Teffi y la ensalada rusa satánica

Los punzantes textos que la cáustica y divertida escritora pergeñó en plena revolución bolchevique aparecen por vez primera en catalán

La escritora rusa Nadejda Aleksandrovna Lókhvitskaia (1872-1952), que firmaba como Teffi.
La escritora rusa Nadejda Aleksandrovna Lókhvitskaia (1872-1952), que firmaba como Teffi.

“La tasa de robos ha disminuido en los últimos tiempos. Los vecinos se alegran, lo atribuyen al hecho de que esta cuestión también la ha monopolizado el gobierno”, suelta con su ácida ironía connatural Nadejda Aleksàndrovna Lókhvistkaia, literariamente Teffi, sobre la vida en su San Petersburgo natal en 1919, entonces ya Petrogrado. A medida que los bolcheviques cierren el puño, sus artículos-retratos-cuentos crecen hacia lo hiperbólico, aunque tampoco están tan alejados de la realidad. “Y he aquí que un día fue a comprar un panecillo, cogió un maletín con dinero, cinco millones justos, se pasó cuatro días haciendo cola y cuando llegó su turno le comunicaron que el pan ahora valía dos millones más”, lanza en otro texto, con regusto al Larra de Vuelva usted mañana.

La ironía incisiva, cáustica, de Teffi (San Petersburgo, 1872; París, 1952) solía ir acompañada de cierta compasión sincera hacía los más desfavorecidos, lo que convirtió los relatos de esa joven de familia noble y tradición literaria (su hermana mayor, María, era considerada la Safo rusa) en una autora popular, retratista de un mundo que cambiaba irremediablemente, querida por un amplio espectro: desde los empleados de correos al mismísimo zar Nicolás II, algo que se acrecentó en sus escritos entre 1917 y 1919, aparecidos en revistas satíricas hasta que éstas fueron clausuradas y ella tuvo que huir de la nueva Unión Soviética hacia París en 1920. Cinc cèntims sobre Lenin (Males Herbes) recoge 41 de esas piezas, en la que es la primera traducción al catalán de esta autora, en versión de Alexandra Rybalko, y apenas la segunda en todo el Estado, tras los relatos en castellano de El duende del hogar (2010).

“Éramos personas y nos hemos convertido en bocas”, suelta en otro escrito a medida que avanza el tortuoso proceso revolucionario que Teffi desgrana en textos breves, muchas veces en forma de diálogos, siempre muy atenta a argot y a ensartar lo que llama la “propalogía”, neologismo de propaganda e ideología construido por el poder bolchevique. Que éste la mirara mal no es de extrañar a tenor de lo que describe, especialmente lo relacionado con aquellas “bocas” porque falta de todo: desde harina, mantequilla o arroz hasta electricidad (“sólo va cinco horas al día”) o leña. La gente ya no quiere dinero porque no vale nada: “Un pobre diablo comerciaba ni más ni menos que con billetes de 25 rublos (…) extendió sus billetes falsos y empezó a venderlos por 10 rublos la pieza”, cuenta. Todo el mundo se lanza al trueque de cualquier cosa (“pomos de puerta, viejos pantalones, relojes de oro…”) y cuando consiguen algo de comida, lo devoran: “Comen presos del terror, de la desesperación. Han dejado de guardarse reservas. Simplemente, se lo comen al momento, allí mismo, todo lo que les quepa”, retrata.

El desencanto de Teffi es gradual, pero rápido. Como muchos de su condición, aplaudió la revolución de Octubre, si bien ahora “todos quieren marchar. Hablo de la llamada intelligentsia”, aunque primero ironiza sobre el proceso revolucionario, pensando que mientras tuviera lugar y tras el éxito “todos fumarían pacíficamente en sus apartamentos y se explicarían anécdotas de la vida de Rasputín”. Y, ya instalado, el “pueblo liberado agradecería al destino poder demostrar todas sus cualidades morales: modestia, pasión hacia la luz, abnegación y sentido del deber”. Luego, la cosa es más seria porque “los medio analfabetos con pocos estudios y los ignorantes se disfrazan de intelectuales”: el nuevo poder del pueblo lleva a la expulsión del profesional liberal, sospechoso de burgués, destinado a hacer los trabajos más míseros mientras esos profesionales son substituidos por personas que no saben ni leer ni escribir.

Gamberros y santos ignorantes

Es todo fruto de la política bolchevique, gente que “nunca han sentido ni presentido los giros en la historia, no han pillado ningún movimiento obrero a tiempo”, que “nacieron privados de toda intuición política a un nivel insólito y pasmoso”. Peor si son leninistas, “bolcheviques, anarcosindicalistas, bandidos, ladrones con licencia... ¡qué ensalada rusa satánica! (…) Todos quienes busquen trabajar menos y zampar más que no duda en llamarse leninista”, escribe de los seguidores de un líder “faltado de empuje y de fuego”.

Un comentario de Trotski sobre las dos categorías de figuras públicas existentes en el nuevo gobierno (“los gamberros que se han colado y los santos ignorantes”) dan pie a Teffi a algunos de sus mejores pasajes, cuando se pregunta dónde mandan unos u otros en cada ministerio o recita proyectos que no tienen sustento en la realidad, yendo más allá saltándose lo inmediato, previo y necesario. Algo que puede recordar propuestas muy cercanas al lector catalán y barcelonés: “¡Música!, ¡Jardines! ¡Presupuestos! Asignaciones! ¡Esbozos de grandes planes de revoluciones mundiales!... No hay nada real, vital o claro”. Y cuando los dirigentes hablan de niños que han de crecer en jardines “al son de la música”, con presupuestos millonarios para ello, hace responder a un personaje: “Escuche, ciudadano encargado. Por Dios, consiga para los niños ni que sea un pañuelo de bolsillo per cápita. Que se suenan en los vestidos…”.

Soldados frente al Palacio de Invierno en Petrogrado (San Petersburgo) durante la Revolución Rusa en 1917.
Soldados frente al Palacio de Invierno en Petrogrado (San Petersburgo) durante la Revolución Rusa en 1917.

Gastaba mucho humor Teffi, pero con un punto melancólico, quizá fiel reflejo de su propia vida, nada feliz ni fácil: casada con tres hijos (el varón, murió; la pequeña no quería saber nada y sólo con la mayor mantuvo contactos esporádicos), se separó y marchó a Francia, donde llevó vida de indigente y pasó literalmente hambre, malviviendo hasta que encontró una mecenas rusa que, desde Estados Unidos, le financió algunos libros, recuerda la poeta y crítica literaria Xènia Dyakonova en el prólogo. Una mísera situación, chocante en quien, en su momento álgido, logró que sus admiradores pusieran su nombre a unos bombones y a un perfume.

Teffi tenía miedo de enloquecer (el apodo lo adaptó del de un criado demente de la familia; en París, contaba cada día todas las ventanas de cada planta de un edificio cercano a su domicilio: “Yo qué sé por qué. Lo tengo que hacer y punto”). Pero era mujer de convicciones y carácter: “Siempre que digas aquello que te manda la consciencia ya puedes pensar que alguna cosa has hecho, has contribuido con una piedrecita (la que te haya enviado Dios) al inmenso empedrado de nuestro gran camino”, dice uno de sus personajes. Ella lo hizo con sus textos.

Sobre la firma

Carles Geli

Es periodista de la sección de Cultura en Barcelona, especializado en el sector editorial. Coordina el suplemento ‘Quadern’ del diario. Es coautor de los libros ‘Las tres vidas de Destino’, ‘Mirador, la Catalunya impossible’ y ‘El mundo según Manuel Vázquez Montalbán’. Profesor de periodismo, trabajó en ‘Diari de Barcelona’ y ‘El Periódico’.

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