opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

La utopía indisponible

La idea de independencia ha periclitado como proyecto político y se ha convertido en una mera identidad electoral

Carles Puigdemont, Quim Torra i Artur Mas, el 9 de octubre en Perpiñán.
Carles Puigdemont, Quim Torra i Artur Mas, el 9 de octubre en Perpiñán.David Borrat (efe)

La independencia está dejando de ser una idea o proyecto político y lleva camino de convertirse en un símbolo, una mera creencia o una forma de identificación ideológica. Esta impresión viene avalada por las encuestas, pero también por los comportamientos de las fuerzas independentistas, tanto en su actividad parlamentaria como en sus responsabilidades de Gobierno.

Las encuestas ya nos venían diciendo que la idea nunca ha contado con la mayoría social en Cataluña. Ahora, además, ha regresado a los niveles de popularidad con que contaba al inicio del proceso independentista, cuando los encuestadores empezaron a preguntar por ella sistemáticamente. Y son muy pocos los catalanes, no llegan al 10 % en una encuesta del ICPS (Instituto de Ciencias Políticas y Sociales de la UAB), los que creen todavía que se alcanzará el objetivo propuesto de la independencia.

El independentismo no ha conseguido ni la ruptura ni la reforma y se ha instalando en un sistema de desori

Este último dato demoscópico es importante, puesto que para que venza una opción política es fundamental su credibilidad. En cambio, son un 42 % los encuestados que creen que terminará con una mejora del autogobierno y un 26 % con el decaimiento u abandono de la reivindicación. El detalle de la encuesta revela que los creyentes ya no son mayoritarios ni siquiera entre las formaciones independentistas: solo un 26 % de los votantes de JxCat y un 27 % de la CUP creen todavía en los Reyes Magos de la Independencia, cifra que disminuye hasta el 13 % de Esquerra. Son mayoría los votantes de cada una de las opciones que creen que terminará con el acuerdo Cataluña-España, con la señalada excepción de Ciudadanos.

El prestigio de una idea surge del prestigio de quienes la defienden e intentan convertirla en políticas concretas cuando gobiernan. Desde este punto de vista hay que decir que los comportamientos de los independentistas no han sido precisamente una ayuda para la independencia. No consiguieron alcanzarla cuando se comprometieron no tan solo electoralmente sino en multiplicidad de declaraciones solemnes y resoluciones incluso parlamentarias. Tampoco consiguieron mantener encendida la antorcha, a través de los mecanismos ingeniados para ello, como el Consejo de la República y la consulta permanente con la presidencia legítima de Carles Puigdemont. Y ni siquiera han conseguido prestigiarse mientras tanto como gobernantes del autogobierno realmente existente, más bien lo contrario.

Su incapacidad tanto para alcanzar la independencia como para administrar decentemente la realidad del día a día sin pelearse ha sido y sigue siendo proverbial. Este extraño gabinete sin presidente, poblado de todos los oportunismos, disfunciones y envidias electoralistas, está consiguiendo desbordar todos los límites conocidos del ridículo. Si el país no atravesara un momento tan trágico, por las víctimas de la pandemia, por los efectos de los confinamientos y por la brutalidad de la recesión que se aproxima, sería una oportunidad de oro para la industria del entretenimiento, especialidad humor y caricatura. Pero no es una broma. Para este desgobierno independentista que habrá que sufrir hasta el 14 de febrero vale perfectamente un oxímoron de Josep Pla de los tiempos de la Segunda República: es un sistema de desori (un sistema de desbarajuste).

Este extraño gabinete sin presidente está consiguiendo desbordar todos los límites conocidos del ridículo

Hay desori en Barcelona y hay desori en Waterloo. Puigdemont ha conseguido eludir el titular infamante. Pero la verdad camuflada de su falsa presidencia es que ya ha tirado la toalla al renunciar a encabezar la lista electoral de JxCat y enterrar sigilosamente las pretensiones legitimistas de las próximas elecciones. Prefiere mantener el sueldo de eurodiputado a jugársela de nuevo, a sabiendas de que los electores ya están avisados de la inutilidad de su voto para hacer valer el inexistente mandato del 1 de octubre y la falsa declaración de independencia del 27. La República es una estafa y la Casa de la República, también.

La independencia era una idea inviable y quienes se comprometieron a obtenerla y aplicarla no han sabido gobernar ni siquiera una etapa previa a la independencia. Y sin embargo, esa idea desgastada e idealista, sin traducción práctica, seguirá teniendo tracción entre los votantes. Solo se explica porque estos ciudadanos no votarán en favor de un programa que saben quimérico, sino para afirmarse en su identidad ideológica ante el fracaso inocultable que sus adversarios les recuerdan permanentemente. Tienen razón, no cambiarán. La fe no se puede cambiar, Incluso sucede lo contrario: Credo quia absurdum. Creo porque es absurdo.

La independencia, según la brillante formulación de Marina Subirats, era la utopía disponible. Frente a la parálisis política, al mantenimiento del status quo, las crisis ideológicas de las utopías sociales y la ausencia de alternativas atractivas, surgió como por ensalmo una utopía que se presentaba como síntesis de todas las emancipaciones, alrededor de la palabra mágica que las resumía. Ahora ya sabemos que era solo la liebre que hacía correr al mundo convergente y a Esquerra en pos de la hegemonía nacionalista. Quien consiguiera el gobierno y encabezara la negociación sería el que se llevaría el trofeo, que no era la independencia. La utopía independentista fue un engaño. Estuvo disponible durante un tiempo, pero ahora, como todas las utopías, también se halla indispuesta.

Sobre la firma

Lluís Bassets

Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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