Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El hecho diferencial de Díaz Ayuso

Al reivindicar una supuesta identidad madrileña, la candidata del PP intenta consolidar a la comunidad de Madrid como la genuina representante de un neonacionalismo español desacomplejado y excluyente

La presidenta de la Comunidad de Madrid y candidata del PP, Isabel Díaz Ayuso, durante un acto electoral en Majadahonda este sábado.
La presidenta de la Comunidad de Madrid y candidata del PP, Isabel Díaz Ayuso, durante un acto electoral en Majadahonda este sábado.Isabel Infantes (Europa Press)

Quién podía imaginar que las elecciones autonómicas de Madrid girarían algún día en torno a la defensa de una supuesta identidad madrileña amenazada. Díaz Ayuso ha apostado en esta campaña por la polarización porque es la mejor forma de sortear las evidentes carencias de su política, especialmente en la gestión de la pandemia. Como se vio en el único debate en el que participó, la candidata del PP se maneja mucho mejor en la confrontación ideológica que en la discusión de las políticas públicas, y tampoco le interesa el cuerpo a cuerpo con sus adversarios. Ella apunta por elevación: Madrid contra el gobierno de Pedro Sánchez, consciente de que si le sale bien el envite, puede aspirar a mucho más.

A la izquierda le resulta difícil confrontar con una retórica destructiva que desprecia la verdad y el debate racional

En la primera fase de la campaña llevó claramente la iniciativa con una dicotomía tan forzada como falsa, la elección entre “libertad o socialismo” y “libertad o comunismo”, como si el PSOE y Unidas Podemos fueran fuerzas totalitarias, cuando es ella quien se dispone a gobernar con Vox, el partido de la ultraderecha que se permite proponer la expulsión de sus adversarios de la política y hasta del país.

La tendencia a la polarización y al populismo son fenómenos globales, pero Díaz Ayuso ha llevado los postulados del trumpismo a un extremo difícilmente soportable. Y muy difícil de combatir. A la izquierda educada en los principios de la ilustración, acostumbrada a utilizar la racionalidad en su aproximación a la realidad, le resulta especialmente penoso confrontar con una retórica destructiva que desprecia la verdad, en la que no importan los hechos sino las percepciones, y en la que predominan los elementos emocionales. En este aspecto, la campaña de Ayuso ha entrado en perfecta sinergia con la de Vox. Cuando Santiago Abascal arremete contra el “consenso progre”, no ataca únicamente el ideario progresista. Ataca sobre todo la búsqueda del diálogo y el consenso como método democrático de resolución de conflictos.

No resultaba fácil para la izquierda responder con acierto a este envite. El candidato socialista, Ángel Gabilondo, ha sido criticado por haberse dejado arrastrar a la dinámica de polarización y a la confrontación ideológica, en lugar de intentar un debate sereno. Pero ¿qué otra salida tenía? Resulta injusto culpar ahora de polarizar a quien era la víctima propiciatoria de la estrategia polarizadora de Díaz Ayuso. Intentar debatir desde la racionalidad y el respeto con quien no está en absoluto interesado en hacerlo solo conduce a la frustración y a la melancolía.

Siempre que ha perdido el poder, la derecha española ha recurrido a agudizar la confrontación para recuperarlo. Fue la estrategia de Aznar (“paro, despilfarro y corrupción”) para desbancar a González; la de Rajoy (“usted traiciona a los muertos permitiendo la recuperación de ETA”), para derribar a Rodríguez Zapatero, y esa es ahora también la estrategia del PP contra Pedro Sánchez: primero calificando de golpe de Estado la moción de censura y ahora que Sánchez ha sido refrendado en las urnas, considerando ilegítimo el gobierno por las alianzas que lo sostienen.

La última deriva de Díaz Ayuso resulta especialmente sorprendente. En su estrategia de confrontación con Sánchez no ha dudado en utilizar algunos de los planteamientos que tanto criticaba el PP en el secesionismo catalán: una constante insumisión a las normas y una clamorosa deslealtad institucional. Con la misma virulencia con la que acusaba a Pedro Sánchez de cercenar la libertad de los madrileños con el decreto del estado de alarma, critica ahora que el Gobierno central no quiera prorrogarlo.

Siempre que ha perdido el poder, la derecha española ha recurrido a la confrontación para intentar recuperarlo

Pero lo más relevante de esta deriva es su reivindicación de una supuesta identidad madrileña amenazada por la alianza social-comunista, que tiene como “hecho diferencial” un sentido de la libertad que según ella no se daría en otras partes de España. Pero, ¿qué identidad diferencial tiene Madrid, una sociedad de aluvión donde las haya, con un 40% de su población venida de fuera? ¿Y qué libertad es la que está amenazada, la de salir por las noches a tomar unas cañas? ¿La libertad de hacer lo que a cada uno le venga en gana sin tener en cuenta el coste para los demás?

En realidad, cuando Ayuso proclama que “Madrid es España dentro de España” y defiende una identidad diferencial madrileña, está intentando presentar a la comunidad de Madrid y su capital como las genuinas depositarias de un neonacionalismo español desacomplejado y excluyente que niega, como siempre ha hecho, la legitimidad de cualquier otra identidad nacional. La identidad de Madrid de la que habla Ayuso es el nacionalismo español. Combina un discurso desafiante con aromas de franquismo y una insolencia que le permite sortear cualquier exigencia de responsabilidad por las políticas aplicadas, las que han dejado en la estacada a los más vulnerables. Sobrecoge ver cómo banaliza los asuntos más serios alguien que ha tenido y puede seguir teniendo el poder de arruinar la vida de mucha gente.

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