Opinión
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La concordia con el fascismo es fascismo

La sombra del franquismo es alargada. Y sus ecos resuenan todavía en las instituciones españolas. Con estilos y retóricas varias, los más destacados dirigentes del PP tienen en su currículum señales de comprensión con él

Pablo Casado (c), el exministro y presidente de la Fundación Transición Española, Rafael Arias Salgado (i) y el exministro y diplomático Ignacio Camuñas (d).
Pablo Casado (c), el exministro y presidente de la Fundación Transición Española, Rafael Arias Salgado (i) y el exministro y diplomático Ignacio Camuñas (d).RAÚL SANCHIDRIÁN / EFE

un hecho que a la derecha española le cuesta mucho soltar amarras del pasado. Fueron muchos años y, ciertamente, la sombra del franquismo es alargada. Y sus ecos resuenan todavía en las instituciones españolas. Con estilos, retóricas y prosopopeyas varias, los más destacados dirigentes del PP tienen en su currículum señales de comprensión con el pasado, ya sea por vínculos adquiridos, por convicciones personales o como recursos tácticos para ganarse a una parte de su electorado que dan por supuesto que sigue habitado por la melancolía del franquismo. ¡Y han pasado cuarenta años! Pero cuando se trata de cuestiones que afectan a los valores básicos de la democracia, jugar con ellos por tacticismo es peor que una frivolidad: es ponerse al lado de los que siguen cuestionado los valores de la democracia liberal, es decir, de los que vienen resucitando al nacional catolicismo de la cultura fascista.

n respuesta a la ley de memoria histórica presentada por el Gobierno, el presidente del PP, Pablo Casado, dice que ya tiene preparada una ley de concordia para sustituirla en cuanto llegue al poder. Casado debería saber que sólo hay una forma de concordia con el fascismo que es el fascismo. Y que por tanto no hay reconocimiento posible del franquismo en democracia. Al contrario: el franquismo, como todo fascismo, se sitúa fuera de los límites de lo aceptable y hay que combatirlo. Por si no fuera suficiente, en un debate entre los suyos, Casado no tuvo otra respuesta que instalarse en un rictus de sonrisa, mientras Ignacio Camuñas negaba el golpe de Estado que dio pie a la Guerra Civil. Si no tiene integrada la elemental verdad de la historia sobre el llamado alzamiento nacional, queda claro que Casado todavía no ha asumido que entre el fascismo (en su versión franquista, en nuestro caso) y la democracia no hay coexistencia posible. Y precisamente por ello, porque algunos ni quieren que se recuerde lo que paso ni quieren dar el reconocimiento institucional a las víctimas del franquismo, sigue siendo necesaria, aunque llegue con insoportable retraso, una ley de la memoria, que sitúe a la dictadura y sus herederos en su sitio.

Nunca será anecdótico un comportamiento de este tipo en un partido que se proclama democrático

Si a estas alturas el PP todavía no ha sido capaz de arrastrar a la parte más recalcitrante de su electorado a la cultura democrática probablemente tenga mucho que ver con las concesiones que sistemáticamente han hecho a sus voceros y por la falta de convicción en la crítica del franquismo y la denuncia del fascismo. De hecho, Pablo Casado, que parecía que pretendía ser la cara liberal de la derecha, no ha dudado en coquetear con el discurso de la extrema derecha y en asumir sus exigencias restrictivas en materia de derechos individuales cuando Vox se lo ha exigido para apoyarle. Nunca será anecdótico un comportamiento de este tipo en un partido que se proclama democrático. Pero menos todavía en una coyuntura de radicalización de la derecha en Europa y en la que hemos visto los devastadores efectos del fascismo digital en Estados Unidos, donde Trump llegó a las puertas del golpe de Estado, en un deterioro sin precedentes de la función presidencial y el republicanismo sigue siendo incapaz de negarle.

Sin pudor, alguno el PP se desmarcó de la votación contra Orban en el Parlamento europeo. ¿Qué hará ante el nuevo desafío del presidente húngaro? Con su referéndum homófobo Orban se ha salido por completo del marco de valores de la democracia europea. ¿Hasta dónde le seguirá Casado?

Casado, que pretendría ser la cara liberal, no ha dudado en coquetear con el discurso de la extrema derecha

Todos conocemos la filosofía espontánea del político: ganar es lo único que importa. Casado ve como el Gobierno aguanta a pesar de todo y sabe que si no gana en la próxima difícilmente tendrá segunda oportunidad. Sería triste que fuera verdad que a estas alturas para hacer el pleno de la derecha sea necesario buscar la concordia con el franquismo. Pero sea cálculo, frivolidad o convicción la actitud de Casado (como el de la derecha reaccionaria en general) interpela a las demás fuerzas políticas: ¿Por qué hay sectores de las clases populares que en momentos de angustia y de dificultad prefieren refugiarse en las falsas promesas del patritotismo facistoide y buscar culpables en el despliegue de las fobias con las que, en expresión de Santiago Alba Rico, “el asco se extiende cada día a nuevos cuerpos?” Es la pregunta que la izquierda ha de responder si quiere aclarar su futuro. Y no contribuir al ascenso del autoritarismo postdemocrático.

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