MONTSERRAT CARULLA
Análisis
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

Montserrat Carulla: una gran reina de la escena

La matriarca protagonizó una larguísima carrera tan cargada de poderío escénico como de popularidad

Montserrat Carulla, en una imagen de 2015.
Montserrat Carulla, en una imagen de 2015.Servicio Ilustrado (Automático) (Europa Press)

Montserrat Carulla murió ayer a los noventa años: nadie lo diría. Siempre fue muy atractiva, y capaz de interpretar por igual teatro de humor que piezas dramáticas. Tenía una fuerza que brotaba de su mirada y que no dejó nunca de exhalar, y una dicción clara y poderosa, tanto en catalán como en castelllano. A mí me recordaba a una de las grandes reinas del boulevard: Jacqueline Maillan. Pensar en la Carulla es pensar, obviamente, en una familia teatral: en su primer marido, Felipe Peña; en sus hijos, Roger y Vicky Peña, las hermanas de Roger y Vicky (Isabel y Marina), y en Mario Gas, el compañero de Vicky Peña.

La matriarca no dejó de trabajar (teatro, La música de les paraules, dirigida por su hijo en 2016, y series de televisión, Sé quien eres, del año siguiente) y sus grandes éxitos comienzan a desbordar la lista con piezas de Josep Maria de Sagarra entre finales de los 50 y comienzos de los 60 (Soparem a casa, El fiscal Recasens, la versión sagarriana de Romeo y Julieta) hasta los primeros 2000, cuando alcanza sus cotas de poderío y popularidad.

Se impone, pues, elegir, de entre muchos, los títulos que protagonizó en Madrid y Barcelona. En 1965, por ejemplo, José Luis Alonso la dirigió en los amplios repartos de El zapato de raso, de Claudel, A Electra le sienta bien el luto, de O´Neill, y La dama duende, de Calderón. En 1970, y Barcelona, brilla en Flor de cactus, de Barillet y Grégy, dirigida por Sergi Schaff (que en Madrid protagonizaron Julia Gutiérrez Caba y Alberto Closas), 40 quilates, también de Barillet y Grédy, a las órdenes de Closas, y dos éxitos de Ricard Salvat, en 1971: El caballero de Olmedo, de Lope, y La filla del mar, de Guimerà. En los setenta hay temporadas que actúa en cuatro o cinco piezas por año. Entre mediados y finales de los setenta hay que distinguir, entre muchas, nada menos que Roses roges per a mi, de Sean O’Casey; Equus, de Peter Schaffer; La gata sobre el tejado de zinc caliente, de Tennessee Williams; Panorama desde el puente, de Miller (de nuevo con Alonso, en Madrid), y el exitoso Hamlet con Enric Majó a las órdenes de Pere Planella en 1980.

En la década de los 80 cabe destacar Revolta de bruixes, de Benet i Jornet, a las ordenes de Montanyés y Sagarra, y los primeros montajes de Lluís Pasqual Primera història d’Esther, de Espriu; Luces de bohemia, de Valle). Mario Gas la dirige en El temps i els Conway, de Priestley; John Strasberg, en Maria Rosa, de Guimerà.

A finales de los 90, la Carulla sigue estando espléndida en Àngels a Amèrica, de Kushner, que inaugura el Teatre Nacional de Catalunya (TNC) dirigida por Flotats. Mario Gas la llama para un brillante papel en Guys and Dolls, de Runyon, Loesser, Swerling y Burrows, y dos piezas donde brillan madre e hija, Montserrat Carulla y Vicky Peña: en la tremenda La reina de bellesa de Leenane, de Martin McDonagh, y el gran musical A Little Night Music, de Sondheim y Wheeler.

Ya en los años 2000, Joan Ollé saca lo mejor de la madurez de la estrella con La plaça del diamant, de Mercè Rodoreda; Coral romput, de Vicent Andrés Estellés; El quadern gris, de Josep Pla, y El jardí dels cinc arbres, de Espriu. Desde entonces hasta su desaparición, a Carulla le quedan veinte representaciones. Y sigue en televisión y películas: la última, en 2015, Barcelona, noche de invierno. Dos errores fruto de la apresurada despedida: en el mundo rutilante de Montserrat Carulla no hay que conjugar términos como “desaparición” y “última”. ¡Larga vida, maestra!


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