Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Ser catalán no es nada fácil

El influjo de la política irlandesa, que ha irradiado durante un siglo largo sobre los movimientos nacionalistas de toda Europa, ha llevado al catalanismo de distinto pelaje a cometer muchos errores

Jordi Cuixart abraza al ministro de Política Territorial, Miquel Iceta, durante la toma de posesión de Pere Aragonès.
Jordi Cuixart abraza al ministro de Política Territorial, Miquel Iceta, durante la toma de posesión de Pere Aragonès.Pau Venteo - Europa Press (Europa Press)

“Sois los escoceses de España y queréis ser los irlandeses”, soltó un periodista inglés en el Ateneu Barcelonès en los albores de la Primera Guerra Mundial cuando en la isla esmeralda crecía la demanda por la Home Rule. Por entonces, en Barcelona circulaba una irónica historieta sobre la relación entre “opresores” y “oprimidos”. Un catalán explica a un extranjero la situación política en Cataluña. Durante la perorata, pasan por una carretera. En la cuneta una brigada pica grava y suda vigilada por un capataz. “¡Ah! —exclama el extranjero—. ¡Estos —señalando a los peones— son los de la raza oprimida!”. “No, no —responde el otro— estos son los de la opresora”. “Entonces, ¿la figura bien vestida quién es?”. “El de la raza oprimida”, afirma el catalán ante la estupefacción de su compañero.

Hoy una parte de la población en Cataluña quiere ser como los escoceses en el imperio británico, otros como los escoceses actuales y votar en un referéndum de autodeterminación. Aún otros quieren ser como los irlandeses de comienzos de los años veinte o, directamente, los de los ochenta y “tirarle de la cola al león”, como dijo Gerry Adams en sus memorias, Antes del Alba. Por eso se desprecia a un señor que sopesa jugarse la presidencia y el Gobierno y va a arriesgar perder apoyos en su partido y votantes por tratar de encauzar un embrollo que crearon otros.

Por supuesto que, como ha expresado Jordi Cuixart, los indultos parciales —que en público el independentismo no le agradecerá a Pedro Sánchez— no resolverán el conflicto, pero abren un camino. Como lo hizo el abrazo del presidente de Òmnium Cultural al ministro Miquel Iceta en la toma de posesión de Pere Aragonès. ¿De otro modo, con la aritmética parlamentaria y estado de tensión política en España, como podrían los presos regresar con sus familias más pronto que tarde?

Oriol Junqueras lamentaba, con razón, esta semana en Televisió de Catalunya el poco tiempo que ha pasado con sus hijos en los últimos tres años y medio. Lo mismo cabe suponer que sienten los demás políticos independentistas encarcelados por firmes que se mantengan públicamente. Pero resulta que, según la presidenta de la Assemblea Nacional Catalana, Elisenda Paluzie, los indultos “si llegan no serán ningún éxito” sino una “decisión política inteligente del gobierno español contra el independentismo” porque “políticamente nos desarman e internacionalmente son nefastos”, según tuiteó el jueves 27.

El influjo de la política irlandesa, que ha irradiado durante un siglo largo sobre los movimientos nacionalistas de toda Europa e incluso de la India, ha llevado al catalanismo de distinto pelaje a cometer muchos errores. En este espejo, la ANC ha pasado de ser un grupo de presión que insuflaba alegría en el camino a la Arcadia a estar más cerca de ser uno que pretenda que Cataluña tenga sus propios Bobby Sands.

A nuestros particulares irlandeses, la Generalitat les molesta porque la institución de autogobierno rompe el esquema opresor/oprimido. También los Mossos d’Esquadra. El catalanismo persiguió desde su aparición las competencias de orden público y conseguidas estas ahora estorban porque tener enfrente a otros cuerpos de seguridad permitiría presentar de manera más simple el esquema de lucha contra un ejército colonial.

El catalanismo ha clamado por tener un aeropuerto más competitivo en Barcelona con conexiones internacionales y cuando, al fin, AENA propone ampliar El Prat y dar salida al agravio comparativo con Barajas tampoco eso place. Resulta que es un ardid del gobierno español para que se rechace y justificar una nueva inversión en Madrid. Y es que cuando uno quiere ser irlandés todo aquello que sea complejo y salga del esquema maniqueo del blanco y el negro es un engorro. Está bien claro que para algunos —tal como el escritor y crítico musical Rossend Llates tituló sus memorias— Ésser català no és gens fàcil.

En las últimas semanas Jordi Llovet mostraba en un par de artículos en el Quadern de este diario su desazón por la impotencia de la razón frente a una parte de la ciudadanía (mal) iluminada. Sin grandes expectativas y, a la vez, sin olvidar que el antagonista puede albergar también parte de certeza en sus argumentos, lo único que estos intelectuales y articulistas no deben dejar de hacer, por responsabilidad, es persistir. Pero eso el profesor ya lo sabe.

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