Los Hermanos Cubero revisan el folclore castellano

El grupo de la Alcarria han actuado en el Coliseum en un ciclo del Primavera Sound

Concierto de Los Hermanos Cubero en el Teatro Coliseum de Barcelona dentro de una ciclo del Primavera Sound.
Concierto de Los Hermanos Cubero en el Teatro Coliseum de Barcelona dentro de una ciclo del Primavera Sound.MASSIMILIANO MINOCRI (EL PAÍS)

Parece una historia increíble. Dos hermanos de la Alcarria, con pinta de poder ser de Iowa, manchegos de Iowa, afincados en Cataluña, amantes del folclore popular castellano y también del bluegrass, recuperadores de viejas canciones que la misma memoria va olvidando, alcanzan predicamento entre un público que probablemente apenas tiene folclore en su discoteca doméstica. Personas que jamás se han acercado por el Tradicionàrius llenando en Coliseum para escuchar jotas. En un ciclo del Primavera Sound, a la sazón firma que les ha permitido entrar en un público que a priori no les habría de resultar propio, que durante una semana y con diversas propuestas ha llenado el teatro de la Gran Vía en el cual los Hermanos Cubero resultaban la propuesta más disímil, una mirada a las raíces musicales que en tiempos del franquismo se quisieron sustituir con los Coros y Danzas y aquellos fastos de la Demostración Sindical de cada primero de mayo. Los Hermanos Cubero, una memoria bien viva. Los Hermanos Cubero, ejemplo de que la música puede saltar cualquier frontera, cualquier prejuicio.

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Roberto toca la mandolina, es más bajo que Enrique y tiene un aspecto tan singular que podría parecer cualquier cosa, desde miembro de un grupo de rockabilly al primo listo de cualquiera. Toca la mandolina, sonríe mucho y para agradecer los aplausos voltea su instrumento, en cuya parte de atrás pone gracias. Enrique es más alto y espigado, tiene el cabello alambrado, el rostro huesudo, canta y toca la guitarra y suele tocarse con sombreros vaqueros de ala ancha. Además de la música popular les une un hilo de humor que arranca la sonrisa tras una centésima de segundo de perplejidad, humor que ellos usan con temáticas recurrentes a lo largo de un concierto. El viernes fue su centro María San Miguel, violinista que les acompañó en escena para materializar las canciones de su particular Proyecto Toribio, piezas instrumentales recogidas del anónimo violinista Toribio Del Olmo, natural de Algora y alma de las fiestas populares en la Guadalajara de inicios del XX, cuando el violín era rey del folclore popular de la zona. Proyecto Toribio, un nombre perfecto y atinado a la altura de unos hermanos que sin pudor manosean una memoria que en sus manos es renovación en presente continuo.

Y ahí teníamos a los amantes de Nick Cave, Arcade Fire y mañana de Dry Cleaning dando palmas a pasodobles, mazurcas, jotas, seguidillas y pericones –una mazurca más rápida, explicaron los Cubero- interpretados con violín, mandolina y guitarra, creando un marco mental castellano, reseco y adusto, alegre y popular, lleno de personajes que aman, mueren y se entristecen. Y todo ello explicado con una música que en buena medida ha llegado a los Cubero mediante grabaciones de campo. Pero los Cubero presentaban además su otro disco, Errantes telúricos el que les une a diversos artistas a los que llamaron para dar vida a más cancionero popular y también propio –ambos casi imposibles de distinguir, lo mejor que se puede decir de un repertorio así-. Alguno de estos colaboradores les acompañó en el Tívoli, como un Rodrigo Cuevas en su salsa, recuperando de paso otra memoria, la de Rambal, el farandulero gijonés asesinado por la intolerancia o un Josele Santiago que aplica junto a los Cubero la máxima que sugiere buscar problemas a los problemas. Sabiduría popular en una fiesta que acabó con baile en el escenario. Como manda la tradición.

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