del Parlament este viernes.Enric Fontcuberta (EFE)

La segunda ola de la pandemia amenaza con elevar el desconcierto a máxima categoría: los ciudadanos han vivido un retorno a la mal llamada normalidad y ha resultado que era un espectro. Y al constatar que volvían a perder el control de sus vidas por orden administrativa han ido creciendo el malestar y la indignación. El Gobierno catalán en las últimas semanas ha ofrecido un lamentable espectáculo de desunión, desconfianza entre partidos, rivalidades personales, y miedo a la irritación creciente de una parte de las clases medias, es decir, de gentes del espacio social propio de su electorado.

Hemos visto pequeños asaltos de Ramon Tremosa a Pere Aragonès, ambos con aspiraciones presidenciales

Si en la primera pandemia Torra buscó la cohesión de grupo utilizando el Gobierno español como culpable de todos los males en una estrategia reactiva que consistía en apostar siempre por lo contrario que Madrid, ahora la pelea se ha instalado en el interior de la coalición de gobierno y la pugna de deslealtades entre las consejerías según el color de cada una de ellas. Incluso cuando son del mismo ramo, pero de distinto partido, como hemos visto con los pequeños asaltos del consejero de Empresa, Ramon Tremosa, al vicepresidente Pere Aragonès, ambos con aspiraciones de presidenciables. En suma, un espectáculo nada edificante en un momento convulso como este. La apelación a la prioridad absoluta de la salud para justificar decisiones impopulares no resulta muy creíble ante esta resurrección del lado más miserable de la política: quítate tú, que me pongo yo. Naturalmente hay una lectura fácil: tenemos unas elecciones a la vista y los partidos que forman el Gobierno comparten el mismo electorado, o sea que sus votos los ganan a costa de los compañeros de gobierno. Si además el trofeo es la presidencia de la Generalitat, es decir, ganar la iniciativa para los próximos años, la pelea sale inevitablemente a la luz.

Pero siendo cierta esta explicación, no es suficiente. Hay otros factores que favorecen esta indecorosa pelea a la que me temo que una parte de los protagonistas han llegado sin apenas darse cuenta. Una de las causas, por supuesto, ha sido la decisión de Torra de alargar la agonía de un Gobierno que ya se sabía tocado, después de haber anunciado elecciones a principios de año. Prórroga que se prolongó todavía más tras el infantil episodio de la pancarta, que lo llevó a salir de la presidencia.

La generación de los políticos de 2017 se aleja, pero su relevo no llega por un temor reverencial que nadie rompe

Pero las causas de fondo de esta crisis están en el impasse al que se ha llegado después de tres años de resaca del otoño de 2017. La reiterada apelación a la implementación del mandato del 1 de octubre y la autodeterminación ha servido en este período para apagar los fuegos, pero este tiempo ya pasó. Las palabras mágicas no solo ya no sirven para disimular la realidad de una crisis sanitaria, económica, social, educativa y, por supuesto, política, sino que más bien pueden acabar siendo factor de escarnio. Con lo cual es inevitable que surja todo aquello que la gran promesa pretendía esconder: las diferencias de intereses entre unos grupos y otros, que ya han servido para dividir el espacio de Junts; el miedo a espantar a las clientelas de cada cual; las diferencias ideológicas (puestas de manifiesto por ejemplo en la votación de la ley Celaá de educación); las rivalidades personales, y el vacío de liderazgo. La generación de 2017, unos en la cárcel, otros en el exilio, se va alejando, pero su relevo no llega por un cierto temor reverencial que nadie ha osado romper. El mismo hecho de que Pere Aragonès no haya asumido formalmente la presidencia que Torra ha dejado vacante es un síntoma de que los tiempos han cambiado pero el independentismo sigue prisionero de sus inercias. Y el desbarajuste de estos días no es ajeno al hecho de que nadie ocupe la peana presidencial: falta al mando alguien al que se le reconozca que ante cualquier desavenencia tiene la última palabra.

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No es por tanto una crisis coyuntural, aunque sí expresa el enorme desgaste de quienes han lidiado con este momento enrevesado en que la pandemia se ha entrometido en la fase de descompresión del procés. Cuando lobbies y sectores económicos han empezado a movilizarse porque la situación se acerca al límite, el Gobierno ha quedado desbordado. Y se ha puesto en evidencia que hay sensibles diferencias en los intereses de cada parte. Y que no solo de la independencia viven los partidos (y sus electores).

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