Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

La libertad en tiempos de mudanza

La fascinación por el autoritarismo, que siempre encuentra territorio fértil en los momentos de extrema vulnerabilidad, convive con la apremiante interrogación sobre el futuro de la democracia

Invasión del Capitolio de los Estados Unidos, el pasado 6 de enero.
Invasión del Capitolio de los Estados Unidos, el pasado 6 de enero.Mike Theiler (Reuters)

Detecto estos días un peculiar estado de ánimo en las generaciones que crecimos entre los 50 y los 70. Una sensación de cambio de época como si nuestro tiempo hubiera pasado y los marcos mentales desde los que habríamos configurado nuestras vidas dieran señales de desgaste e impotencia a la hora de interpretar un mundo en cambio acelerado. Al peso físico y psicológico de la pandemia, en un tiempo embadurnado que lastra los automatismos de nuestras vidas, hay que añadir el poder simbólico del asalto al Capitolio de Washington, como si alguien quisiera recordarnos a gritos que la democracia está en peligro. De pronto en un lugar mítico de la democracia liberal las campanas doblaban por la democracia.

La percepción de la vida cotidiana y la construcción de los referentes de cada período son el resultado, mutante y a menudo caprichoso, del encuentro entre la subjetividad, personal e intransferible, que nos vamos construyendo día a día, y el peso de los discursos que se apoderan de una situación en un momento determinada (y lo llamamos hegemonía ideológica) Cuentan por supuesto lo factores de edad, condición social y percepción de los espacios comunitarios. Hubo mucha gente a la que se le escapó que los años setenta habían sido un cementerio para todo tipo elefantes ideológicos, marcando un punto final a un ciclo que empezó en las movidas del 68. Las fabulaciones de aquellos años, hicieron que tardara en detectarse la gran mutación del capitalismo que se llevó por delante el marco cooperativo que permitió la reconstrucción en la postguerra europea, iniciando la época del sálvese quien pueda y de la validación de los comportamientos conforme al criterio de los mercados. Con retraso, algunos constatan ahora el declive de sus sueños de juventud, sin apenas ánimo ya para actualizarlos.

Sin embargo, hay quienes entendemos que es el ciclo abierto en 1979 (la era de Margaret Tatcher y Ronald Reagan), muy tocado desde 2008, el que ha agotado su capacidad de sugestión y sumisión. Y repasamos con perplejidad la historia de una izquierda que se hizo corresponsable de esta deriva. Con la pandemia se ha hecho visible una mutación que ya venía de lejos, pero que ahora resulta patente a la vista de que las grandes compañías globales han reforzado su hegemonía a pesar de los esfuerzos de los Estados para demostrar que todavía existen encerrándonos a todos en casa por decreto ley.

Estamos por tanto en tránsito. Al principio de la pandemia, la reacción del sistema chino, desplegando todo su poder de dominio y control, puso a la sociedad bajo cobijo con alarmante eficacia, ahora, la mancha del ataque al Capitolio, llena de sombras a la potencia que dominó el último siglo. La fascinación por el autoritarismo, que siempre encuentra territorio fértil en los momentos de extrema vulnerabilidad, convive con la apremiante interrogación sobre el futuro de la democracia. Hace unos meses se hablaba del retorno a la guerra fría, con Estados Unidos y China como protagonistas, con la confianza, como dijo David Gardner, que la magia del softpower pudiera con la fascinación del autoritarismo. Ahora esta hipótesis ya no parece tan evidente. Y la pregunta deriva de manera directa hacia el futuro de la democracia. Ha cambiado el sistema de comunicación sobre el que se fundó. ¿Es posible la democracia en tiempo de las redes sociales?

¿Cómo evitar que las estas redes que en su día fueron presentadas como promesa de empoderamiento de los ciudadanos por la vía de la palabra, acaben convirtiéndose en un sistema de opresión? ¿Qué cambios se requieren para encontrar acomodo a la democracia en esta nueva fase? Esta mutación ha pillado a contrapié a los partidos tradicionales que constatan con inquietud que sus monopolios están en cuestión y se aferran a la tentación de reducir el espacio de lo posible, en un momento en momento que la demanda de representación multiplica los actores políticos. La desproporción de fuerzas entre las ubicuas compañías globales y las democracias liberales siembra de dudas el futuro. ¿Quién y cómo puede reagrupar a la ciudadanía, volver a conformar espacios compartidos, garantizar la soberanía ciudadana frente a los nuevos poderes? La mutación en curso plantea la más recurrente de las cuestiones: ¿cómo salvar la libertad? Y, sin embargo, empezamos mal si las nuevas generaciones –las que gobernarán el futuro- arrancan con el hándicap de ser las más castigadas por las crisis económicas, sociales y educativas acumuladas.

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