CRÓNICA
Texto informativo con interpretación

La palabra que me parió

Según la Academia de Lunfardo existen más de 6.000 términos que solo se utilizan en Argentina

Nathy Peluso, durante un festival en Madrid en junio este año.
Nathy Peluso, durante un festival en Madrid en junio este año.Agencia Getty

La casa de mi abuela era un aguantadero (escondite de ladrones). Lo era, al menos, para mis hermanos y para mí. Y no porque fuéramos una especie de delincuentes. Nuestro delito era una travesura, quizás hasta un acto de indisciplina para los más intransigentes. Cuando las obligaciones se volvían inabordables, por ejemplo, tener que enfrentarse a un examen de latín, me refugiaba cual malandra (golfo) en la casa de mi abuela. Básicamente, me hacía la rata (hacía novillos / campana). Lo curioso era que a veces hasta me encontraba con alguno de mis hermanos. Desconozco de qué escapaban ellos. Eso nunca se pregunta. Esas mañanas eran fantásticas, mi abuela se encargaba de borrar la culpa con un desayuno en la cama, un buen almuerzo y un silencio cómplice que jamás traicionó.

La treta, sin embargo, la rompió la fortuna. La mala, evidentemente. Una mañana, mientras descansaba plácidamente, mi abuela me despertó al grito de: “Despertate, está subiendo tu mamá [su hija]”. Me escondí debajo de la cama. Nunca se enteró, pero yo ya nunca más volví. A partir de entonces, cada día en el que silenciosamente decidía faltar al colegio ya no tenía cobijo. Deambulaba por Buenos Aires, aburrido, cansado de perder dinero en los fichines (las maquinitas). A veces, lo más deprimente de la adolescencia es que sos (eres) adolescente. Hay demasiado futuro para tan poco pasado, tanto para soñar y tan poco para recordar, una casa vacía para los melancólicos. Pero encontré paz, sobre todo un lugar en el que podía pasar horas sin gastar un peso (un duro), en el Ateneo Grand Splendid, una librería.

Inaugurada como teatro, casa también de una radio, el Ateneo Grand Splendid se convirtió en la librería más impresionante de una ciudad en la que conviven cerca de 500. Según National Geographic, la más linda (bonita) del mundo. Aunque más cercano a un centro comercial que a un espacio de lectura, para mí se había convertido en el lugar ideal en la difícil gestión del empleo del tiempo cuando te aturde la culpa y el aburrimiento.

Este tipo de librerías, además de guardar lo que tienen todas —una cierta esperanza en el futuro de la sociedad—, cuentan con un público plural. Hay de todo y para todos los gustos. Y fue así como seguramente cayó en mis manos una especie de diccionario que todavía recuerdo: del español de Argentina. No había demasiadas sorpresas en las palabras, si la palta se dice aguacate o si el arquero es en realidad un portero.

Me pasa que hoy, después de casi 10 años en Cataluña, siento que necesitaría aquel diccionario que encontré en el Ateneo Grand Splendid. Aunque el gran Robert Álvarez y mi amiga Nadia Tronchoni insisten en que escribo argentinadas —el mestre Ramon Besa no se queja, protesta si escribo ingresar al campo: dice que solo se ingresa en el hospital—, yo siento que me he perdido algo tan sagrado y necesario como mis palabras. “Creo que los argentinos somos los más originales en la utilización de los neologismos”, apunta Jorge Valdano, que lleva más de 45 años en España. Me pasa que a veces tengo que llamar a mi amigo el cineasta Martín Rocca para preguntarle como se dice tal cosa en Argentina. No me da vergüenza desnudar mi olvido con él. Es argentino y sabe, como yo, que no hay amnesia más cruel que el paso del tiempo. Sé, en cualquier caso, que no estoy solo en esta lucha: hay cerca de 100.000 argentinos en España. “He perdido palabras, pero no el acento”, se consuela Valdano.

La invasión argentina en España nos da cierto respiro. Prácticamente no hace falta explicar laburo (trabajo) ni boludo (tonto). Maradona internacionalizó la palabra pibe (joven) como Messi la expresión pecho frío (sin sangre). “Los argentinismos en fútbol suenan bien, como los españolismos en los toros. Hay una autoridad implícita en el lenguaje, que seguramente se fundamenta en que tenemos a Di Stefano, Maradona y Messi. Es la carta más grande”, sostiene Jorge Valdano.

Lo cierto es que más allá de que nadie se inmuta si digo o escribo cancha (estadio) o hinchada (afición), tengo la sensación de que me faltan mis palabras. Las palabras que hacen patria, esas que solo te entiende un argentino. Según la Academia de lunfardo (jerga popular) existen más de 6.000 términos que solo se utilizan en Argentina. “Por ejemplo birome (bolígrafo)”, se suma el guionista y director de cine, Cesc Gay, que acostumbra a trabajar con actores argentinos. “La primera vez que la escuché me fasciné. Me parecía una palabra de otra galaxia”, recuerda el director.

Como mi mujer Marta —catalana que vivió en Argentina— yo extraño (echo de menos) la palabra bancar y todas sus acepciones. Según la RAE: respaldar a alguien; soportar a alguien o algo; y responsabilizarse de algo que se ha dicho o hacerse cargo de una situación. La cantante Nathy Peluso, que nació en Buenos Aires en 1995 y se mudó a Alicante en 2004, necesitaría usar en España la palabra rompequinotos para describir a una persona molesta. “Angurriento (hambriento), también”, añade entre risas. Pero ninguna le hace tanta gracia como fiaca (pereza). “Me parece espectacular”, remata.

Pensar antes de hablar

“Coincido con Nathy, sobre todo porque tenemos fiaca al menos una vez al día”, interviene Valdano. Martín Caparrós, que vive en Madrid, le da alivio que exista una palabra: dale. “Es el caso afortunado de una homofonía: dale y vale suenan prácticamente igual”, cuenta. “Pero”, advierte Caparrós; “una expresión que me falta bastante es qué embole. No es lo mismo que decir qué pereza, aunque se pueda utilizar para situaciones similares”. Hay quienes, como Natalia Verbeke, que se mudó a España con nueve años, que encuentra una especie consuelo en casa. “Aunque se la escucho a mi madre, hay una palabra me encanta y que echo de menos: garúa (llovizna)”, concluye la actriz.

Siento que cuando te falta una palabra se te pierde un pedacito de tu historia. Y te obliga a pensar. Siempre lo tuve que hacer antes de escribir, ahora también para hablar —maldita desgracia eso de pensar antes de hablar—: ¿Cómo se decía esto en Argentina? o ¿en España existe esta palabra?, me pregunto. Muchas veces también lo hago porque mi mujer no me deja insultar delante de mi hija Greta; pero, esencialmente, lo hago para disimular que poco a poco he dejado de pertenecer a Buenos Aires cuando lamentablemente sé que nunca voy a pertenecer a España. Y no me queda más consuelo que quejarme: la palabra que me parió.

Normas

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS