Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Volver por donde solían

En la comisión bilateral ambos tienen razón. Los unos por la acumulación de agravios y penoso listado justificativo y los otros por haber empezado a zurcir una tela largamente deshilachada

La comisión bilateral entre Gobierno y Generalitat, en Madrid.
La comisión bilateral entre Gobierno y Generalitat, en Madrid.RRF (Europa Press)

En política las grandes expectativas suelen frustrarse. Por lo menos a corto plazo. En estos tiempos de compromisos impacientes en los que todo se quiere ya, algunos aprendices de brujo cometen el error de ponerle fecha a su propio y breve calendario. Creen, ingenuamente o no, que su apuesta se corresponde con los momentos que viven pero que demuestran no saber medir. Juegan a tanta inmediatez que dejan para mañana la gestión de lo que se pueda incumplir hoy. Y así van provocando frustraciones mientras pretenden alargar esperanzas lanzando constantes cortinas de humo.

Si recuperáramos los anhelos fomentados por el independentismo el último decenio nos sorprenderían, por archivados, algunos augurios temporales malogrados. No así su desengaño que, aún disimulado, persiste. Esta y no otra es la razón que lleva al histórico y contumaz secesionista no militante en partido alguno por discrepar con sus métodos a insistir que la única pena que deberían haber pagado los líderes de los días aciagos era el castigo de las urnas. Pero no fue porque los contrarios decidieron seguir errando y convirtieron en mártires a quienes solo hubieran sido recuerdo. El teorema Forcadell acuñado por Lluís Bassets siguió vigente. La inteligencia no ha sido sinónimo de la política española para con Cataluña. Por lo menos hasta el inicio de esta etapa.

Hasta hace nada, la curiosidad creada en torno a determinadas reuniones que acababan con sus protagonistas dándose más tiempo, instaba a criticar tan poca efectividad. Al orillar públicamente lo complejo hacían creer que sería posible lo que de antemano se sabía improbable. Al contrario de cuando se citan los grandes estadistas. Crean un aire de pesimismo oficial previo directamente proporcional al acuerdo ya encauzado. Y así se considera un éxito lo que se proyectaba como potencial fracaso.

En estas estábamos cuando el halo de prudencia y recelo instalado entre los catalanes ha venido a revertir la situación. Se ha demostrado esta misma semana celebrando que la comisión bilateral conviniera que quedaban en quedar. Y así, lo que fue tendencia improductiva ahora es estimado síntoma de esperanza. Una reunión mensual hasta febrero para afrontar las muchas asignaturas pendientes que conforman un historial indigno de una democracia comprometida con el ciudadano como corresponde al sistema. Porque el incumplimiento tanto de los convenios asumidos como de las obligaciones legalmente dictadas sobre 56 traspasos pendientes no se puede entender como algo diferente a la vulneración de la ley. Algunas durante decenios. Caso de las becas aparcadas desde la sentencia del Tribunal Constitucional favorable a la Generalitat del año… ¡2001!. O el dinero comprometido para la eficaz gestión de Rodalies acordado en... ¡2009!. Por no hablar de una deuda reconocida por la propia Administración central de más de setecientos cincuenta millones de los que ahora se desbloquean doscientos para demostrar voluntad más que empeño.

Haberse abordado estas cuestiones con intención de solución pero sin concreción por parte del Ejecutivo español ha llevado al Govern a minimizar el inicio de trabajos de una comisión que no se reunía desde hacía tres años. Pero al seguir llenando de citas su agenda hasta febrero, este supuesto descontento se interpreta como una declaración a su galería para que siga intransigente. Lo mismo sirve para el Gobierno de Pedro Sánchez que predicó en sentido contrario. Y ambos tienen razón. Los unos por la acumulación de agravios y penoso listado justificativo y los otros por haber empezado a zurcir una tela largamente deshilachada.

Lo más significativo de esta representación es que la parte catalana ha estado encabezada por el vicepresidente Jordi Puigneró actuando al más puro estilo convergente. Lo demostró por la mañana con el principio de acuerdo sobre la ampliación del Aeropuerto del Prat del que se había mostrado claramente partidario cuando se presentó la propuesta para recelo de sus socios y desesperación de sus contrarios. No es extraño pues, que la multimillonaria inversión pactada con el sigilo propio de otras épocas haya recordado unos antecedentes que tantos réditos dieron pero que su actual formación parecía denostar. Lo mismo que ha hecho el conseller Jaume Giró al reanudar la participación del titular de economía en el Consejo de Política Fiscal. Y aunque ambas citas las haya avalado Pere Aragonès, a más de uno ha sorprendido que el president haya sido el único ausente del encuentro de Salamanca, donde se repartían los fondos europeos. Paradoja potenciada por ser él la voz del pacto y la dinamización de la mesa de diálogo y, en cambio, dos miembros de impertinente socio, arisco y reticente a acuerdos con España, se hayan colgado la medalla.

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Que esto tenga algo de representación arriba no esconde el mar de fondo de abajo. Dos años de tregua para resituarse que, en el caso de Junts, puede ser para recuperar la desacreditada práctica pujolista. Efímeras son las veleidades infantiles.


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